miércoles, 17 de julio de 2013

«Así en la tierra como en el mar»: Escribir, escribiendo, escritores

escritores
Todos los días bajo a la mina donde habitan los personajes de novela. Hay noches que duermo dentro.
Rafael R. Costa
Más de uno, como yo sin duda, escribe para perder el rostro. No me pregunten quién soy ni me pidan que permanezca invariable: esa es una moral de registro civil y atañe a nuestros papeles. Que  nos deje libres cuando se trata de escribir.
Michel Foucault
Necesidad de crear: no la gran obra […], sino eso que te falta para sentirte fugazmente completo y que solo tú  puedes hacerlo: Dios en los primeros seis días.
Jorge Enrique Adoum

Tanto nos ha gustado a los seres humanos desde el origen de los tiempos dejar rastro de nuestra presencia y pensamiento con huellas de manos,  muescas, rayas y todo tipo de representaciones más o menos figurativas que incluso se llegó a pensar que las escrituras eran previas al lenguaje verbal articulado. Sin embargo, hoy la opinión generalizada es que la escritura sirvió para reforzar al habla como doble memoria, que además permitía una reflexión adicional sobre los hechos. Y desde los comienzos de la escritura hubo personas más cultas que se especializaron en ella, ahondaron en sus arcanos y se esforzaron en desarrollarla: los escribas, copistas y amanuenses anónimos. Después llegaron los escritores con otras ínfulas, y a partir de Homero, ciñéndonos al mundo occidental, cabe afirmar que han abundado tanto como las estrellas de los cielos y las arenas de la mar.
Escribimos y escribimos, unos mejor que otros y unos pocos con mayor éxito que la mayoría, pero todos sin descanso. ¿Por qué lo hacemos? ¿Qué oculto resorte nos mueve a poner por escrito lo que se nos ocurre? Paul Auster asevera que no lo sabe: «Lo único que puedo decir,  y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia». Otros intuimos esa inclinación incluso antes. Yo quise escribir desde que me enseñaron a leer, antes incluso de tener uso de razón, porque en mi inocencia me vi capaz de crear mis propios cuentos y cambiar del mundo lo que no me gustara. ¡Zas, de un plumazo!: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el mar», repetía terca al rezar el padrenuestro, porque me parecía muchísimo más justo y estético (rima inconsciente de mis pocos años) que lo que se empeñaban en enseñarme.

 ¿Buscaba ya sin saberlo, como diría César Vallejo, le mot rare  y después vino la preocupación por le mot juste? Ay, esas palabras raras de los primeros escritos, demasiado indómitas para riendas todavía flojas, en un intento de emular a los grandes, decir lo que nunca se había dicho, llegar más lejos. Las palabras justas brotarían después, investigando, una vez que se va aprendiendo a calibrar y se dominan los dobles sentidos: la más precisa y la que mejor exprese la justicia (o injusticia) que percibamos.

