martes, 7 de noviembre de 2017

Sobre el modo subjuntivo en español

modo subjuntivo
Un titular leído en un periódico me coloca ante la pantalla en blanco del ordenador para escribir sobre el uso del subjuntivo que, junto con el indicativo y el imperativo, son los tres modos verbales distinguibles en nuestra lengua castellana según el consenso actual de los gramáticos. ‘Modo’ es la categoría gramatical que, en la conjugación verbal, informa sobre la actitud de quien se expresa hacia lo expresado. 

El titular de periódico en cuestión es el siguiente: «Eduardo Mendoza lamenta que la situación catalana “es un lío que por fuerza tiene que acabar mal”». No, no hay ningún verbo conjugado en modo subjuntivo en este enunciado, pero ¿debería haberlo?

En líneas generales, el subjuntivo se describe como el modo de la no realidad, de la incertidumbre, de la subjetividad, de lo futurible, frente al indicativo, que es el modo propio de la realidad, de la certeza, de lo objetivo, de lo actual o lo seguro.

En oraciones independientes, se usa el verbo en subjuntivo cuando van introducidas por un elemento (conjunción, locución conjuntiva: que, si, con tal que…) que dé a entender un verbo principal elidido: Que duermas bien. Si yo te contara. Con tal que me admitan.... También aparece el modo subjuntivo cuando el introductor de una oración independiente es el adverbio de deseo ojalá: Ojalá se acabe pronto la sequía. En el caso de otros adverbios de posibilidad como quizá, tal vez, posiblemente, seguramente…, puede aparecer el verbo en modo subjuntivo (Quizá vayamos a bailar. Tal vez lleguemos tarde. Posiblemente nieve), pero también en modo indicativo y tiempo futuro (Quizá iremos a bailar. Tal vez llegaremos tarde. Posiblemente nevará). Cuando estos últimos adverbios se colocan detrás del verbo, el modo siempre es indicativo, sea futuro imperfecto o perfecto: Habrá nevado posiblemente. Iremos a bailar tal vez. Habremos llegado tarde quizá. Hay además adverbios de duda o probabilidad que exigen siempre el verbo en modo indicativo, sea en presente, futuro o pasado, como a lo mejor  y el coloquial igual empleado en España: A lo mejor tiene hambre. Igual no te habrá conocido. A lo mejor fueron al cine.

Con el modo subjuntivo se construyen las formas negativas del imperativo (No comas deprisa. No viajen a Roma. No terminemos aún la reunión) y el resto de personas que no son la segunda de tuteo (tú; vosotros): Vaya usted a esa oficina. Vuelvan ustedes mañana. Salgamos de la casa todos juntos. También utilizan verbo en modo subjuntivo oraciones que son fórmulas sociales de deseo, a veces negativo: Que te mejores. Maldito sea su nombre. Descanse en paz. Allá se las componga él solo. Hágase su voluntad. Así se te seque la boca. Asimismo, utilizan siempre el verbo en modo subjuntivo las construcciones duplicadas mediante las cuales se expresa indiferencia o voluntad cierta de realizar una acción a pesar de los inconvenientes (Vayas donde vayas, alguien te reconocerá. Digan lo que digan, no cambiaré de opinión) y ciertas estructuras fijas, habituales en la lengua: Como usted quiera. Como te parezca. Como tú digas. Que yo sepa. Que yo recuerde.

El hecho de que el modo subjuntivo no enuncie la acción del verbo como real y objetiva, sino dependiente de la subjetividad de quien se expresa, determina que sus  tiempos sean todos relativos y los nombres no se correspondan exactamente con sus significados: el presente escriba―, por ejemplo, también es futuro. Si decimos No pienso que Olga escriba bien, es evidente que el acto de ‘escribir’ se refiere al momento actual; sin embargo, si decimos: Espero que Olga escriba desde México, ese ‘escribir’ podría ser una acción presente o futura. El presente de subjuntivo suele depender de otro verbo en presente, pretérito perfecto o futuro: Quiero que escribas (he querido; querré; habré querido), pero también puede ser independiente y expresar deseo o duda: ¡Viva el rey! Tal vez no venga. En la lengua literaria, a veces se utiliza el presente de subjuntivo en oraciones subordinadas como sustitución del presente o futuro de indicativo a fin de añadir un matiz de incertidumbre o expectación: Los aplausos que arranquen (arrancarán) medirán su éxito. Desconozco si tengan (tienen, tendrán) agua en este país para apagar tanto incendio. Asimismo, el presente de subjuntivo sustituye al futuro de indicativo en oraciones temporales: Cuando estés en la playa, acuérdate de mí. Luego que salgas, cierras con llave.

El pretérito imperfecto, con sus dos formas ―escribiera y escribiese―, se corresponde con tres tiempos simples del indicativo: pretérito imperfecto, pretérito indefinido y condicional simple. La acción que enuncia puede ser presente, pasada o futura: Le exigí que llegara  ayer; le exigí que llegara hoy; le exigí que llegara pasado mañana. En cada caso, el sentido temporal quedará determinado por el contexto y la intención del enunciante. Debe tenerse en cuenta, además, que las dos formas del pretérito imperfecto no siempre son equivalentes. La forma -ra puede utilizarse a veces con el mismo sentido que el condicional: ¡Quién lo pensara de ella! significa lo mismo que ¡Quién lo pensaría de ella! No es admisible, sin embargo, ¡Quién lo pensase de ella! Puede emplearse además en fórmulas de cortesía: Quisiera hablar con usted. Aunque debilitada, se conserva en la literatura, pero no en la lengua hablaba, la antigua utilización de la forma -ra como equivalente del pluscuamperfecto de indicativo: La recordaba como aquella abogada estudiosa que lograra (había logrado) premio extraordinario tras defender la tesis. Pero el uso de la forma -ra en sustitución del pretérito indefinido de indicativo que a veces aparece también en textos literarios o periodísticos es ajena a la tradición de nuestra lengua y debe evitarse: Toda la prensa recoge la insólita rueda de prensa que ayer diera (mejor, dio) en Bruselas el president catalán cesado Puigdemont. En ambos casos, su uso se suele limitar a oraciones introducidas por un relativo. Cuando aparece en una oración no subordinada, el pretérito imperfecto, como el presente de subjuntivo, expresa un deseo cuyo cumplimiento es incierto o una duda hacia el pasado o el futuro: Ojalá aceptaran mi propuesta. Tal vez Ana cantara ayer. Mañana quizá ella no estuviese presente. Si se trata de oraciones subordinadas, el verbo en pretérito imperfecto de subjuntivo suele depender de otro verbo en pretérito indefinido, pretérito perfecto, pretérito anterior o pluscuamperfecto, o también de un condicional simple o compuesto: Te pedí (pedía, pediría, había pedido, habría pedido) que me llamaras o llamases.

