lunes, 30 de noviembre de 2015

Mal de piedras

Mal de piedras
A veces ocurre. La suerte te sonríe y surge ante tu mirada ese libro especial cuya lectura recordarás para siempre y también las circunstancias por las que llegó a tus manos.

El día en que nos encontramos este del que voy a escribir y yo había empezado mal. Fue la desventurada mañana del 14 de noviembre último, cuando por fin nos echamos a la calle después de haber pasado horas pegados a la televisión viendo imágenes de los atentados de París. Caminábamos expectantes por la avenida Jean Jaurès que conduce al centro de Toulouse, tratando de adivinar sentimientos en los semblantes de los transeúntes con los que nos cruzábamos. Nada fuera de lo cotidiano percibimos en esa jornada soleada de sábado hasta llegar a la Place du Capitole, centro de reunión por excelencia de la ciudad rosa. Allí, frente a la fachada principal del edificio del ayuntamiento, comenzaban a prenderse las primeras velas, se iban depositando las primeras flores y se colocaban en el suelo o sobre el muro los textos de repulsa que habían  escrito a bote pronto los ciudadanos. Provocó mi interés uno que decía: «Après les larmes, aux armes, citoyens». Y me pareció que quien lo había escrito estaba en lo cierto: una vez enjugadas las lágrimas, los ciudadanos debíamos armarnos para vencer el miedo. Para defender nuestra libertad. Para no renunciar a lo que tenemos. Para no desandar el camino como los cangrejos.

Que cada cual se arme como mejor pueda, nos dijimos. Como sepa. Al volver la mirada, reparamos en que en el centro de la plaza estaba el mercadillo ambulante de todos los sábados. Los vendedores habían levantado sus tenderetes habituales, con sus mercancías coloristas y curiosas de muchos lugares del mundo. Estaban también los puestos de libros usados, ordenados sobre largos tableros y en cajones de plástico azules y rojos en abigarradas filas que no distinguían por contenido ni género, sino por precio, señalado con rotulador sobre pedazos de cartón viejo.  

Ahí están las armas de los nuestros, nos dijimos, y nos dirigimos enseguida hacia los montones de libros para curiosear en busca de tesoros. Mal de pierres saltó enseguida a mi vista: era una edición cuidada, con una portada minimalista pero hermosa, de una editorial desconocida. Fue un flechazo inmediato, y no me equivoqué al elegirlo sobre todos los demás: sigo prendida de esta novela excepcional que todavía resuena en mi mente.

Por dos míseros euros, el 14 de noviembre de 2015 compré la traducción francesa, realizada por Dominique Vittoz, de la novela escrita en italiano por Milena Agus Mal di pietre. En la contracubierta, se explicaba: «Au centre, l’héroïne: jeune Sarde étrange “aux long cheveux noirs et aux yeux immenses”. Toujours en décalage, toujour à contretemps, toujours à côté de sa propre vie». («En el centro, la heroína: una joven sarda extraña, “de largos cabellos negros y ojos inmensos”. Siempre en desfase, siempre a destiempo, siempre al margen de su propia vida»). El resto del comentario sobre la novela y los demás personajes, así como los trozos del interior que leí en un rápido escrutinio, picaron aún más mi curiosidad, y esa misma tarde comencé la lectura. 
  
«Si no voy a encontrarte jamás, haz que al menos sienta tu falta»: esta cita del pensamiento de un soldado durante la película La delgada línea roja da comienzo a Mal di pietre. Pero no es una historia de amor al uso, aunque la protagonista, a la que solo se la nombra como abuela, lo busca incansablemente. Su nieta, a punto de casarse, es la que narra un relato como quien va tirando de un hilo encontrado por casualidad y tan largo que da para formar un ovillo, un hilo que va cambiando de color y de grosor, que a veces parece romperse y otras deja cabos sueltos que hay que tratar de unir con mucho celo. Y aunque sea la nieta quien escribe y llame abuela a la protagonista, a nuestros ojos aparece siempre joven, algo salvaje, pletórica de deseos acaso imposibles.  

Abuela conoció al Veterano en el otoño de 1950. Llegaba desde Cagliari por primera vez al Continente. Iba a cumplir cuarenta años sin hijos porque su mali de is perdas, su mal de piedras, la hacía abortar siempre durante los primeros meses. Entonces, con su sobretodo de corte recto, los zapatos altos de cordones y la maleta de cuando el marido se había refugiado en el pueblo, la mandaron al Balneario a curarse. [La traducción del original italiano es mía en todos los casos].

