jueves, 23 de febrero de 2017

Quema de libros

hoguera de librosLa ciencia ficción está en boga. En este extenso y abigarrado género literario, el nudo narrativo se caracteriza por ser una especulación concebida para presentar una nueva idea, descubrimiento científico o fenómeno a los que los personajes quedan supeditados, girando a su alrededor para desarrollarlos o explicar los conflictos producidos por su causa en la sociedad o en las personas. Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary W. Shelley ―hija de la feminista Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer― se suele reconocer como la primera novela perteneciente al género. La mujer que en su tiempo fue considerada musa del poeta romántico  Percy B. Shelley la escribió con veinte años, mientras se recuperaba de la muerte de su hija primogénita, criaba a su segundo hijo y daba a luz a un tercero. Fue el poeta Shelley quien se encargó de publicarla, pero ocultando a su compañera autora bajo las iniciales M. W., como era habitual en la época.  Pronto Frankenstein se convirtió en el mito que todos conocemos, aunque pocos hayan leído la novela y recuerden quién la escribió. La mentira que cuenta una verdad capaz de trascender el tiempo, transmitiendo un contenido eternamente humano, es lo que ha prevalecido de ella.

Leer Frankenstein a comienzos de este tercer milenio en que vivimos sigue resultando inquietante e inspirador por su sorprendente novedad y por su capacidad para trasmitir las angustias de la época en que se compuso, pero también para avivar preocupaciones actuales. En su introducción a la novela en la edición de 1861, Mary W. Shelley afirmó que se había propuesto crear una historia que al hablar de los misteriosos temores de nuestra naturaleza, despertase el más intenso de los terrores, «una historia que hiciese temer al lector mirar a su alrededor, que helase la sangre y acelerase los latidos del corazón». Sin embargo, no es una historia de terror al uso, sino una reflexión sobre la verdad y la realidad, sobre sus relaciones y su gradación, expresada en varias voces, las más destacadas, la del científico creador, pronto arrepentido de su obra que imaginaba sublime: «¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado?»; y la de la criatura creada, abandonada a su suerte en un mundo hostil a la fealdad monstruosa: «Todos los hombres odian a los desgraciados […]. Sin embargo, vos, creador mío, me detestáis y despreciáis a mí, vuestra criatura, a quien estáis unido por lazos que solo la aniquilación de uno de nosotros romperá [...]. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha».

El notable éxito de la ciencia ficción desde mediados del siglo xx se debe en cierta medida a la percepción popular de que buena parte de los avances logrados por la ciencia moderna ―genética, viajes espaciales, instrumentos y aparatos electrónicos…― ya habían sido previstos por inteligentes escritores en sus obras de fantasía. Cuando la televisión comenzaba a despegar allá por la década de 1950, el estadounidense Ray Bradbury, amante de las bibliotecas y acostumbrado a respirar el mejor polen del mundo según su parecer, el que desprenden los libros para desencadenar alergias literarias, concibió su novela Farenheit 451 (1953), que describe una sociedad futurista en la que la palabra intelectual se ha convertido en un insulto, enormes pantallas de televisión ocupan las paredes de las casas ignífugas, los peatones en las calles son una rareza considerada peligrosa y los bomberos se dedican a causar incendios para quemar libros: «Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma, domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho?».  Medido en grados Farenheit, los libros arden a los 451…

¿Cómo una sociedad puede llegar a esa situación de bomberos pirómanos en la que el Frankenstein de Mary W. Shelley habría ardido en la hoguera sin remisión? El jefe de bomberos Beatty se lo explica a uno de los protagonistas, el bombero Guy Montag, quien empieza a dudar de su cometido tras ver cómo arde con sus libros la anciana denunciada por sus vecinos, como en la antigüedad sucedía con las brujas: «En cierta época, los libros atraían a alguna gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era ancho Pero, luego, el mundo se llenó de ojos, de codos. Y bocas. Población doble, triple, cuádruple. Películas […], revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una especie de vulgar uniformidad». Y esa aceleración siguió su carrera ascendente a medida que avanzaba el siglo xx:

¿Clic? ¿Película? Mira, Ojo, Ahora, Adelante, Aquí, Allí, Aprisa, Ritmo, Arriba, Abajo, Dentro, Fuera, Por qué, Cómo, Quién, Qué, Dónde, ¿Eh? , ¡Oh ¡Bang!, ¡Zas!, Golpe, Bing, Bong, ¡Bum! Selecciones de selecciones. ¿Política? ¡Una columna, dos frases, un titular! Luego, en pleno aire, todo desaparece. La mente del hombre gira tan aprisa a impulsos de los editores, explotadores, locutores, que la fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de valioso tiempo.