El pretérito perfecto haya escrito― enuncia una acción acabada en un tiempo pasado o futuro: Lamenta que ella se haya marchado tan pronto (pasado); Deseo que se haya marchado cuando yo vuelva (futuro). Se corresponde con el pretérito perfecto y el futuro perfecto de indicativo, y en oraciones suele aparecer subordinado al presente y al futuro de indicativo: Me arriesgo a que haya incendiado la viña. Me arriesgaré a que haya incendiado la viña.

En el subjuntivo, el pretérito pluscuamperfecto ―hubiera o hubiese escrito― expresa las mismas relaciones temporales que el pluscuamperfecto y el condicional en el modo indicativo: una acción pasada respecto a otra también pasada: No recordaba que hubiera habido una inundación ese año. También sirve para formular un matiz de posibilidad en el pasado: Quién lo hubiese soñado entonces. De este último ejemplo se deduce que, a veces, el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo es intercambiable con el condicional compuesto: Quién lo habría soñado entonces. En oraciones, suele aparecer subordinado a un tiempo pasado de indicativo, un condicional simple o compuesto, u otro pluscuamperfecto con valor de condicional compuesto: Muchas nos  quejamos (quejábamos, habíamos quejado, quejaríamos, habríamos quejado, hubiéramos quejado) de que las hubieran expulsado.

El futuro imperfecto ―escribiere― enuncia una acción no acabada en presente o en futuro. Hoy solo se usa en la lengua literaria y en frases hechas conservadas en el habla coloquial: Sea lo que fuere. Venga de donde viniere. Adonde fueres, haz lo que vieres. Se conserva también en lenguaje jurídico arcaizante: El reglamento no tendrá efecto retroactivo si no se dispusiere lo contrario. Por último, se recurre al futuro perfecto hubiere escrito― para plantear una acción acabada en el futuro con relación a otra acción también futura: Si en un año no hubiere llegado el barco, denlo por naufragado. Los dos futuros de subjuntivo se utilizaron hasta el siglo xviii, aunque siempre limitados a oraciones de sentido condicional. En la actualidad, menos en escritos de carácter solemne y disposiciones oficiales, se sustituyen por el presente de indicativo o el presente de subjuntivo, en el caso del futuro imperfecto (si no se dispusiere, si no se dispone), o por el pretérito perfecto de indicativo, en el caso del futuro perfecto (si no hubiere llegado, si no ha llegado).

De lo expuesto sobre sus tiempos verbales, se desprende que en español el modo subjuntivo tiene un amplio uso en oraciones subordinadas. Y contra lo que se suele sostener, no siempre existen diferencias apreciables de significado cuando la construcción sintáctica permite elegir entre modo subjuntivo o indicativo: No sé si venga mañana Pedro frente a No sé si vendrá mañana Pedro. Sin embargo, las más de las veces la elección de modo determina el significado que se pretende transmitir: Ana no cree que Juan vino ayer (certeza), frente a Ana no cree que Juan viniera ayer (dudosa perspectiva).

Existe posibilidad de alternancia de modo en oraciones subordinadas sustantivas dependientes de verbos que expresan desconocimiento o incertidumbre (ignorar, desconocer, sospechar): Desconocía que había muerto ayer, frente a Desconocía que hubiera muerto ayer, o Sospecho que es más inteligente de lo que aparenta, frente a Sospecho que sea más inteligente de lo que aparenta. Puede asimismo existir alternancia de modos en oraciones dependientes de predicados negativos que expresan conocimiento (averiguar, creer, darse cuenta, notar, saber…) o de verbos de habla (comunicar, decir, indicar): No cree que es sincero, frente a No cree que sea sincero, o No dice que es sincero, frente a No dice que sea sincero. En oraciones interrogativas, estos mismos verbos mantienen la alternancia modal: ¿Crees que haya conseguido el trabajo? frente a ¿Crees que ha conseguido el trabajo? El uso del subjuntivo marca la distancia de quien se expresa acerca de la objetividad o certeza de la aseveración. El verbo parecer admite también alternancia de indicativo o subjuntivo en oraciones subordinadas en función de atributo: Parece que es miope, frente a Parece que sea miope, e incluso en construcciones negativas o interrogativas: No parece que es miope, frente a No parece que sea miope; ¿Te parece que Inés es miope? frente a ¿Te parece que Inés sea miope? En construcciones  de lo + adjetivo + es + que, se recurre al modo indicativo cuando se ofrece información nueva, y al subjuntivo, cuando se trata de información ya conocida: Lo bueno es que no necesitamos el crédito, frente a Lo bueno es que no necesitemos el crédito. Semejante doble opción modal admite la construcción eso de + oración subordinada: Eso de que canta ópera me interesa, frente a Eso de que cante ópera me interesa. Con verbos de percepción física o mental (imaginar, suponer, admitir, conceder, aceptar…) se puede usar modo indicativo o modo subjuntivo cuando en la oración principal hay un inductor negativo: No admito que roban casas, frente a No admito que roben casas o Pongamos que me declaro hoy, frente a Pongamos que me declare hoy. Por lo que respecta al verbo esperar, solo es posible la alternancia entre indicativo y subjuntivo cuando la acción del verbo de la oración subordinada es futura: Aurora espera que operarán a su hermana, frente a Aurora espera que operen a su hermana, o incluso Aurora espera que operaran a su hermana.

Sin embargo, verbos de valoración intelectual o emocional (gustar, angustiar, dar miedo o risa, sueño o asco, sentir, lamentar, alegrarse, sorprenderse), de deseo (querer, desear, preferir), de petición (pedir, rogar, solicitar), de mandato, permiso o prohibición (ordenar, exigir, dejar, conceder, permitir, prohibir, impedir), de consejo (aconsejar, advertir, recomendar) exigen modo subjuntivo en las oraciones subordinadas sustantivas introducidas por que: Me alegra que hayas venido. Lamentó que no estuviera presente. Te prohíbo que salgas hoy. Nos aconsejaron que nos vacunáramos pronto. No te impido que comas chocolate. Hay además un numeroso grupo de adjetivos de valoración intelectual o afectiva (absurdo, bello, curioso, extraordinario, fácil, justo, lógico, mejor, peligroso, preferible, útil…) que, al desempeñar la función de atributos, imponen el subjuntivo en la oración subordinada sustantiva de sujeto: Es absurdo que mientas tanto. Era curioso que comiera tan despacio. Es mejor que madruguemos todos. Por último, hay un número de verbos empleados para expresar posibilidad, necesidad o conveniencia que, en construcción impersonal con una oración subordinada sustantiva, exigen el modo subjuntivo: Puede que nieve. Falta que lleguen. Costará que lo comprenda. Conviene que saludes a todos.