Así de corto es el primer capítulo de los veinte que componen la novela, donde se nos pone en situación y aparece un personaje crucial: el Veterano. La breve estancia en ese balneario al que la mandan a curarse su mal de piedras —sus cálculos renales— cambiará la vida a una mujer siempre atada en corto por su propensión a «desmelenarse», a quitarse las horquillas del moño y sacudir la cabeza para soltarse la melena: la primera vez que lo hizo de pequeña, mientras estaban en la iglesia, y su abundante cabello brilló liberado «como arma de seducción diabólica, una especie de brujería», frente al niño que la había sonreído, su madre se la llevó a rastras y le propinó una paliza tan brutal que fue incapaz de mantenerse en pie.

El mal de piedras es una alegoría del malestar de una joven corsa que no encuentra su lugar, que no se casa a pesar de ser hermosa, que se hiere los brazos, se arroja a un pozo y se corta la melena como si fuera una sarnosa, y cuya calle es conocida por los habitantes del pueblo como «el sitio donde vive la loca». Pero su  mal de piedras es su mal menor, es lo de menos, a decir de sus hermanas que la quieren bien aunque no la comprenden porque tiene un «mal peor en la cabeza»…

Milena Agus escribió esta novela para no volverse loca, según sus propias palabras recogidas en una entrevista que leí después de la novela. Con un lenguaje sencillo pero con fuerza, lleno de expresiones en sardo y sin alardes narrativos más allá de la complejidad que supone un argumento con innumerables sorpresas a medida que avanza la lectura, desvela la vida de una abuela siempre anhelante, de su matrimonio tardío, de sus temores, de su único hijo ansiado y de sus amores, todo en un orden impreciso, inesperado, casi a destiempo. Y el hijo deseado llega tras el matrimonio imprevisto pero ya largo, al poco de volver de la cura para su mal de piedras en el balneario del continente. ¿Qué pasó en él? En esa casa llena de enfermos como ella a la que la mandan en largo viaje por primera vez sola, lejos de su isla y de los suyos, la mujer desquiciada es capaz de tomar las riendas de su vida y curar su mal de amores de un modo sorprendente e imaginativo.

Cuando terminé la novela leída en francés, la busqué en Amazon y compré la original en italiano, que también leí de un tirón. He hojeado además la traducción al español que realizó Celia Filipetto y publicó Siruela en 2008, pero no la he leído completa ni utilizado para este texto por un único motivo: todas las traductoras somos, antes de nada, escritoras y, como tales, dejamos nuestro sello en lo que traducimos. No podemos evitar ser un poco traidoras, como reza el dicho (traduttore, traditore). Por eso algunas editoriales llaman «versiones» a las traducciones de obras literarias que encargan. Pero volvamos a la novela. Decía también Milena Agus en la entrevista que leí, donde se recogían sus palabras durante una cena con colegas en España en marzo de 2008, que «los escritores son personas con grandes problemas y que solo con la escritura pueden vivir». Las más de las veces la locura que sufren no necesita camisa de fuerza ni medicación; no es más que una forma de creación si se le da salida, pero una desgracia si eso no es posible: «¡Dimonia!¡Dimonia!», grita su madre a la abuela protagonista cuando descubre que escribe poemas de amor, maldiciendo el día en que la mandaron a la escuela para que aprendiera a escribir.

Sin embargo, la nieta narradora recoge el testigo sin temor, y en el cuaderno que siempre lleva consigo, cierra el círculo iniciado por la abuela y su desbocada imaginación, escribiendo tras su muerte su historia y la del Veterano, la del abuelo que fumaba en pipa y enseñó erotismo y sexo de casa de citas a su mujer, la de la otra abuela Lía, viuda fingida y poeta real, y la de tanta gente que hubo a su alrededor, conformando el mundo campesino y marinero de la isla de Córcega en el que habitaron después de la Segunda Guerra Mundial.  La nieta es consciente de lo mucho que deben a la abuela porque pagó por todos ellos, por su felicidad: «En cada familia, siempre hay alguien que paga su tributo para que el equilibrio entre orden y desorden se respete y el mundo no se detenga».

Estas son mis armas más recientes, que se han unido a las que ya poseía y que comparto hoy por si a alguien le vienen bien. Ahora sé que la novela tuvo un enorme éxito cuando se publicó, que ha ganado premios y parece que incluso se pensó en llevarla al cine. Ignoro si se hizo. Me bastan las palabras que he leído y que se añaden a otras sabias y hermosas que ya conocía.


«Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes» (Miguel Hernández). 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Le Pays de Cocagne / El País de Cucaña

El país de la Cucaña
Albi, a las orillas del Tarn
Por sus orígenes trashumantes, se podría deducir que desde su mismo principio el ser humano ya anhelaba encontrar un lugar donde la vida fuera amable, donde no costara trabajo medrar y ser feliz. Nuestros primeros antepasados se asentaban donde creían haber hallado ese lugar ameno, cerca de un río caudaloso en el que no faltaba la pesca, al abrigo de un cerro rodeado de bosques donde abundaban las bayas y los frutos secos, o a la orilla del mar donde con poco esfuerzo podían alimentarse de moluscos y crustáceos. Se ponían de nuevo en movimiento cuando, por cualquier motivo repentino, la vida se hacía insoportable, y marchaban un paso adelante y otro más, haciendo camino al andar, aunque el poeta castellano todavía no lo hubiera escrito.

Desde el origen de la historia, en tiempos de crisis, de hambrunas o de enfermedades, surgían como tablas salvadoras rumores y leyendas que daban esperanza: más allá de las montañas hay un mundo mejor, está la arcadia soñada, anunciaban, o puede que fuera más allá del lago, o cruzando aquel río caudaloso, o tal vez salvando el desierto, puede que detrás del mar… De este modo, de boca en boca y también por escrito cuando fue posible, a lo largo de los siglos y en todas las culturas se ha ido transmitiendo, de una generación a otra, la existencia de reinos míticos de leche y miel, de esas sociedades ideales donde no había cabida para el hambre, para el insomnio, para el mal ni para las penas.

La famosa Utopía es la isla de la sociedad idílica para la cultura occidental, gobernada por la razón, que describió Tomás Moro en el siglo XVI y cuyo mismo nombre, proveniente de las palabras griegas ou  ―no― y topos ―lugar―, dejaba entrever su carácter ilusorio: era un lugar inexistente. Una mera aspiración: lo que se conoce vulgarmente como una quimera. ¿Qué habría sido de la humanidad sin ellas?

Cada época ha tenido sus propias quimeras: en la Edad Media europea se buscó con gran ardor el Santo Grial, por ejemplo, y también al Preste Juan de las Indias. Se creía que este personaje ilustre, generoso gobernante de un reino que nadaba en la abundancia, descendía de los Reyes Magos y era cristiano. El afán de encontrarlo impulsó diversos viajes de descubrimiento portugueses a África e India. Y tampoco faltaron los cronistas de Indias del Imperio español que hablaron de él, haciéndose lenguas de las riquezas que se amontonaban a su alrededor.

Toulouse, a las orillas del Garona 
También de la Edad Media europea proviene el mito del fabuloso Pays de Cocagne en francés, el País de Cucaña en español, il Paese della Cuccagna en italiano, the Land of Cockaigne en inglés y Schlaraffenland en alemán. El origen de la palabra que, menos en alemán, se repite adaptada a la lengua de la que se trate, es dudoso, pero se suele aceptar que es una derivación del verbo latino coquere (cocinar): parece que el ser humano siempre se ha dejado llevar por el estómago. De este país imaginario se contaba que en él se vivía sin trabajar y que cuanto más se dormía, más se tenía. En Cucaña, los ríos eran de vino, las calles estaban pavimentadas con pastas y en las tiendas te entregaban lo que necesitaras sin necesidad de pagar. Nadie pasaba hambre, pues había abundantes manjares con los que saciarla al alcance de cualquier mano.

Cocagnes: bolas tintóreas
La palabra cocagne en francés, según su diccionario de la lengua, data de finales del siglo XII, es de origen incierto y significaba entonces ‘regocijo’. Un Pays de Cocagne es, según el mismo diccionario, un país imaginario donde se nada en la abundancia, y una vie de cocagne es una vida dedicada al placer y a las fiestas. Pero en francés cocagne tiene una acepción más: se denominan así las bolas formadas por las hojas deshidratadas de la planta llamada hierba pastel, isátide o glasto (Isatis tinctoria) con las que se fabrica un tinte azul que durante muchos siglos fue la única fuente para obtener dicho color en Europa. Es el azul pastel.