Primeros pasos. Recuerdos infantiles y literatura. Mónica Rouanet cuenta que cuando era pequeña, su madre empezó a preocuparse por ella: todos los días, al ir andando por la calle, se caía al suelo. Consultado un médico, concluyó que no le pasaba nada grave, que su vista era buena, su oído también, y lo mismo pasaba con su aparato locomotor. «¡Ha tenido usted una hija despistada, así de simple!». ¿Era eso cierto, era un simpe despiste lo que hacía tropezar a Mónica? No, ni mucho menos: «Ellos no sabían que para mí era (y es) imposible caminar por la calle y no mirar por las ventanas de los edificios que voy dejando atrás. Desde abajo alcanzo solo a ver muy poco; con suerte puedo apreciar un techo con alguna lámpara, el color de las paredes, un cuadro, unas cortinas... Eso me basta. Con eso puedo imaginar la vida de los que han hecho de ese espacio su hogar. Algunas de esas historias son tan bonitas, o tan raras, o tan interesantes, que no quiero olvidarlas».
Pilar Alberdi también se remonta a la infancia al explicar por qué escribe: «Los años de la niñez me regalaron la lectura de varias obras literarias (Platero y yo, El viejo y el mar...) en las que reconocí una experiencia de vida que, aunque no era igual a la mía, me hablaba de lo que yo sentía. Así percibí el mundo en pequeño y más allá de las fronteras de mi familia o mi país. Un día escribí mi primer poema». ¿Y cómo era, Pilar? ¿Se parecía a los hermosísimos que publicas ahora? La semilla de la creación, el germen de la luz futura…
La infancia, la adolescencia: unos pocos años y un puñado de libros que marcan nuestras vidas. Sin embargo, hay más palancas listas para mover nuestro mundo interior al más leve toque si se les presta atención. Rafael R. Costa declara que no ha descubierto la razón que le impulsa a escribir, a pesar de haber intentado «con ahínco y linterna en mano» ahondar en su experiencia: «todo resultó en vano, pues no he logrado extraer de mi agujero más que agua y muy raramente una pepita de oro que a veces, en lugar de guardarla como hacen otros buscadores, arrojo a mis espaldas». He aquí una de esas pepitas, la revelación de otra poderosa palanca: «He de confesar, no obstante, que mi primer contacto con la literatura no surgió con libros y mucho menos con el acto de escribir. Hasta lo que ahora se denomina adolescencia viví en una gran casa, apartada del mundo, con una ría, un patio y membrilleros, a solas con una persona que me llevaba setenta años de edad y no sabía leer. Pero casi todas las noches me contaba una historia».

Ese mismo gusto por las historias, esa urgencia imperiosa de contar, es la palanca que impulsa a Amelia Noguera: «Me preguntas por qué escribo, pues bien, escribo porque lo necesito, porque inventarme otros mundos me obliga a pensar en este e intentar entenderlo, porque vivir la vida ficticia de otros me lleva a valorar más la mía, porque comprender a los personajes que creo como para conseguir que a otros les parezcan verosímiles me lleva a ponerme en el lugar de las personas de verdad, con quienes me relaciono cada día, a verlas tal como son y no como me gustaría que fueran».

Otros se definen desde el comienzo para que no haya lugar a error: «Me llamo Santiago Casero González y me gusta decir que soy narrador. Disfruto contando, desdoblándome en otros a través de los personajes, inventando otras vidas. He escrito cinco novelas y tres libros de relatos (alguno de ellos todavía buscando editor), aunque a menudo digo que en realidad he imaginado cientos de libros que aún no han saltado al espacio tangible del papel. De momento descansan solo en mi imaginación, un soporte que todavía no se puede leer».
Y hay más motivos para escribir. La viajera Carmen Grau añade los suyos: «Escribo porque lo he hecho toda la vida y, como la lectura, la escritura es parte esencial de mí. Empecé de niña por un ansia de ser comprendida y así descubrí que plasmar mis pensamientos y emociones en el papel era un tipo de comunicación que iba más acorde con mi manera de ser, rebelde y solitaria. Escribo, primero de todo, teniendo en mente mi perfil de lectora.  Jamás escribiré nada que yo misma no leería».
Isabel Martínez Barquero avanza un paso más al revelar: «No sé cuál es exactamente el móvil que me impulsa a escribir, pero sí he identificado en muchas ocasiones esa “cosquilla interior” a la que se refería Julio Cortázar: la extrañeza ante determinadas actitudes, relaciones, situaciones, hechos o pensamientos, un pasmo que se instala en mi mente y se adueña de ella hasta que consigo que circule en palabras. Mediante la escritura logro dar forma al hecho o hechos que me han asombrado de manera mayúscula, bien sea porque los he presenciado, los he intuido en la observación minuciosa o han surgido en mi pensamiento sin más».

El pasmo ante lo extraordinario o el sobrecogimiento ante la magnitud de la historia menuda, esa que pasaría inadvertida si no hubiera escritores dispuestos a narrarla. Y además, el reto personal como móvil, aunque Pablo de Aguilar González lo denomine evasión: «Empecé a escribir por una necesidad creativa que me evadiera de la informática. Un día me puse a pensar en qué podría consistir esta actividad; quien me conozca sabe que no podía tener nada que ver con el dibujo, la plástica o la música. ¿Qué me quedaba? Me apunté a un taller de escritura creativa a ver qué tal se me daba y, poco a poco, texto a texto, aquí sigo. Nunca sabré si el hecho de haber ganado algún concurso o publicado dos novelas ha conseguido que continúe escribiendo, si lo habría dejado de no haber logrado algún pequeño éxito. El caso es que, ahora, ya forma parte de mi vida, y no concibo el tiempo libre sin dedicar un rato a la escritura. Porque, eso sí, como siempre digo, yo soy un informático que escribe».