Por lo que respecta a las oraciones subordinadas adjetivas (las de relativo), se recurre al verbo en modo subjuntivo en las especificativas cuando se desea expresar cierto matiz de desconocimiento o incertidumbre, esto es, falta de aserción: Te regalaré el libro que sea más caro, frente a Te regalaré el libro que es más caro; Ella firma todos los documentos que le entregan, frente a Ella firma todos los documentos que le entreguen. Es obligatorio el modo subjuntivo en las oraciones de relativo especificativas cuando el antecedente es negativo o de exclusión y cuando el verbo de la oración principal expresa exigencia, mandato o deseo: No hay gatos que tengan cinco patas. Apenas existen películas que se ocupen de ese asunto. Compraremos una casa que tenga jardín. Se solicita cantante que hable francés. Pueden venir los que quieran. En el caso de las oraciones de relativo en contextos comparativos de modo, esto es, en construcciones en las que el antecedente va precedido por el adverbio como, puede existir alternancia entre indicativo y subjuntivo cuando la comparación manifiesta cierto matiz metafórico o ponderativo: Andrés reaccionó como un hombre que se hubiera vuelto loco, frente a Andrés reaccionó como un hombre que se había vuelto loco; Lloro como una madre que haya perdido a su hijo, frente a Lloro como una madre que ha perdido a su hijo. Un comportamiento modal semejante se observa en las oraciones relativas especificativas dependientes de verbos cuyo significado presenta matiz comparativo: Parecía una momia que hubiera salido de su sarcófago, frente a Parecía una momia que había salido de su sarcófago. Se le antojaba una rana que reinara en su charca, frente a Se le antojaba una rana que reinaba en su charca. En lo tocante a las construcciones en las que la oración de relativo está sujeta a un superlativo relativo (mejor/peor; mayor/menor; más que/menos que; máximo/mínimo o primero/último; único o principal), existe alternancia de modo indicativo o subjuntivo dependiendo de la concreción o restricción que se pretenda establecer con la oración relativa: las posibilidades de recurrir al subjuntivo frente al indicativo aumentan a medida que se amplía o se vuelve menos específico el ámbito de comparación: Es el árbol más alto que puedes contemplar, frente a Es el árbol más alto que puedas contemplar. El verbo poder otorga a la oración de relativo un valor eventual y universaliza la comparación. En cambio, no es posible la alternancia de modos en oraciones como Es la primera profesora que nos está  (y no esté) enseñando teoría del feminismo o Me regaló el peor vestido que tenía (y no tuviera) en su armario. Ciertos adverbios y locuciones adverbiales (en todo el mundo; nunca; jamás; en mi/su vida…) actúan como globalizadores y pueden aparecer en correlación con el subjuntivo: Isla de Pascua es el lugar más mágico que exista en el mundo entero, frente a Isla de Pascua es el lugar más mágico que existe en el mundo entero. Este es el libro más largo que jamás haya leído, frente a Este es el libro más largo que jamás he leído.

En la gramática clásica se recoge un tipo de oración de relativo particular, llamada ‘relativa final’, que se caracteriza por expresar el efecto que se pretende conseguir con lo enunciado en la oración principal o por el antecedente de la relativa. Este antecedente suele ser indefinido (nada, nadie, algo, alguien…) o no aparecer, y el verbo de la oración principal con frecuencia expresa posesión o existencia, adquisición, transmisión o voluntad (tener, haber, comprar, obtener, dar, querer, buscar…): No tiene quien la quiera. Nada habrá que me sujete. Nos dará unos libros que nos entretengan. Buscaré algo que nos ayude a salir. En alguno de los ejemplos citados, se podría emplear el modo indicativo, pero se perdería el matiz de finalidad que se consigue con el subjuntivo: Nos dará unos libros que nos entretienen. En este caso, con el indicativo se designa un hecho real, un contenido verdadero que se limita a complementar al antecedente (libros).       

Pasando ahora a las oraciones subordinadas adverbiales, se puede afirmar de este amplio conjunto (temporales, locativas, modales, comparativas, concesivas, causales, consecutivas, finales, condicionales) que, como norma general, es la conjunción o locución conjuntiva introductora la que impone el modo verbal. Muchas de ellas no admiten más que un modo verbal, pero otras se prestan al empleo de indicativo o subjuntivo: Había querido verme antes de que terminara la semana. Julia le saludó de manera que no llamara/llamó la atención de nadie. Además, como en el resto de las oraciones analizadas, el uso de indicativo o subjuntivo está sujeto al grado de asertividad que quien se expresa otorga a lo expresado en la subordinada adverbial. Las oraciones temporales  (introducidas por cuando, a medida que, antes de que, apenas, así que, en cuanto, hasta que, luego que, mientras…) recurren siempre al modo subjuntivo cuando lo que se expresa en la subordinada va a ocurrir en el futuro: Te lo diré cuando vengas, frente a Te lo dije cuando viniste. Se lo encontrará apenas llegue, frente a Se lo encontró apenas llegó. Ana escuchaba música mientras la niña dormía, frente a Ana escuchará música mientras la niña duerma. Habríamos avisado así que hubiéramos llegado, frente a Habíamos avisado así que hubimos llegado. Las oraciones locativas (introducidas por donde), las modales (introducidas por como, conforme, según, tal y como…) y, dentro de las comparativas, las estructuras denominadas proporcionales  (cuanto, su femenino y sus plurales + más/menos + sustantivo/adjetivo/adverbio + más/menos) se construyen siempre con modo subjuntivo cuando el tiempo de referencia es el futuro: Como donde es más barato, frente a Comeré donde sea más barato. Lo hicimos como tú dijiste, frente a Lo haremos como tú digas. Cuanto menos trabajes, más te endeudarás, frente a Cuanto menos trabajas, más te endeudas. Cuantas más casas vendas, mejor le irá a la empresa, frente a Cuantas más casas vendiste, mejor le fue a la empresa. Por lo que atañe a las oraciones concesivas (introducidas por aunque, a pesar de que, aun cuando, por mucho que, por más que, pese a que…), predomina el modo indicativo cuando se cumple lo enunciado en el verbo de la oración principal a pesar de lo indicado en el verbo de la subordinada: Aunque duermo poco, no estoy cansada. Cuando se añade un matiz de subjetividad que reduce la asertividad en presente, futuro o pasado, aparece el modo subjuntivo: Aunque haya dormido poco, no estoy cansada. Aunque duerma poco, no estaré cansada. Aunque hubiera dormido poco, no estaría cansada. Algunas locuciones conjuntivas se emplean primordialmente con modo subjuntivo: Por mucho que coma no engorda. Por más que madruguemos siempre llegamos tarde. Las oraciones causales (introducidas por porque, a causa de que, como, en vista de que, pues, puesto que, ya que…) suelen requerir  modo indicativo, a no ser que exista negación en el verbo o aparezca un matiz de probabilidad o incertidumbre: Tú te lo comes porque te gusta, frente a Tú no te lo comes porque te guste. Como caben los zapatos, no necesito más cajas, frente a Como no quepan los zapatos, necesitaré más cajas. Semejante a las causales con negación en sentido y empleo de modo subjuntivo sería la construcción  con es que duplicado: No es que me guste, es que me encanta. No es que Ana esté muy delgada, es que está esquelética. En cuanto a las oraciones consecutivas (introducidas por así que, pues, conque, luego, por tanto, de modo/manera/forma que…), emplean en general el modo indicativo: Llegaré tarde, así que no puedo esperarte. Pienso, luego existo. Hay que terminar en una hora, conque tenemos que correr. Sin embargo, cuando la oración consecutiva está introducida por un nexo del tipo de ahí/aquí que, se emplea mayoritariamente el modo subjuntivo: Sus primas no vinieron a su boda; de ahí que se enfadara con ellas. Este territorio fue colonizado por los franceses, de aquí que sus habitantes hablen francés. Las oraciones finales (introducidas por para que, que, a que, a fin de que, con objeto de que, de forma que…) utilizan siempre modo subjuntivo: Me invitaron para que conociera a Alba. Ven que te peine. Iremos a  que  nos devuelva el paraguas. Por último, las oraciones condicionales (introducidas por si, pero también por a condición de que, a no ser que, como, con que, con tal que, siempre que…) se construyen en subjuntivo o indicativo dependiendo de la conjunción o locución conjuntiva escogida. La más común, la conjunción si, admite, según el contexto, ambos modos, indicativo y subjuntivo (Si me llamas, voy. Si me llamaras, iría. Si me hubieras llamado, habría ido), mientras que las restantes imponen el subjuntivo, sea en enunciados afirmativos o negativos: Te acompañaré a condición de que me esperes. Todo se soluciona con tal que tengamos salud. Habría ido a la playa contigo siempre que no hubiera llovido. Nos despedirán a no ser que cumplamos los objetivos. Es suficiente con que nos pongamos de acuerdo en eso. Como me toque la lotería, me compro un avión.