Azul pastel en Cordes sur Ciel
La región histórica del Lauragais, en el sur de Francia, prosperó gracias al cultivo del isátide de flores amarillas, del que, dejando de lado los cereales, vivían agricultores, tintoreros, traperos, comerciantes y navegantes, pues las cocagnes se transportaban por los ríos y canales de la zona hasta lugares remotos del mundo. Debido a la riqueza obtenida con el bleu de cocagne, la zona comenzó a conocerse como Le Pays de  Cocagne. Al parecer, el sobrenombre se remonta a comienzos del siglo XIII y abarcaba al territorio comprendido en la actualidad dentro del triángulo que forman las bonitas ciudades de Albi, Toulouse y Carcassonne, también conocidas por ser la cuna de los albigenses o cátaros. Sin embargo, las guerras de religión a finales del siglo XVI minaron la producción de isátide y después, en el siglo XVII, la llegada del índigo de la India, tinte mucho más barato y fácil de fabricar, acabó con el oro azul.

Hôtel d'Assézat (Toulouse)
En la actualidad, el pastel como color está muy presente en la región como seña de identidad, adornando contraventanas y puertas de edificios, y como componente de artículos de belleza y aceites de baño. Como recuerdo de esa época de cucaña, se han conservado además, sobre todo en Toulouse, los palacios con sus torres que construyeron los burgueses vueltos ricos en los años de abundancia. Un ejemplo representativo es el Hôtel d'Assézat, suntuoso edificio renacentista cuya construcción comenzó en 1555 Pierre d'Assézat, rico pastelier y capitoul (miembro del cabildo de la ciudad, le Capitole).

El comercio del pastel también llegó a España, sobre todo por el puerto de Bilbao, pero con el desembarco de Colón en tierras americanas los sueños de los españoles empezaron a cruzar el Atlántico, conocido hasta entonces como el Mar Tenebroso, y hasta los escritores del Siglo de Oro se hicieron eco de las noticias sobre la existencia de nuevos países de prodigalidad sin cuento en ultramar. El mismo Cervantes recoge esta ilusión indiana en la comedia La entretenida (1690):

¿Que es posible que no precies
los montones de oro fino,
y por un lacayo indino
un perulero desprecies?

¿Que no quieras ser llevada
en hombros como cacique?
¿Que huigas de verte a pique
de ser reina coronada?

¿Que, por las faltas de España,
 que siempre suelen sobrar,
no quieras ir a gozar
del gran país de Cucaña?

Con el avance de los conquistadores por el continente americano, pronto ese País de Cucaña pasaría a conocerse como el País de Jauja o Jauja a secas, debido, al parecer, a las crónicas sobre la inmensa abundancia que había encontrado Francisco Pizarro en un lugar del Tahuantinsuyo con ese nombre, que servía de almacén a la región. De América y de esos almacenes o tambos desconocidos en Europa nos llegarían en barcos los productos ultramarinos o coloniales, novedosos en esta orilla del mundo, que también harían ricos a muchos marinos y comerciantes, y acabarían dando nombre a unas tiendas que olían a especias y a chocolate, a café y a bacalao.

¿Y qué pasó con la cucaña? Pervivió en el juego conocido por ese nombre, que también se extendió por América Latina. Existe asimismo en Francia o en Italia, por ejemplo: nuestro palo de la cucaña es el mât de cocagne o el albero della cuccagna. Quien logra llegar hasta arriba sin resbalarse, gana un bonito premio que, hoy como ayer, suele ser codiciada y suculenta comida. En lo referente al estómago hemos cambiado poco.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Ortografía (IV)

La división de las palabras

división de las palabras
Al escribir en español, cuando por motivos de espacio es necesario partir una palabra al final de la línea, se utiliza el guion (-) y se debe prestar especial atención a no separar las letras de una misma sílaba.

La sílaba es el grupo mínimo de sonidos con estructura interna que interviene en la formación de nuestras palabras. En español hay palabras monosílabas (fe; don; fue; mal), bisílabas (croar; bledo; marco; potro), trisílabas (tijeras; castillo; problema; contraluz) o polisílabas (periódico; manirroto; sintomatología; perdiguero). Toda sílaba posee un núcleo obligatorio, que siempre es una vocal, y un acompañamiento opcional, que recibe diversos nombres (márgenes; inicio; coda) y es consonántico (a-ma-po-la; or-ques-ta; i-lu-sión; bar-ba-co-a). Como se comprueba en los ejemplos anteriores, la sílaba puede constar de una sola letra (vocal) o de varias (vocales y consonantes).