Antonio Jareño también habla de reto y éxito al explicar por qué sigue en la escritura: «Sería una exageración considerarme a mí mismo escritor, sobre todo porque ninguno de mis textos ha nacido de la pura necesidad de escribir. La mayoría fueron escritos con la finalidad de presentarlos a un concurso literario (y allí fue donde el éxito llevó a la repetición de hábitos). El salto del relato breve a la novela partió de una especie de autodesafío en las redes sociales, una manera de demostrar(me) que era capaz de escribir un texto largo con un argumento original que consiguiera entretener al lector de la primera a la última página. Ese fue el origen de mi novela No todos moriréis».
Los escritores somos demiurgos: si no dioses, sí al menos semidioses creadores de nuestros mundos e impulsores y ordenadores de nuestros universos inventados. Por suerte para los lectores, el aliento creativo se manifiesta a veces mezclando dosis de humor e ingenio a partes iguales. Es el caso de Manuel Merenciano: «Dice el protagonista de uno de mis relatos que el hombre es un ser caracterizado por un principio de movimiento que determina su impulso para la creación, para la transformación de la realidad, y supongo que algo de ello hay en la motivación de mi escritura. De todas formas, si hago una introspección y hurgo más en las emociones que en el pensamiento, no utilizaré reflexiones sublimes para argumentar por qué escribo, sino más bien razones basadas en mis bajos instintos. Así que… ahí va: escribo por miedo y por venganza. Miedo a que se vengan abajo los frágiles cimientos que sustentan nuestra vida cotidiana, y venganza contra la estupidez que conforma la estructura de esos cimientos. Se trata de una catarsis que me resulta no solo liberadora sino también divertida. De modo que para que se divierta el psiquiatra prefiero divertirme yo mismo, y divertir al lector. Aunque si estas líneas las escribiera mañana, seguramente diría todo lo contrario, pero al revés».
Santiago Casero González aprieta más esa misma tuerca: «Yo he dicho en alguna parte que para mí la creación literaria es una necesidad y una obligación. No puedo entender cómo hay quien no escribe. No existe una actividad más sencilla y más natural que la escritura, realizable en cualquier sitio y casi bajo cualquier circunstancia. Obviamente, no estoy hablando de la obligación de crear (aunque sí de intentarlo) La montaña  mágica ni Los demonios, productos que ya caen en el territorio del prodigio». Amelia Noguera añade: «Escribiendo te das cuenta de que los temas fundamentales son siempre los mismos: el amor, la vida y la desigualdad. Escribir es psicoanalizarte y es vivir más plenamente; eso me basta para seguir haciéndolo».