Volvamos ahora al titular de periódico citado al comienzo, «Eduardo Mendoza lamenta que la situación catalana “es un lío que por fuerza tiene que acabar mal”». Para analizarlo, hay que tener en cuenta ante todo dos supuestos: 1) El verbo lamenta de la oración principal impone modo subjuntivo en el verbo de la oración subordinada sustantiva. 2) Las comillas indican que se trata de una cita textual.  ¿Por qué se ha usado, entonces, un modo indicativo que no parece desafinar  a la vista (o al oído) si no se presta atención? La doble subordinación, esto es, el hecho de que se sucedan las oraciones introducidas por que, y las comillas de estilo directo explican que se haya diluido la percepción acerca de la necesidad del modo subjuntivo. Sin embargo, la redacción es muy mejorable. Una opción, en estilo directo estricto, sería: «Eduardo Mendoza lamenta sobre la situación catalana: “Es un lío que por fuerza tiene que acabar mal”».  Otra posibilidad, elidiendo dos verbos introductores, sería: «Eduardo Mendoza, sobre la situación catalana: “Un lío que por fuerza tiene que acabar mal”».  Mucho peor redacción por la repetición cacofónica de que sería una corrección para adecuar a la gramática normativa y el estilo indirecto el titular tal como se ha compuesto: «Eduardo Mendoza lamenta que la situación catalana  sea “un lío que por fuerza tiene [tenga] que acabar mal”».

Termino con un epitafio en latín que aparece en antiguas tumbas romanas, tanto abreviado como en palabras completas (a veces separadas con punto, tal como se fue imponiendo en la scriptura continua a fin de marcar los límites entre ellas y facilitar la lectura): Te rogo praeteriens dicas sit tibi terra levis. Traducido a nuestra lengua, significa, con dos espléndidos subjuntivos: «Paseante, te ruego que digas: La tierra te sea leve».


La lengua destrabada
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miércoles, 18 de octubre de 2017

De la carta misiva al correo electrónico


carta misiva y correo electrónico
Puede que los niños que empiezan a crecer ahora, en estas imprevisibles décadas iniciales del tercer milenio, jamás reciban una carta por correo. Pero no será porque, como le sucedía al coronel de la novela de García Márquez, no tengan quien les escriba, sino debido a los cambios que se están produciendo en esta sociedad de la información. La carta misiva, el medio de comunicación escrita por excelencia durante el siglo xx, ha cedido el paso al correo electrónico y su desaparición parece próxima.

El DRAE recoge diversas acepciones para el vocablo ‘carta’. La primera la define así: «Papel escrito, y ordinariamente cerrado, que una persona envía a otra para comunicarse con ella». Por su parte, el vocablo ‘misiva’, utilizado como adjetivo, proviene del participio pasado del verbo latino mittĕre, que significa ‘enviar’. Por tanto, una carta misiva es la enviada a alguien. La aparente redundancia de los términos acaba si se piensa en la cantidad de cartas que se escribieron y no se enviaron. A este respecto, la definición de ‘carta’ que ofrece María Moliner en su Diccionario de uso del español se antoja más acertada: «Escrito de carácter privado dirigido por una persona a otra». Cuando el escrito se destina a la publicidad, aunque vaya dirigido a una persona determinada, se denomina ‘carta abierta’.

 En su artículo incluido en El defensor (1967), «Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar», el poeta Pedro salinas apunta que la carta más antigua registrada es de amor y se escribió en Babilonia hace miles de años. Sin embargo, fueron los reyes y los gobernantes egipcios, asirios, babilónicos o judaicos de la Antigüedad quienes convirtieron las cartas en un elemento clave para la administración de sus imperios al servirse de ellas para sustentar relaciones militares, diplomáticas o comerciales. Los fines de las cartas han variado poco desde entonces y poco también los dos tipos generales en que acostumbran a dividirse: oficiales y privadas. De las privadas, las cartas familiares del romano Cicerón, escritas en el  denominado sermo cotidianus de la época (el latín vulgar hablado por las clases cultas, en contraposición al sermo plebeius, el hablado por la plebe), constituyen el primer corpus conocido de este género epistolar en la Antigüedad y determinaron su formato.