Dentro de una sílaba, los diptongos y triptongos constituyen núcleos complejos. Los primeros son conjuntos de dos vocales inseparables abierta (a, e, o) y cerrada (i, u) o dos cerradas pertenecientes a la misma sílaba (mie-do; cui-dado; nue-vo; gua-pa); y los segundos, conjuntos de tres vocales inseparables dentro de una misma sílaba en combinaciones de dos vocales cerradas (i, u) con una abierta (a, e, o) que aparece siempre en el centro (buey; guau; miau). Pero también hay palabras en las que dos vocales que van seguidas no forman parte de la misma sílaba, sino de dos diferentes consecutivas: esta particularidad se denomina hiato y ocurre siempre que se trata de dos vocales abiertas, sean distintas (cre-ar; pe-ón; ro-er; pa-e-lla) o la misma (a-za-har; cre-er; pro-ve-er). También ocurre un hiato cuando se da la combinación de una vocal abierta átona con otra cerrada tónica o viceversa (ba-úl; dí-a; re-ís; e-va-lú-o; lí-o).

Recuérdese que las divisiones de las palabras efectuadas hasta ahora son silábicas. Las particiones ortográficas a final de una línea son algo más complejas y no siempre coincidentes con las silábicas. Las ortográficas se rigen por las limitaciones que se exponen a continuación:

·        Dos o más vocales seguidas, prescindiendo de que formen diptongo, triptongo o hiato, no se separan nunca (cau-sa; tuer-to; boa-to; averi-güéis; esta-bais).

·        Cuando se trata de palabras compuestas o con prefijos que se reconocen fácilmente, existen dos posibilidades: partir las palabras atendiendo a las sílabas (de-sarmar; ma-lintencionado; extraor-dinario; rom-pehielos; su-balmirante; noso-tros; vein-tiocho) o separando sus constituyentes (des-armar; mal-intencionado; extra-ordinario; rompe-hielos; sub-almirante; nos-otros; veinti-ocho).

·        Si la palabra lleva una h intercalada, se procederá como si no existiera dicha letra muda a efectos de la división (búho; almoha-da; al-bahaca; alhe-lí; cohe-cho; rehén). En el caso de palabras compuestas, se puede elegir partir o no la palabra por sus constituyentes (re-hacer o reha-cer; des-ahuciar o desahu-ciar; des-hielo o deshie-lo; infra-humano o infrahu-mano).

·        Nunca se escribirá una vocal sola al final de línea aunque constituya la primera sílaba de la palabra (ener-gía y no e-nergía; ana-coluto y no a-nacoluto). Sin embargo, cuando la vocal que forma la primera sílaba va precedida por una h, sí puede ocupar el final de la línea (hi-landera; he-rida; hu-mareda).

·        La letra x es indisociable de la vocal que la sigue, con la que forma sílaba (pró-ximo; Mé-xico). Si es una consonante la que va después, la x forma sílaba con la vocal anterior (ex-tranjero; ex-cursión). Adviértase, no obstante, que palabras como examen, axioma u oxígeno  no permiten más que la partición tras la segunda sílaba a final de línea, puesto que no puede quedar sola la primera sílaba vocálica (exa-men; axio-ma; oxí-geno).

·        Los dígrafos ch, ll y rr son indivisibles a final de línea porque representan un solo sonido (cabe-llo; vi-rrey; estu-che). Ahora bien, existe una salvedad: cuando la erre doble es resultado de anteponer a una palabra que comienza por r un prefijo o elemento compositivo que acaba por esa misma letra (ciber-; hiper-; inter-; super-), es posible partir dicha palabra dividiendo las erres (ciber-república; hiper-realismo; inter-regional; super-racional). Cuando la doble erre resulta de anteponer un prefijo o elemento compositivo a una palabra que comienza por r, debe mantenerse el dígrafo si se elige la partición por componentes (infra-rrojo; vice-rrector; para-rrayos; guarda-rraíl). No obstante, son muchos los que evitan partir la palabra de ese modo por motivos estrictamente estéticos.

·        Si una palabra contiene dos consonantes seguidas, cada una se junta con la vocal inmediata (can-ti-na; as-pec-to; ac-ción) y, por tanto, su partición se efectuará atendiendo a dichas sílabas. Sin embargo, cuando forman grupo, esto es, cuando la segunda consonante es l o r y la primera b, c, d, f, g, p, t, no cabe división porque siempre inician sílaba y forman un único sonido (ablan-dar; de-cla-mar; so-freír). La única excepción es la unión de br y bl cuando se produce al añadir un prefijo a otra palabra con significado independiente: puesto que en este caso cada consonante pertenece a una sílaba diferente, la división se efectúa por componentes (sub-rayar; ab-rogar; sub-lunar).