Citando a Ortega y Gasset por su Rebelión de las masas, Bradbury prosigue su explicación por boca del jefe de bomberos:

Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. En este libro, en esta obra, en esta serie de televisión, la gente no quiere representar a ningún pintor, cartógrafo o mecánico que exista en la realidad […].Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean máquinas de escribir […]. Los libros, según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que quería, permitió la supervivencia de los libros de historietas. Y de las revistas eróticas tridimensionales, claro está […]. No era una imposición del Gobierno. No hubo ninguna sentencia, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías resolvieron el asunto.

Resulta notable que en la década de 1950 Bradbury ya se hubiera dado cuenta de que iban a llegar nuevas formas de trasmitir información más atractivas pero menos efectivas que tentarían hasta a los más fieles adeptos de la palabra impresa. Sin embargo, no hace falta fuego para quemar los libros cuando el mundo se llena de gente que no lee, que no desea aprender, que no sabe más que vulgaridades. Y sobre todo, los libros son inútiles cuando en su interior no existe lo que en otro tiempo atesoraban. Como expresa en la novela el viejo Faber, «los libros solo eran un tipo de receptáculo donde almacenábamos una serie de cosas que temíamos olvidar. No hay nada mágico en ellos. La magia solo está en lo que dicen, en cómo unían los diversos aspectos del Universo para formar un conjunto para nosotros». Cualquier medio de comunicación ―radio, televisión, teatro, cine…― podría tener su mismo cometido si así se deseara.

Al final de su vida, Bradbury seguía admirándose de que, a pesar del éxito obtenido por la novela, tuviera que seguir repitiendo que no trataba del advenimiento de un Gran Hermano vigilante y censor, sino de esos pequeños desánimos e impedimentos ―apatía, miedo al qué dirán, tecnología que lo facilita todo…―  que nos apartan de nuestras aspiraciones intelectuales. El estado actual del mundo, cada vez más deshumanizado y simplificado en su pensamiento pobre, ha vuelto a poner en la lista de libros más vendidos Farenheit 451. Por suerte, igual que en la novela quedan supervivientes que guardan en su mente fragmentos o libros memorables completos para transmitirlos a la posteridad, cada uno de nosotros tiene más que nunca la posibilidad de elegir entre pensar e ilustrarse o acomodarse, dejarse llevar y permitir que se apague el fuego de su intelecto.

Ardamos con los buenos libros. Aún es tiempo.   

Bibliografía: 
Shelley, Mary W. (1996), Frankenstein o el moderno Prometeo. Edición de Isabel Burdiel, traducción de María Engracia Pujals, Madrid, Cátedra.
Bradbury, Ray (2002), Farenheit 451, traducción al español de Francisco Abelenda, Madrid, Minotauro. (Existe edición digital). La traducción no es muy acertada. Es preferible leer la novela en inglés.



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miércoles, 15 de febrero de 2017

Anacolutos

anacoluto
Las barbaridades gramaticales que a menudo leemos en comentarios de las redes sociales, en entradas de blog, en periódicos e incluso en libros tienen un sonoro nombre culto: se llaman anacolutos, término de origen griego que significa ‘inconsecuente’, ‘que no sigue’ (non sequitur, en la lógica latina), y hace alusión a algún tipo de incoherencia en una construcción sintáctica.  Si se escribe, por ejemplo, Han publicado una novela que quien la empieza se libra de la tristeza o Me fascina mucho tu forma de ser o Las bicicletas, por una parte, me gustan, pero también me dan miedo en las ciudades, se perpetra un anacoluto en cada uno de los enunciados.