Más adelante en el tiempo, entre las artes medievales surgió el ars dictaminis (arte del dictamen), cuyo objetivo era enseñar a redactar cartas y documentos, un conocimiento que proporcionaba abundantes salidas profesionales. Se aplicaban a las cartas las mismas partes en que dividía la retórica el discurso clásico. Las fundamentales del esquema medieval eran: salutatio, exordium, narratio, petitio y conclusio. Pero es en la primera, la salutatio, donde se aprecian más cambios si se compara con la usual en la carta clásica: del sencillo «Cicerón saluda a…», por ejemplo, con que se iniciaban las cartas familiares tulianas, se pasa a un encabezamiento ceñido a una estricta reglamentación: si la carta se dirige a una persona de jerarquía superior, su nombre se escribe en primer lugar, acompañado de los adjetivos que se consideren más apropiados y elogiosos; si se trata de una persona de dignidad inferior, su nombre aparecerá el segundo, detrás del nombre del remitente, pero acompañado también con adjetivos que lo dignifiquen. Hay tratados medievales en los que se explican prolijamente las diferentes posibilidades de relación entre el remitente y el destinatario, así como los diversos modos de componer salutaciones adecuadas. La obra anónima del siglo xii Rationes dictandi fijó el patrón de la carta medieval, dictaminando sobre los conocimientos que debía poseer el dictador o perito en el arte dictaminis y los recursos estilísticos que había de desplegar.

La historia siguió avanzando, y es a partir de la segunda mitad del siglo xvi cuando la correspondencia entre particulares se intensificó debido al avance de la alfabetización. Además, se descubrió la carta como literatura publicable y aparecieron diversos manuales prácticos, alejados de la retórica, que enseñaban a componerlas: hubo más de veinte Segretari publicados en Italia antes de 1600 después del Segretario de Francesco Sansovino de 1564 y del Secrétaire francés de Gabriel Chappuys de 1568. En España, Gaspar Texeda escribió el Libro de cartas mensajeras en estilo cortesano (Valladolid, 1569) y también imperaron los llamados «secretarios», esos manuales prácticos con modelos de cartas para cualquier ocasión que pervivieron hasta bien entrado el siglo xx: El secretario universal español de M. Armand Dunois, por ejemplo, se publicó en Barcelona en 1912; un manual epistolar semejante, el Nuevo estilo y formulario de escribir cartas misivas…, escrito por J. Antonio D. y Begas, superó las veinticuatro ediciones entre 1701 y 1804.

Escribir cartas fue en el pasado y ha sido hasta hace poco el primer ejercicio de alfabetización y la única forma de escritura practicada por muchas personas a lo largo de su vida. Los manuales que en el pasado enseñaban el estilo epistolar coincidían en señalar que lo indispensable de una carta, lo que la distinguía de cualquier otro tipo de texto, era el saludo o apertura y la despedida o cierre. Y, sin embargo, es lo que queda entre esos dos elementos, el cuerpo o contenido, ese espacio donde todo puede tener cabida, lo más difícil de componer. Frente a la conversación cara a cara, lo escrito pierde en espontaneidad, pero ha de ganar en precisión y desarrollo lógico. Quien redacta una carta tiene que mimar la ortografía y la sintaxis si no quiere enviar una pobre imagen de su persona. No debe olvidarse que, mientras escribe, esa persona se está construyendo para quien leerá después: tantos podrán ser sus yoes como corresponsales tenga de sus cartas. De los renglones escritos a lo que salga o con esmero, surgirá su propio reflejo, lo que la otra persona apreciará de su imagen al leer. Y esa imagen pervivirá mientras dure la carta, sea cual fuere el motivo que la inspiró y aunque el paso del tiempo lo haya borrado. Esa es la razón principal por la que se rompen tantísimas cartas antes de acabarlas.

Si en los tiempos que corren la carta está en franca retirada, mucho más lo está la escrita a mano. Las formales, que han de ser breves y directas, siempre se componen en letra de molde (a máquina o en ordenador o computadora), si bien en la despedida se pueden sumar algunas palabras de puño y letra para añadir un toque personal. Por lo que respecta a su composición tipográfica, existen dos estilos: el tradicional, que utiliza párrafo ordinario, sangrando el inicio de todos y aplicando justificación completa (margen izquierdo y derecho); y el moderno, cada vez más habitual por influencia anglosajona, que no sangra el inicio de ningún párrafo, los separa con una línea de blanco y aplica justificación completa (más habitual) o parcial (solo en el margen izquierdo). Una vez elegido el estilo, ha mantenerse en toda la carta sin mezclar rasgos de uno y otro.

Cuando en un correo electrónico se envía una carta oficial como archivo adjunto (por lo general, en formato PDF para asegurar su integridad), debe ajustarse a la composición clásica: encabezamiento, cuerpo o contenido y pie. En el encabezamiento, a la izquierda se escribe el nombre y la dirección del destinatario; a la derecha, el lugar y la fecha completa de escritura. A continuación, en línea aparte, el tratamiento de cortesía con el que se inicia el escrito: Querido…, Estimada…, Muy señor mío…, A quien corresponda…, seguido siempre de dos puntos (el empleo de coma es un anglicismo innecesario y ajeno a nuestra tradición epistolar y nuestras normas ortográficas de uso de la coma). En el pie, una vez concluido el argumento, se finaliza con una frase de cortesía como despedida, cuya intensidad dependerá del grado de confianza que se tenga con la persona a la que se dirige: Muchos besos…, Un abrazo…, Un cordial saludo…, Atentamente…, Suyo afectísimo… Sigue a continuación, en línea aparte, la firma de quien escribe, que ha de acompañarse, justo debajo del nombre completo, con la dirección y demás datos que se consideren pertinentes. Si se desea añadir algún comentario que no se ha introducido en el cuerpo de la carta, se escribe una posdata (cuya abreviatura es P.D., acompañada de dos puntos) en renglón aparte.

Como se ha señalado, hoy se escriben y reciben correos electrónicos en los que se despachan toda clase de asuntos para los que antes se recurría a las cartas. Ocupan su lugar y, por lo tanto, los correos han de ceñirse a un formato establecido, más riguroso cuanto más formal sea su contenido y el destinatario a quien se envía. Como en las cartas a las que sustituyen, no debe faltar el saludo o apertura, más o menos determinado según lo requiera la ocasión, seguido de dos puntos y no de coma. En correos formales, el cuerpo o contenido debe escribirse en párrafo aparte (en los informales, se puede continuar en la misma línea), bien empezando cada párrafo con sangrado o bien separándolos con una línea de blanco y sin sangrar; al igual que en el caso de las cartas, la justificación será completa si se sangra al inicio de cada párrafo y parcial o también completa si se opta por su separación con una línea de blanco.