Sin embargo, aunque bajemos todos los días con Rafael R. Costa a la mina donde habitan los personajes de novela, no siempre logramos atraerlos a la nuestra; a veces, como se queja un personaje de Jorge Enrique Adoum, la novela no se deja decir. «En ocasiones, pasan años hasta que consigo nombrar, y quizá conjurar, determinados hechos que se quedan en mí con vocación de permanencia. La cosquilla solo cesa cuando me siento vacía y feliz por haber expresado aquello que deseaba, aquello que me instiga a escribir y a hacerlo de determinada manera, con el tono que me parece exacto para la historia»,  declara Isabel Martínez Barquero. Y continuamos en la brecha: «Por eso escribo, porque no quiero que los millones de historias que invento cada día caigan en el olvido», según palabras de Mónica Rouanet. Pero no todo vale. Igual que muchos otros escritores, Carmen Grau pone alto su listón al afirmar que jamás escribirá nada que ella misma no leería: «Eso descarta de un plumazo varios de los géneros literarios más populares, pero creo que solo siendo fiel a mí misma logro gustar a un público lector más amplio y desconocido. Lo hago primordialmente para inspirar, emocionar y dar que pensar. Y si encima logro entretener, mejor que mejor».
La persistencia y el paso de los años se notan y dejan poso: «Aquellos impulsos juveniles no son los mismos hoy tras un recorrido lector, una trayectoria como escritora y un conocimiento personal y social. Hoy sé, además, la razón  por la que muchas personas tienen vidas de intensa creatividad artística. Se lee y se escribe para conocer.  Y, si además de eso, una obra personal puede llegar a gustar a otros, lo agradezco», concluye Pilar Alberdi. Por su parte, Santiago Casero González observa: «Comparto con Borges la idea de que al escritor le está dado inventar una fábula, pero no escribir la naturaleza de esa fábula. Siempre he creído que si un narrador habla demasiado sobre su obra y la empeora, es malo; pero si la mejora, es peor todavía. Sin embargo, es inevitable que todo escritor acabe preguntándose por qué escribe, de qué, cómo lo hace… Yo disfruto singularmente con la confusión de identidades, con las contradicciones de los personajes, que a menudo son las mías, ya que creo que ahí, en la identidad, reside uno de los mayores enigmas del ser humano. En ocasiones, lo más cercano es lo más desconocido, por eso extraigo mi material narrativo de lo que me rodea, de lo que puedo ver y me asombra. A veces tengo la impresión, un poco vanidosamente, de que narro porque sospecho que detrás de la apariencia hay algo más y no estoy seguro de que los demás lo hayan visto. Sin embargo, mi vanidad no me llega para creer que haya que invocar la existencia de un estado privilegiado de conciencia en el proceso creativo, a la manera de Rimbaud (¡Je est un autre!)). Siempre he pensado que los escritores no somos médiums de la divinidad, pero también es cierto que la mera explicación del esfuerzo tal vez no alcance para aclarar la creación artística. La obra literaria es sin duda un artefacto, pero cuando la sostienes en tus manos casi puedes llegar a percibir algo parecido a lo animado».
Escribimos, nos preguntamos por qué lo hacemos, seguimos escribiendo, queremos provocar en el lector el mismo placer que obtenemos nosotros al crear, seguimos escribiendo, bebemos de las fuentes literarias pretendiendo ensanchar sus límites, seguimos escribiendo… y, sin embargo, todos sabemos que nuestro oficio es incierto, que las más de las veces hay que tener otro para ganarse la vida. Pablo de Aguilar González señala: «La literatura es una afición. ¿Me gustaría vivir de ella? Supongo que sí, aunque me da mucho miedo convertirla en un trabajo. De todos modos, como sé que es algo imposible, tampoco me lo planteo, y esto me proporciona cierta libertad que me agrada. ¿Me gustaría publicar un bestseller? Claro, a quién no. No obstante, siempre escribo lo que me apetece escribir, con una voz y un estilo que he hecho míos y que, a la vista de los resultados, no es comercial. En realidad, lo que de verdad persigo es el arte. Sé que estoy muy lejos de él, que, probablemente, sea una meta inalcanzable; pero solo si un día lo consiguiera, sería cuando me sentiría un escritor que programa. Si persiguiendo el arte, si utilizando mi propia voz, si escribiendo siempre el libro que me gustaría leer, un día consigo convencer a una editorial o a un pequeño grupo de lectores, bienvenido sea. Si no, lo