El anacoluto presente en Han publicado una novela que quien la empieza se libra de la tristeza  ejemplifica los abundantísimos producidos por un uso deficiente de los relativos, en este caso, debido a la falta de concordancia entre el antecedente y el verbo introducido por que: Han publicado una novela que libra de la tristeza a quien la empieza a leer sería la construcción correcta. Si se prescinde del relativo posesivo (que reúne el valor de relativo de que y de posesivo de su) cuando es la única opción válida, también se incurre en un anacoluto: Mi vecino era un arquitecto que, después de la burbuja inmobiliaria, su despacho entró en quiebra. Lo acertado en este caso, evitando el  vulgar ‘quesuismo’, sería optar por: Mi vecino era un arquitecto cuyo despacho, después de la burbuja inmobiliaria, entró en quiebra. Cuando se omiten las preposiciones necesarias ante el relativo para marcar su función en la oración también se produce un anacoluto: La tienda que te hablé está en aquella calle, en lugar de La tienda de la que te hablé está en aquella calle  o Los ancianos que los preparo la comida están enfermos, en lugar de Los ancianos a los que (o a quienes)  preparo la comida están enfermos. 

El segundo ejemplo de anacoluto citado al principio de este texto, Me fascina mucho tu forma de ser, compendia todos aquellos en los que se incurre por calificar con el adverbio mucho verbos cuyo significado ya se considera superlativo. Por su grado de máxima intensidad tales verbos no permiten comparación, por lo cual no es aceptable en buen castellano escribir (ni decir): Nos encanta mucho vuestra casa (encantar ya significa gustar mucho). Verbos de significado superlativo semejante son maravillar, cautivar, embelesar o hechizar. Anacolutos relacionados con los que se acaban de citar son los ocasionados por un uso inadecuado de los verbos llamados ‘afectivos’ ―como gustar, apetecer, atraer, divertir, doler, encantar, fascinar interesar, molestar, ofender, parecer―, que suelen inducir a error porque el sujeto gramatical se confunde con el complemento indirecto al contemplarse como el verdadero sujeto lógico de la oración, puesto que es el ‘experimentador’ que expresa emociones,  intereses,  preferencias…. : A mí me gustan las melenas rubias y las pelirrojas (y no me gusta). A Cristina le duelen los hombros (y no le duele). A mis abuelos un coche les parece igual que otro (y no les parecen). El hecho de que con frecuencia el complemento indirecto aparezca en primer lugar en estas construcciones sintácticas contribuye a su confusión con el sujeto de la oración.

El tercer ejemplo citado al principio, Las bicicletas, por una parte, me gustan, pero también me dan miedo en las ciudades, da pie para analizar el «cajón de-sastre» de los anacolutos: los que caben dentro de la etiqueta de rupturas o abandonos de construcciones sintácticas iniciadas, por descuido o desconocimiento de quien escribe. El resultado son enunciados deficientes sin un hilo conductor nítido, como ocurre con la oración de las bicicletas: si se utiliza por una parte, tiene que especificarse en algún momento por otra: Las bicicletas, por una parte, me gustas; por otra, me dan miedo en las ciudades. O bien elegir: Las bicicletas me gustan, pero también me dan miedo en las ciudades. Consideremos ahora el enunciado siguiente: Yo que soy mexicano y vivo en California, al enterarme de que Trump había ganado, me vino a la cabeza lo ocurrido antes del nazismo. El pronombre personal yo no puede ser sujeto de me vino a la cabeza. Lo correcto sería expresarlo de este modo: A mí, que soy mexicano y vivo en California, al enterarme de que Trump había ganado, me vino a la cabeza lo ocurrido antes del nazismo. Si se desea utilizar yo como sujeto, es necesario cambiar de verbo: Yo, que soy mexicano y vivo en California, al enterarme de que Trump había ganado, recordé lo ocurrido antes del nazismo. Nótese además que la coma detrás de yo (y ) es obligada porque con nombres propios y pronombres personales las oraciones de relativo siempre son explicativas y no especificativas (véase al respecto Cómo construir oraciones de relativo perfectas en este mismo blog).