Es imprescindible prestar un cuidado especial a la redacción, vigilando sintaxis, ortografía y tipografía: el correo electrónico nos representa del mismo modo que lo hacía la carta y ofrece la imagen que creamos de nosotros al receptor. Por ello, se deben evitar las prisas y no enviar nada que no se haya releído. Tras la despedía de cortesía (más o menos formal según el destinatario), no debe olvidarse añadir la firma completa con nombre y apellidos, más todos los datos identificativos que se consideren pertinentes (se escriben en línea aparte, separados por conceptos, debajo, a la izquierda). Por nuestra simple dirección de correo electrónico, la persona, empresa, entidad u organismo a los que dirigimos nuestro escrito no tienen por qué individualizarnos. Al igual que en el sobre del correo postal, en las casillas iniciales del correo electrónico se indica el remitente y el destinatario con sus direcciones electrónicas, y además es conveniente añadir con pocas palabras el asunto que ha motivado la comunicación; en correos formales, este resumen del contenido puede resultar muy útil.

No cabe duda de que los correos electrónicos han agilizado la comunicación escrita. Pero si las cartas eran efímeras por el soporte que las contenía, los correos están destinados a perecer: se borran por descuido o adrede y suelen desaparecer con los cambios de programas informáticos o de ordenador. ¿Quién guarda los correos antiguos, año tras año? ¿Quién los relee? Y, lo que es más importante,  ¿seguirán existiendo epistolarios en los siglos venideros? 


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






jueves, 14 de septiembre de 2017

Corrección de textos: torquemadas versus complacientes

corrección de textos
Una vez concluida la redacción de un texto, al escribir el punto final, llega una fase crucial de trabajo que jamás debe pasarse por alto. El texto no está acabado, sino solo preparado para ser sometido a un meticuloso procedimiento de revisión que lo mejorará o incluso lo cambiará por completo. Pero no se trata del inicio de un proceso: es su culminación, puesto que revisar y corregir han de ser tareas recurrentes que se habrán ido simultaneando con la escritura. Planificación de objetivos y texto redactado deben evaluarse de manera constante en un círculo virtuoso, puesto que la fase de escritura suele modificar la comprensión del asunto manejado. En el proceso de pasar ideas a palabras y de revisar el resultado se modifican ambas, casi siempre a mejor. A revisar y corregir se aprende con la práctica, cuando se convierten en ejercicios cotidianos.

En las revisiones del texto se detectan errores e imperfecciones de distinto calado y se corrige fondo y forma (ortotipografía, morfología y sintaxis, puntuación, nexos, coherencia, vocabulario…). La revisión global y final de un texto extenso, escrito en ordenador o computadora, ha de constar de dos etapas: la primera se efectúa sobre pantalla, pero la segunda siempre sobre papel. Ambas exigen cierto alejamiento del texto: ha de haber pasado algún tiempo desde la composición para ganar objetividad.

Con la práctica, es posible revisar en una misma lectura los aspectos ortotipográficos, morfológicos, sintácticos y estilísticos de un texto e ir realizando las modificaciones precisas. Pero es necesario poseer un imprescindible bagaje lingüístico que capacite para la tarea. ¿Cómo corregirá sus errores quien ignore que los ha cometido?

Es muy frecuente recurrir a la ayuda profesional para conseguir una revisión global de calidad. Pero a menudo surge la misma pregunta: ¿Cómo elegir una correctora o corrector cualificados si no se poseen los conocimientos lingüísticos imprescindibles para distinguir entre ellos? Los hay torquemadas y los hay complacientes; los hay con buen ojo para detectar erratas y los hay sin recursos para corregir estilo…

Los propios sellos editoriales a veces dudan a la hora de seleccionar profesionales. No hay un único criterio, nadie es infalible. Sin embargo, sí existen algunas pruebas que ayudan a separar el grano de la paja. Detectar a los torquemadas suele ser fácil: su intransigencia les compele a dejar su sello en todo lo que corrigen y, así, cambiarán quizá por quizás o viceversa, según defiendan la forma etimológica o la habitual, aunque las dos son correctas y su uso depende del gusto de quien escribe; cambiarán también por lo tanto por por tanto, atendiendo a un criterio propio que no se fundamenta en la gramática, e influenciar por influir, cuando ambos verbos son sinónimos; se empeñarán en tildar solo cuando corresponda a la forma abreviada de solamente y los pronombres este, ese, aquel, incluso cuando aquel funcione como sustantivo; sostendrán ―equivocadamente― que alternativa solo se puede utilizar cuando se expresan dos opciones, que anticipar no es sinónimo de prever, o que jugar un papel no es aceptable por desempeñar o realizar un papel, aunque se trate de un calco del francés e inglés ya antiguo, reconocido y asentado en nuestra lengua. Por su parte, las correctoras y correctores complacientes consentirán casi todo, bien por desconocimiento, por inseguridad o por  desidia, dejando pasar, por ejemplo, guion  o rio  escritos con tilde sobre la o, ingerir (cuyos sustantivos son ingestión e ingesta) por injerir (cuyo sustantivo es injerencia), osea como si fuera una única palabra y no la locución verbal o sea,  a parte en lugar del adverbio aparte, o habría (verbo haber) por  abría (verbo abrir); tampoco corregirán en relación a, cuando lo correcto es en relación con o con relación a, ni  se inmutarán al encontrar bajo mi punto de vista en lugar de la expresión correcta, desde mi punto de vista, o doceavo aniversario en vez del numeral ordinal que corresponde, duodécimo aniversario. Los torquemadas entrarán a saco y cambiarán, sea pertinente o no, el estilo de un texto; los complacientes pasarán de puntillas por él y apenas tocarán nada.

Una corrección profesional, además de vigilar la ortotipografía (ortografía, acentuación, puntuación, tipografía, mancha de la página…), ha de detectar y corregir fallos morfosintácticos, léxicos y estructurales. En un texto, se debe prestar atención a la cohesión (orden de las palabras en las oraciones; puntuación; nexos entre oraciones y entre párrafos…) y la coherencia (selección de la información, progresión u orden lógico, estructura de párrafos…). Algunas de las principales operaciones de corrección de estilo que se pueden realizar son:

·       Cambiar el enfoque. Añadir información necesaria o suprimir la superflua. Ordenar de otro modo la información que se presenta en el texto.
·       Unir o separar párrafos atendiendo a los conceptos y su orden lógico. Recortar oraciones demasiado extensas o alargarlas mediante el empleo de nexos subordinantes. Perfeccionar el desarrollo de ideas mal expresadas.
·       Ampliar o mejorar el léxico evaluando el tono del escrito. Corregir repeticiones. Subsanar lagunas.
·       Optimizar la estructura de epígrafes, añadiendo los necesarios o suprimiendo los superfluos.