seguiré intentando. Pero siempre de un modo que me proporcione placer, sin pensar en las ventas; porque yo ya tengo un empleo que me absorbe demasiado tiempo. Y no necesito otro». Antonio Jareño juzga la experiencia hasta el momento: «¿Los resultados? Podemos decir que el mundo literario y la publicación digital en Amazon me han dejado un poco perplejo: por un lado, tengo agente literario, y los blogs de reseñas han sido abrumadoramente favorables, igual que los de los lectores que han dejado su comentario. Pero, por otro, a día de hoy todavía no tengo editorial, y el puesto en las listas amazonianas se hunde en cuanto dejas de hacer publicidad. Así que digamos que la experiencia está siendo positiva, aunque después de descubrir que la literatura exige más dedicación de la que uno piensa de antemano».
No obstante, seguiremos escribiendo, buscaremos el tiempo necesario a pesar de todos los pesares, porque Paul Auster está en lo cierto: «Sin duda, es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer eso? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa».  Acaso en el futuro, con el paso de los años, llegaremos a la misma conclusión que Miguel Delibes: «si la vida siempre es breve, tratándose de un narrador, es decir de un creador de otras vidas, se abrevia todavía más, ya que este, antes que su personal aventura, se enajena para vivir  las de sus personajes. Encarnado en unos entes ficticios, con fugaces descensos de las nubes, transcurre la existencia del narrador inventándose otros “yos”, de forma que cuando medita o escribe, está abstraído, desconectado de la realidad. Y no solo cuando medita o escribe. Cuando pasea, cuando conversa, incluso cuando duerme, el novelista no se piensa ni se sueña a sí mismo; está desdoblado “en otros seres”, actuando por ellos».
Nadie escarmienta en cabeza ajena, sin embargo, y mientras vienen los días de la melancolía, seguiremos pendientes de las avispas que habitan nuestra mente para guiar su vuelo cuando el enjambre se alborote y quiera salir fuera. Porque el mejor libro, la mejor novela, son aquellos todavía en ciernes, cuando aún queda todo por decir, todo por lograr.  Cuenta Rafael R. Costa de la persona que cada noche le relataba una historia: «Se sentaba en su mecedora, daba un traguito a su ginebra de naranja, y entraba en un sopor indefinible cuando comenzaba su narración. Ese sopor, creo, es la literatura». Yo también lo creo.
Agradezco a todos los escritores que aparecen citados su generosa colaboración en la escritura de esta entrada.
Sobre estos escritores
Jorge Enrique Adoum, escritor ecuatoriano muerto en 2009. Su novela más conocida es Entre Marx y una mujer desnuda, de donde provienen las dos citas de la entrada. Más información en Wikipedia.
Pablo de Aguilar González, escritor e informático español nacido en Albacete y afincado en Molina de Segura (Murcia). En pocos años ha ganado varios premios literarios y ha publicado dos novelas, Intersecciones y Los pelícanos ven el norte. Más información en su blog Echándolecuento.
Pilar Alberdi, escritora y psicóloga argentina afincada en España. Ha ganado diversos premios, como el de la Ciudad de Segovia, 1997; Lazarillo (Teatro de cámara y ensayo), 2000; II Premio de Relatos Feria del Libro de Madrid- Plaza & Janés Editores, 2000, y ha sido finalista de otros muchos. Entre sus libros están Las fotos del inglés, Isla de Nam, Escribir, Cuentos para niños, Los cuadernos de la señora Bell, Alas de mariposa y La niña que no quería nacer, todos disponibles en Amazon. Participa en el Circuito del libro infantil y juvenil del Centro Andaluz de las Letras y tiene este blog. 
Paul Auster, escritor, guionista y director de cine estadounidense. Entre sus muchas novelas, destacaría Mr. Vértigo, El libro de las ilusiones o Invisible. Los textos citados en esta entrada pertenecen a su discurso de aceptación del Premio Cervantes de Literatura. Más información en Wikipedia.
Jorge Luis Borges, escritor argentino muerto en 1986. De su abundante obra escogería El Aleph, Historia universal de la infamia y El libro de arena. Más información en Wikipedia.