Al mezclar sin delimitación discurso en estilo directo e indirecto, surge una discontinuidad (anacoluto), se rompe la coherencia gramatical, y la sucesión de palabras pierde la coherencia lógica de pensamiento: La profesora dijo que: cuando sale del aula, los alumnos se pusieron a gritar y que por eso llamó al director, y luego se desmaya, así que no recuerda más. El verbo inicial (dijo) marca el tiempo del resto, que debería componerse, suprimiendo los dos puntos tras que para respetar el estilo indirecto, de este modo: La profesora dijo que cuando salió del aula, los alumnos se pusieron a gritar y que por eso llamó al director, y luego se desmayó, así que no recordaba más. Si se recurre al estilo directo, habría que utilizar comillas para las palabras literales de la profesora, eligiendo presente o pasado: La profesora dijo: «Cuando salgo del aula, los alumnos se ponen a gritar y por eso llamo al director. Luego me desmayo, así que no recuerdo más. O bien se puede optar por emplear estilo directo e indirecto, pero marcando cada uno con la puntuación delimitadora correspondiente: La profesora dijo: «Cuando salí del aula, los alumnos se pusieron a gritar y por eso llamé al director». Luego se desmayó, así que no recuerda más (o recordaba, según la perspectiva que se adopte).

Son anacolutos frecuentes, asimismo, los cambios arbitrarios de voz pasiva a activa en construcciones como la siguiente: Mi prima fue castigada por su madre y la obligó a quedarse en su habitación. Puesto que la conjunción copulativa y debe coordinar elementos sintácticos semejantes, lo adecuado sería escribir: Mi prima fue castigada por su madre  y obligada a quedarse en su habitación. O también se puede elegir: Mi prima fue castigada por su madre, quien la obligó a quedarse en su habitación.

Los incisos dentro de una oración a menudo provocan que el escritor inexperto pierda el rumbo de su texto, como ocurre en el ejemplo siguiente: El teatro, además de no llegar a todas las ciudades y pueblos, su función de entretenimiento ha sido asumida primero por el cine y después la televisión. El sujeto de la oración va al comienzo y es El teatro, luego no se puede olvidar después del inciso (además de no llegar a todas las ciudades y pueblos) y utilizar otro (su función de entretenimiento). Lo correcto, corrigiendo el anacoluto, sería lo siguiente: El teatro, además de no llegar a todas las ciudades y pueblos, ha perdido su función de entretenimiento porque ha sido asumida primero por el cine y después por la televisión. Nótese que se ha añadido además la preposición por  a la correlación primero por, después por. 

A pesar de todo lo expuesto, es de justicia terminar con cierta reivindicación del anacoluto: utilizado a sabiendas por artistas de la palabra, es un útil recurso estilístico para reflejar habla coloquial y, sobre todo, para crear en textos literarios el denominado monólogo interior o flujo de conciencia (por su término en inglés), la corriente de pensamientos o emociones que expresa un personaje sin participación del narrador. La técnica fue inventada por un escritor francés de escasa fama, Édouard Dujardin (1861-1949), quien en 1887 publicó Les lauriers sont coupés, novela donde la utilizaba con profusión. En su obra posterior Le monologue intérieur (1931), Dujardin lo caracterizó como el discurso propio de un personaje que nos introduce directamente en su vida interior sin que el autor intervenga con explicaciones ni comentarios: es un discurso anterior a cualquier organización lógica, que reproduce el pensamiento en su estado naciente con frases directas, reducidas al mínimo de sintaxis:

El borrador de la noveleta en la que quiero representarme aquel hecho continúa así: Rebusqué el botón en mis bolsillos; no encontré más que una macuquina de plata de a medio real. Pasé al estudio. Sobre la mesa me aguarda el papel escrito por la mujer. Letras grandes, la esquela solfea: ¡Saludos de la estrella-del-norte! Me abalanzo con el catalejo a la ventana. Escudriño el puerto hasta en sus menores recovecos. Sobre la plancha de azogue de la bahía no hay rastros de la barca verde. Entre el Arca del Paraguay y a medio construir desde hace más de veinte años, las garandumbas y demás embarcaciones pudriéndose al sol, solo tiemblan los reflejos del agua. Sobre la mesa ha desaparecido también la esquela. Tal vez la estrujé con rabia y la arrojé al canasto. Tal vez, tal vez. Qué sé yo. Encuentro en su lugar entre los legajos y las constelaciones, una flor fósil de amaranto; y entonces se puede seguir escribiendo ya cualquier cosa, por ejemplo: Flor-símbolo de la inmortalidad. A semejanza de las piedras lanzadas al azar, las frases idiotas no vuelven hacia atrás. Salen del abismo de la no-expresión y no se dan paz hasta precipitarnos en él quedándose dueñas de una realidad cadavérica. Conozco esas frasecitas-guijarras por el estilo de: Nada es más real que la nada; o Memoria estómago del alma; o Desprecio este polvo que me compone y os habla. Parecen inofensivas. Una vez echadas a rodar por la ladera escrituraria pueden infestar toda una lengua. Enfermarla hasta la mudez absoluta. Deslenguar a los hablantes. Volverlos a poner a cuatro patas. Petrificarlos en el límite de la degradación más extrema, de donde ya no se puede volver. Monolitos de vaga forma humana. Sembrados en un carrascal. Jeroglíficos, ellos mismos. Las piedras del Tevegó ¡esas piedras! (Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo, México, Siglo XXI Editores, 1979, p. 60).  









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miércoles, 25 de enero de 2017

Sobre gritar, llamar y tocar

verbos gritar, llamar y tocar
La economía de la lengua explica el hecho de que buena parte de las palabras posean más de un significado. Polisemia es el término de origen griego con el que se designa esta particularidad de que una misma palabra, con un único origen y categoría gramatical, así como idénticas funciones sintácticas, tenga distintos significados dependiendo del contexto en el que aparezca. Los diccionarios recogen todos los significados ―acepciones― de una palabra polisémica en una sola entrada, enumerándolos según su cercanía con la raíz originaria. Así pues, la primera acepción de una palabra polisémica que se muestra en el diccionario se considera la principal y todas las restantes son evoluciones de ella, producidas con frecuencia por metáforas y metonimias que se acaban lexicalizando.
     
Gritar no es uno de esos verbos a los que cabría calificar como polisémico: todos los significados que recoge el diccionario se limitan a presentan variaciones de matiz de un mismo acto. Según explica María Moliner en su Diccionario de uso del español, se trata de un verbo onomatopéyico, proveniente al parecer del latino quiritare, que admite grados: se puede gritar poco, bastante, mucho… aunque lo mejor sería no gritar nada; no tener costumbre, necesidad ni ganas de levantar la voz más de lo necesario, de dar un grito o varios ni de reprender a nadie de esa manera tan destemplada. Se grita de dolor y miedo, pero también, aunque puede que menos, de alegría y placer. Siempre, haya motivo o no, se grita algo, pues se trata de uno de esos verbos cuyo significado lleva implícito un complemento directo. A menudo va acompañado además por un complemento indirecto: la persona gritada es siempre este complemento indirecto: A Carmen le gritaron muchos insultos. A Carmen le gritaron. De lo expuesto se deduce que es incorrecto utilizar los pronombres personales de acusativo (la, las; lo, los) para expresar la persona destinataria de los gritos: A esa niña le gritan demasiado (y no A esa niña la gritan demasiado). Sin embargo, debe escribirse No cantan la canción, la gritan, pues en este caso lo gritado es la canción, esto es, es el complemento directo del verbo.