No es mala idea pedir una valoración de algunas páginas del texto que se desea entregar para su corrección antes de contratar a un profesional. Al revisar las fortalezas y debilidades que aparecerán recogidas en el informe, se detectará la facilidad de redacción de dicho profesional, su estilo y sus criterios de corrección. Siempre es posible además pedir a una tercera persona que opine al respecto. También es posible incluir algunas «trampas» en esas páginas entregadas para descubrir torquemadas o complacientes… No obstante, debe tenerse en cuenta que, entre estos dos extremos caricaturizados, hay una gran variedad de profesionales de la escritura que conocen a fondo su trabajo y saben mejorar hasta lo indecible textos que de otro modo resultarían ilegibles. 

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






lunes, 4 de septiembre de 2017

Apuntes sobre Patria

Leer Patria
Apenas conocía la obra anterior de Fernando Aramburu ni estaba al tanto del fenómeno editorial que está suponiendo su última novela hasta que dos personas de cuyo criterio me fío me aconsejaron leerla. Lo hice. La he terminado hace unas semanas y la estoy releyendo ahora para escribir estos apuntes.  A mi juicio, es una de las mejores novelas escritas en español que se han publicado en los últimos tiempos.

El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes? Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo y Madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori.

Este resumen del argumento, parte del texto que aparece en la contracubierta, jamás me habría incitado a la lectura del libro. Y sin embargo, en cuanto abrí sus páginas y comencé el primer capítulo, «Tacones sobre el parqué», quedé atrapada en su limpia prosa, en su original voz narrativa. Un buen escritor no lo es por lo que cuenta, sino, sobre todo, por cómo lo cuenta.

Patria es una novela extensa, de 642 páginas, dividida en 125 capítulos breves, todos encabezados por un título sugerente, que desarrollan un argumento interesante y coherente, con personajes creíbles y redondos que van evolucionando a medida que avanza el relato. Magistrales resultan en su tratamiento los de las dos matriarcas, Bittori y Miren, algunos de cuyos rasgos evocan en su inmanencia a mujeres mitológicas de la literatura griega. También son protagonistas los padres compañeros de ciclismo, uno emprendedor, el otro apocado, y sus respectivos hijos, cinco en total: Nerea, la caprichosa superficial, y Xavier, el enmadrado; Joxe Mari, el terrorista patriota, Gorka, el chico raro salvado por los libros, y Arantxa, la joven atrevida con cruel destino que se ve obligada a crecerse en la desgracia. En ningún momento se desvelan sus apellidos: solo sus  nombres de pila. Y a su alrededor se mueve el coro de personajes secundarios: parejas, amigos, pero sobre todo, destacando, los instigadores, los correveidiles, los que no saben o todo lo justifican en nombre de la patria.

Con el asesinato del Txato como meollo del argumento, Aramburu crea su propio mundo narrativo, en el cual las cosas no suceden de manera aislada, y hay historias que trascurren en paralelo o se van interrelacionando, mezclando presente y pasado. Lo que cuenta es lo sucedido durante varias décadas a dos familias amigas de un mismo pueblo vasco, cercano a San Sebastián, que acaban distanciadas por motivos políticos. Pero todo lo que escribe Aramburu es ficción: no hay que perder de vista que no se trata de historia, sino de una novela, por más que esté ambientada en un momento determinado del devenir del País Vasco y describa, con sus propias connotaciones, circunstancias verosímiles que muchos tomarían por ciertas. Como hizo Cervantes con el Quijote, el lugar de los hechos principales, el pueblo donde viven las dos familias protagonistas, no aparece, con lo cual se universaliza. Sí, en cambio, se citan por sus nombres lugares emblemáticos de San Sebastián y otras localidades españolas.

En Patria, una tragedia sobre sentimientos y pasiones en el sentido shakespeariano, la elección de la voz narradora es, a mi parecer, el logro más destacado, pues la humaniza, la convierte en algo cercano y consigue que se comprenda cómo hechos tan graves se acaban considerando parte de la rutina diaria, del paisaje. Como lectora, confieso que me sorprendieron por inesperados los primeros cambios que detecté en el relato de la tercera persona a la primera o a la segunda:

Total, que por perder de vista a la vecina cruzó a la otra acera y se pasó un buen rato andando sin rumbo por los alrededores. Porque, claro, la sinsorga, mientras limpia los salmonetes para su hijo, que siempre me ha parecido bobo, además de cretino, si me oye llegar a casa poco después que ella, pensará: tate, no quería estar conmigo. Bittori. ¿Qué? Estás cayendo en el rencor y ya te he dicho muchas veces que. Vale, déjame en paz.

¿Se trataba de dos narradores distintos? No acaba de saberse: la misma técnica se emplea con cada uno de los personajes: relato narrado en tercera persona, en pasado o en presente, que cambia de improviso de perspectiva y se narra en primera o segunda persona, monólogos interiores, soliloquios… Con ello se consigue una acertada mezcla de distancia y proximidad, incluso de implicación, según se necesite. La introducción de los diálogos también es particular, a veces sin verbo:

No, nada, que habían desechado la idea de adoptar un bebé. Tanto que decían. Que si un chino, un ruso, un morenito. Que si chica o chico. Nerea no había perdido la ilusión, pero Quique se había echado atrás. Él quiere un hijo propio, carne de su carne.
Bittori:
―¿Le da ahora por hablar como en la Biblia?
―Se cree moderno, pero es más tradicional que el arroz con leche.

Otras veces se introduce con el que propio del estilo indirecto:

El manzano, la higuera y los avellanos aguantan la inundación, y eso es todo. ¿Todo? Como el río arrastra residuos industriales, después la tierra echa un olor fuerte. Él dice que a fábrica. Miren le replica que:
―A veneno. Algún día nos vamos a morir con unos dolores de tripa espantosos.

Los constantes pasos dentro del mismo párrafo de presente a pasado y viceversa agilizan la narración, creando sensación de cotidianeidad, de texto espontáneo, cuando la realidad es que un escritor necesita sudar tinta para alcanzar una técnica tan depurada:

Mira que es lento el autobús. Demasiadas paradas. Hala, otra. Las dos mujeres, con estas y aquellas características físicas, iban sentadas una al lado de la otra. Volvían a última hora de la tarde al pueblo. Se hablaban a la vez, sin escucharse. Cada una a lo suyo, pero se entendían. Y en esto la que estaba sentada junto al pasillo le dio con disimulo un codazo leve a la que estaba sentada junto a la ventanilla. Atraída su atención, señaló mediante una rápida sacudida del cuello hacia la parte delantera del autobús.
En susurros:
―La del abrigo oscuro.
―¿Quién es?
―No me digas que no la reconoces. 