Santiago Casero González, escritor español nacido en Ciudad Real. Licenciado en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid, se dedica a la enseñanza desde 1989. Su novela  Huellas de lo humano resultó finalista en la 66ª edición del Premio Nadal, así como en otros varios, y ha sido publicada con el título Salvo la culpa por la Editorial Intangible en 2013. Otras de sus obras son La memoria de las heridas, Ayuntamiento de Navalmoral de la Mata, 2013; El verano de las bestias, Ayuntamiento de Alcobendas, 2012; Los huérfanos del tiempo, Diputación de Cáceres, 2012; Eso te salvará,  Diputación de Ciudad Real (BAM), 2011; y Varadero de poetas, Segorbe, Fundación Max Aub-Valencia, Editorial Pre-Textos, 2008. Más información en Wikipedia.
Miguel Delibes, escritor español, miembro de la RAE, muerto en 2010. Entre sus abundantes libros, resaltaría La hoja roja, Cinco horas con Mario y El hereje. Los textos citados pertenecen a su discurso de aceptación del Premio Cervantes de Literatura. Más información en Fundación Miguel Delibes.
Michel Foucault, escritor francés muerto en 1984. De sus libros resaltaría Las palabras y las cosas, La arqueología del saber  y Esto no es una pipa. David Macey escribió una completa biografía en la que analiza su obra, Las vidas de Michel Foucault, trad. de Carmen Martínez Gimeno, Madrid, Cátedra, 1995. La cita de la entrada pertenece a La arqueología del saber; la traducción del francés es mía. Más información en Wikipedia.
Carmen Grau, escritora española que vive en Australia. Ha publicado la novela Trabajo temporal y el libro de viajes Amanecer en el Sudeste Asiático. Su segundo libro de viajes, Hacia tierra austral. Un viaje en tren de Barcelona a Perth, está a punto de salir a la luz. También publica relatos y ensayo en su blog. Para más información visita su página de Amazon.
Antonio Jareño, escritor español, profesor de Filosofía en un instituto. Ha ganado diversos premios en concursos literarios y publicado una novela, No todos moriréis, disponible en Amazon. Tiene una página web donde se puede obtener más información.
Isabel Martínez Barquero, escritora española nacida en Murcia y licenciada en Derecho. Obtuvo el  Premio Hucha de Plata en la XXIV edición del concurso de cuentos Hucha de Oro. Ha publicado un libro de relatos, Linaje oscuro (Ediciones Oblicuas), así como dos novelas, La historia de los mil nombres y Aroma de vainilla, y un libro de poesía, Lunas de ausencia, todos en Amazon. También ha publicado relatos en los libros Amigos para siempre (Ed. Hipálage) y París (M.A.R. Ed.), además de poemas y relatos en diferentes revistas y páginas virtuales. Es autora del blog literario El cobijo de una desalmada.
Manuel Merenciano, escritor español nacido en Elche de la Sierra (Albacete) y licenciado en Medicina y Cirugía. Afincado en L’Eliana (Valencia), inició su obra literaria en 2004. Ha sido galardonado en diversos certámenes literarios, como el Premio Nacional del Certamen Los Cuentos de La Granja y el IV Certamen de Poesía y Relato Grupo Búho. Ha sido finalista en el Premio de Libro de Cuentos Manuel Llano, del Gobierno de Cantabria, en las ediciones de 2006 y 2007. Cultiva sobre todo el cuento y el microrrelato, y recientemente ha publicado su primera novela, El dulce aroma de la madreselva, en Amazon, donde también tiene otros libros. Más información en su blog.
Amelia Noguera, escritora, traductora e ingeniera informática española. Ha publicado tres novelas en Amazon, Escrita en tu nombre, La pintora de estrellas y Prométeme que serás delfín. En este momento valora diferentes opciones para publicar sus siguientes trabajos. Más información en su blog.
Rafael R. Costa, escritor español nacido en Huelva y afincado en Madrid. Ha ganado varios premios literarios y su única dedicación actual es la literatura. En Amazon pueden encontrarse algunas de sus obras publicadas, como  El niño que quiso llamarse Paul Newman, La interpretadora de sueños, La novia de Txeroki, El caracol de Byron, El cráneo de Balboa, El jardín de Golem y Blog Story. Más información en esta entrevista de Eriginal Books.
Mónica Rouanet, escritora española que vive en Madrid. Es licenciada en Filosofía y Letras, Pedagogía y Psicología,  y ha publicado una novela en Amazon, El camino de las luciérnagas. En la actualidad está en proceso de creación de su segunda novela.
César Vallejo, escritor peruano, muerto en París en 1938. Publicó en Lima sus primeros poemarios, Los heraldos negros y Trilce; su única novela, El tungsteno, se publicó en Madrid. Es autor además de obras de teatro, ensayo y numerosos artículos periodísticos. La cita que aparece en la entrada pertenece a uno de ellos, escrito desde París para una revista peruana. Más información en Wikipedia.
La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