·        Cuando hay tres consonantes entre dos vocales, las dos primeras van con la vocal que las precede y la tercera con la siguiente, a no ser que  se trate de l o r, en cuyo caso las dos últimas se unen a la vocal que las sigue (cons-ti-tu-ción, in-tru-so, sim-ple). 

·        Si las consonantes son cuatro entre dos vocales, las dos primeras se agrupan con la vocal que las precede y las dos restantes con la siguiente (ins-tru-men-to; cons-truc-ción).

·        La secuencia consonántica tl admite en la actualidad dos pronunciaciones: la mayoría de los hispanohablantes europeos prefiere la división en dos sílabas (at-leta; At-lántico), mientras que los hispanohablantes mexicanos y de otras zonas de América Latina con influencia del náhuatl la consideran una sola (atle-ta; Atlán-tico). Ambas particiones están admitidas por las Academias de la Lengua.

·        En lo tocante a palabras extranjeras dentro de un texto escrito en español, no existe consenso. Se suele recomendar no dividirlas a final de línea a no ser que se conozcan las reglas al respecto de la lengua original, pero también hay quienes defienden que su partición debe atenerse a la normativa del español.

·        Las palabras compuestas que llevan guion solo deben partirse por él a final de línea (teórico-práctico; bomba-trampa; crédito-vivienda; ciudad-dormitorio). El Diccionario panhispánico de dudas sugiere repetir el guion a comienzo de la línea siguiente para señalar que no se trata solo del ortográfico, pero resulta innecesario y antiestético. Es ajeno a nuestras normas tipográficas y no parece emplearse en la mayoría de los sellos editoriales.

·        No se dividen nunca en líneas diferentes abreviaturas ni siglas. La única excepción son los acrónimos que ya se han incorporado al lenguaje como nombres comunes o propios (lá-ser; ov-nis; ra-dar; Ren-fe; Unes-co; Inter-pol).

·        Las cifras y números, sean romanos o arábigos, deben escribirse completos en una misma línea junto al nombre al que se refieren (Felipe II; 230 000 euros y no Felipe / II; 230 000 / euros).

Además, en una composición tipográfica de textos cuidada, se ha de prestar atención a lo siguiente:

·        Debe evitarse partir las palabras de cuatro letras (como; dado; casa…), salvo en medidas de página muy cortas.

·        Se suprimirán en lo posible las divisiones de palabras por cuyo efecto queden a final o principio de línea dos sílabas iguales seguidas (que que-maba; se se-ñaló; miró las las-cas de piedra).

·        No son admisibles las particiones de palabras que den lugar a expresiones malsonantes (ano-dino; tubér-culo; Chi-cago; puta-tivo) ni las que puedan ocasionar malentendidos (es-timado por sus amigos).

·        Se evitarán más de tres divisiones de palabras seguidas a final de renglón y no se permitirán dos seguidas iguales.

·        Después de punto y seguido, se procurará que no quede a final de línea una sílaba inferior a tres letras, lo que incluye todas las vocales, así como la conjunción y, y palabras como el, la, lo, si, etc. (Iremos al cine. Me-rendaremos por ahí. Mejor: Iremos al cine. Meren-daremos por ahí).

·        La última línea de un párrafo ha de tener más de cinco letras (o caracteres), aparte del signo de puntuación que corresponda. En tipografía clásica, se denomina línea ladrona a la inferior a dicho tamaño y, por lo general, se gana.

¿Para qué preocuparnos por la división de las palabras cuando, las más de las veces, escribimos con nuestro ordenador o computadora y el programa se encarga de eso sin esfuerzo? Muy sencillo: si no dominamos este aspecto de nuestra lengua, no detectaremos los errores y quedaremos a merced de lo que dicten programas que no siempre están diseñados para producir textos de calidad en español. Si no dominamos la partición de las palabras a final de línea, seremos incapaces de gestionar como se debe los espacios dentro de una página y surgirán las omnipresentes calles  o ríos que tanto afean una composición y la señalan como poco profesional. Pero de esto y mucho más hablaremos en otra entrada, dedicada a la composición para impresión, ya sea como  documento PDF  o en papel.


La lengua destrabada

Si deseas saber más sobre las conjunciones y otros temas relacionados, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para visitar la página web de la editorial, donde encontrarás la presentación del manual y este pdf que incluye las páginas preliminares y la introducción completa.