Patria es una novela extraordinaria, una obra de arte, y como tal trasmite una pluralidad de significados que conviven en un solo significante. Su final no desmerece. Por eso ha llamado la atención de tantos y variados lectores, que pueden hacer interpretaciones alternativas, lecturas trasversales en las que encuentran goce. Entre tanta mediocridad con ínfulas y premios, es esperanzador que esta trabajada novela se haya convertido en best seller, como cuando en los años setenta del siglo pasado se popularizaron otras admirables y  ya clásicas novelas de autores latinoamericanos. Acaso se demuestre con ello el carácter proteico del género, siempre en crisis, en proceso de formación constante, reflejando a través de su forma la esencia inacabada de nuestro ser y del mundo que nos rodea.   

La lluvia, al romper contra las tumbas, producía un rumor otoñal, fresco, neblinoso, que agradaba a Bittori. Sí, porque además de limpiar un poco todo esto, me da la impresión como de que también les llega a los difuntos algo de vida, ¿no? Yo ya me entiendo.


Ficha bibliográfica: 
Fernando Aramburu  (2017), Patria, Barcelona, Tusquets Editores, 642 págs. más un glosario final



  





La lengua destrabada
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lunes, 28 de agosto de 2017

Hablemos de la 'ñilde'

Hablemos de la 'ñilde'Hace unos días, durante una cena, un amigo mexicano me preguntó si sabía el nombre del trazo, más bien recto si se escribe a mano y ondulado cuando se trata de letra de imprenta, que corona a la letra ñ de nuestro alfabeto español. Cuando respondí que se trata de una tilde o virgulilla, mi amigo dijo que estaba equivocada: su nombre es ñilde, afirmó sin dudarlo.

La letra ñ no  existía en el alfabeto latino clásico porque tampoco había el sonido que representa en la actualidad en nuestro alfabeto castellano. Fue en la evolución del latín vulgar hacia las lenguas romances cuando empezó a formarse ese sonido de consonante nasal palatalizada en la pronunciación de tres grupos consonánticos distintos: el grupo consonántico latino ­-gn, como en lignu(m), que pasó al castellano como leño’,  o signa(m), que se convirtió en ‘seña’;  el grupo consonántico latino -nn o -mn , como en annu(m), que es nuestro ‘año’ castellano,  somnu(m), nuestro ‘sueño’, o canna(m), nuestra  ‘caña’; y los grupos ni- + vocal o ne -+ vocal, como en el caso de vinea(m)> vinia(m), ‘viña’ o Hispania(m) >Ispania, ‘España’.

Las diversas lenguas romances en las que surgió dicho nuevo sonido de palatalización de consonante nasal tuvieron que hallar el modo de representarlo por escrito: por ejemplo, en francés se acabó eligiendo para ello el grupo  gn; en catalán,  el grupo ny; y en portugués, el grupo  nh. Pero la evolución fue lenta. Ciñéndonos al castellano, desde el siglo ix empezaron a convivir en los textos escritos las tres variaciones posibles (esto es, nn; gn; ni) para representar el nuevo sonido, pues su uso dependía del lugar de proveniencia del copista. Aquellos que utilizaban la doble n, siguiendo una tradición amanuense anterior bien establecida de abreviar esta letra tanto en textos de latín medieval como de castellano medieval, comenzaron a escribir una sola n con otra más pequeña sobrescrita. Así surgió la tilde o virgulilla de la ñ. Su generalización como única letra para representar ese sonido de palatal nasal sobrevino en el siglo xiii debido a la reforma ortográfica de Alfonso X el Sabio. El uso de la ñ se fue extendiendo a la par que la ortografía alfonsí, y Antonio de Nebrija ya incluyó esta consonante con su tilde en su gramática de 1492, la  primera del castellano. Con la llegada de la imprenta se fundieron tipos para representar esta letra con su característica virgulilla, que variaban dependiendo del impresor y de las fuentes. Sin embargo, la ñ no ingresó en el diccionario de la Real Academia Española hasta 1803. Antes de esa fecha, las palabras que empezaban por ñ aparecían al final de la entrada correspondiente a la n.

Tampoco se reconoció su entidad independiente en la primera ortografía académica, la  Orthographía española de 1741, donde se afirmaba:

En la N, y la O no se encuentra dificultad digna de nota para los que escriben. Si á la N en nuestra lengua se le añade una tilde así ñ, es su pronunciación diferente: y á no tener cuidado, puede en lo escrito variar mucho la significación de las voces, como en moño, y mono.

No obstante, en la segunda edición de esta obra (1754), que ya había pasado a titularse Ortografía de la lengua castellana (prescindiendo de las h etimológicas y utilizando la f), se aprecia un cambio de criterio, puesto que se declaraba:

En la primera impresión de este Tratado se dexaron de añadir la ch, la ll y la ñ, que son letras propias nuestras; pero ahora, reflexionando este punto, ha parecido que sin ellas está defectuoso el Abecedario; porque ninguna de las otras representa en lo escrito el sonido que atribuimos á cada una de estas, y distinguen las voces chasco, llanto, año, especialmente cuando la diversidad de las letras no consiste tanto en la figura, como en la diferencia de su pronunciación.

La forma de la virgulilla que corona la ñ fue evolucionando con el paso de los siglos hasta llegar a la actual ondulada de los tipos de imprenta (~). Pero nunca se llamó ñilde, aunque podría haberlo hecho. Desde luego, sería un bonito modo de diferenciarla del resto de las tildes. 

A comienzos de la década de 1990 se suscitó un gran debate cuando la por entonces Comunidad Económica Europea solicitó a España suprimir la ñ por criterios económicos, aduciendo lo costoso que resultaba la fabricación de teclados de ordenador que la incluyeran. Pero era un asunto fundamental que trascendía las fronteras españolas y europeas. Entre los que se alzaron para defender nuestra letra particular se destacó el escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien escribió: «La ñ es un salto cultural de una lengua romance que dejó atrás a las otras al expresar con una sola letra un sonido que en otras lenguas sigue expresándose con dos». El poeta mexicano José Emilio Pacheco, por su parte, creó su poema «Defensa de la eñe», donde se lee: «Este animal que gruñe con eñe de uña / es por completo intraducible. / Perdería la ferocidad de su voz / y la elocuencia de sus garras / en cualquier lengua extranjera».

La ñ se salvó en los teclados de los eñehabientes, esto es, de todos los que compartimos la lengua española en el ancho mundo, y paso a paso va ganando espacio en internet. Ha pasado a convertirse en el símbolo de una lengua en la que se comunican hoy cerca de 500 millones de personas. 


Hace unos días, paseando por la Costa Quebrada de Liencres (Cantabria) descubrí una  ñ de roca cuya tilde se refrescaba en el mar. Le hice una foto para dejar constancia.















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