20 comentarios:

  1. Extraordinario compendio de muchas razones para vivir. Cada escritor tiene la suya
    o, simplemente, la escritura es una pasión que no entiende de razones.
    Un abrazo,
    Amelia

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    1. Confieso que sentí cierto temor de no estar a la altura para tejer un discurso conjunto con las diversas tramas que me mandasteis. Como siempre, no paré hasta quedar más o menos satisfecha. Me alegro de que te guste el resultado. Un abrazo también para ti.

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  2. Leer lo anterior ha sido jugar al póker descubierto en un tapete común. Muy interesante. Y felicidades por tan genuino proyecto.

    Rafael

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    1. Yo de póker no sé nada, como tampoco de ningún otro juego de cartas (algún día te explicaré por qué), pero creo entender lo que dices. Si el proyecto ha salido bien es por la ayuda que me habéis brindado. Espero que haya más.

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  3. Muy interesante las vivencias de estos amigos escritores. Gracias por recogerlas y por la labor de compartirlas. ;-)

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    1. Gracias a ti, María José, por leernos. Seguiré con más proyectos.

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  4. Preciosa entrada, Carmen.
    La comparto.
    Un abrazo.

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    1. Me alegro mucho de que te haya gustado, Pilar. Esta vez he sido más escriba que escritora. Un abrazo

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  5. Una entrada verdaderamente interesante, me encantó conocer detalles de estos genuinos autores que son toda una enseñanza para mi. Gracias Carmen, por mostrarnos esta parte privativa de los mismos.

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    1. Muchas gracias a ti, Frank, por leernos. Es solo un grano de arena en el castillo literario, pero seguiremos avanzando en la construcción.

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  6. Qué hermosura de palabras, las cuales encontré por casualidad. Da gusto leer a quien transmite tantas vivencias y nos llena con su belleza, belleza ¡viva!. Le deseo un feliz día.

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    1. Muchas gracias, Clarisa. Cuando quieras, pásate por el blog. Estás en tu casa (de letras). Feliz día también para ti desde Nueva York.

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  7. Una entrada apasionante, porque apasionante es para todo escritor zambullirse en las razones de los otros, descubrir sus motivos. La has compuesto de una manera muy amena y atrayente, Carmen.
    Un placer y un orgullo estar ahí, entre tantos buenos escritores.
    Un beso.

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    1. El placer es mío, Isabel. En cuanto empecé a recibir los comentarios, supe que podría armar una buena entrada, pero he de confesar que sentí más presión que otras veces: me iban a juzgar escritores excelentes. Un beso.

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  8. Me ha encantado, Carmen. Me halaga mucho que hayas contado conmigo para este artículo. Además, te doy las gracias por ayudarme a descubrir el oro que no siempre reluce en Amazon. Ah, y la anécdota de Mónica que se caía de pequeña me ha hecho mucha gracia. ¡Es que es pequeñita ella!

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  9. Pues seguiremos en la mina, ya que Rafael R. Costa nos ha mostrado el camino, y buscaremos más pepitas. Es muy gratificante dar con alguna, aunque cueste.
    Y Mónica es así: inteligente y ocurrente. Con mucho sentido del humor, además.

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  10. Esta es una muy buena entrada que nos sitúa en ese instante de reflexión de cada escritor, reflexión que le permite darse cuenta porqué escribe. Interesante saber las diferentes opiniones de todos los aquí elegidos por usted, Señora Carmen, y, desde luego, que me llama mucho la atención la opinión de mi estimada amiga Isabel Martínez Barquero, una brillante Escritora con mucha capacidad de creación y un manejo exquisito del idioma de Cervantes.
    Reciba mi admiración y un abrazo desde Suecia.

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    1. Muchas gracias, Gustavo. Le mando otro abrazo desde Nueva York.

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  11. Muy buen trabajo, Carmen. Un saludo

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  12. Muchas gracias, Santiago. Espero haber estado a la altura del material que me mandasteis. Un saludo y buen verano.

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