Llamar a voces, en determinados casos, es sinónimo de gritar. En este sentido, este verbo ―que es mucho más polisémico― se considera transitivo: A Juan lo estaban llamando a grandes voces desde el puente. El verbo llamar,  proveniente del latino clamāre ―al igual que clamar, aunque sus significados se han distanciado― también es transitivo cuando significa establecer comunicación telefónica con alguien: La llamaron en mitad de la noche. Lo llamaron de la consulta. Como se aprecia en los ejemplos, los pronombres personales empleados son los de acusativo, correspondientes al complemento directo. Es el uso culto actual recomendado, aunque abundan los ejemplos donde se trata como verbo intransitivo al utilizar el pronombre personal le/les, lo cual debería evitarse al menos en una escritura cuidadosa. Cuando se emplea llamar para denominar o calificar a alguien o algo, existe una gran vacilación entre recurrir a los pronombres personales de dativo (complemento indirecto: le/les) y los de acusativo (complemento directo: la/las; lo/los): Al autobús de dos pisos lo llaman «altobús». A la piscina le llaman alberca en México. Si es niña, la llamaré Irene. Si es niño, le llamaré Rodrigo. Aunque esta misma vacilación ya existía en latín, en la actualidad se recomienda el uso de los pronombres personales la/las, lo/los, puesto que la persona o cosa nombrada actúa de sujeto en la construcción pasiva: La niña fue llamada Irene.  No existe, sin embargo, duda alguna en la última acepción del verbo llamar con el sentido de hacer saber, mediante golpes o algún tipo de sonido, que se desea entrar en un lugar: Nadie llamará a la puerta a estas horas. Se trata siempre de un verbo intransitivo con complemento de régimen (a la puerta).

Tocar a la puerta significa lo mismo que llamar a la puerta, y la construcción sintáctica es idéntica: a la puerta es un complemento de régimen (preposición a) y el verbo es intransitivo. Si la oración fuera tocar la puerta, el verbo sería transitivo y el complemento sería directo, pero el sentido variaría. Según María Moliner (Diccionario de uso del español), tocar, verbo polisémico donde los haya, proviene de la raíz onomatopéyica ‘toc’, común a todas las lenguas romances y empleada para imitar el sonido de ciertas cosas al darse  o golpearse. Tal vez, pero sus significados van mucho más lejos: Tócame otra vez esa canción. Tocaron las campanadas de las doce. Toca pedir perdón. No nos ha tocado la lotería. Ese texto está bien; no hay que tocarlo más. Un hada me tocó con su varita mágica. A ella le tocó el corazón. Este barco toca en Cádiz. Tu candidez toca en estupidez. Por lo que a mí me toca, está ya olvidado. En lo tocante a ese asunto, todavía no hay una decisión. En el sentido de poner la piel o la superficie de un objeto en contacto con algo o alguien, el verbo es transitivo: Juan le tocó la cabeza. Como se aprecia en el ejemplo, lo tocado es el complemento directo y la persona tocada es el complemento indirecto (le/les): A ella no le tocaron ni un pelo. Pero si no existe ese complemento directo de parte tocada, el complemento de persona es directo: A ella no la tocaron. Con el significado de corresponder o ser de obligación,  tocar es un verbo intransitivo y, por tanto, el complemento de persona es indirecto (le/les): El sábado le toca trabajar a Ana. De la herencia les tocó la casa.

El concepto de homonimia explica que haya en el diccionario dos entradas dedicadas al verbo tocar. Con este término de origen griego se designa la particularidad de que dos palabras idénticas procedan de origen distinto y distinto también sea su significado. El verbo tocar, en la segunda entrada del diccionario, proviene del sustantivo toca y tiene el significado de cubrirse la cabeza con una prenda. Se trata de un verbo intransitivo y pronominal, que va acompañado por un complemento introducido por con o de: Mi abuela se tocaba siempre de sombrero. Los jueces deberíamos tocarnos con birrete. No es sinónimo de adornarse, aunque a veces se confundan los sentidos en uso  metafórico: Tocada de grandes virtudes.

Termino este hilo discursivo recordando que todos estos verbos tienen también un uso recíproco, esto es, que nos los podemos aplicar los unos a los otros, mutuamente, por lo cual recomiendo que nos gritemos poco, nos llamemos más y nos toquemos mucho… con buenas intenciones.



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martes, 10 de enero de 2017

Plagio y derechos de autor

Plagio
Hace meses escribí en este blog Historias de plagio, artículo en el que sostenía que  no debe considerarse copia una coincidencia de inspiración entre dos o más autores ni el desarrollo de ideas semejantes si están expresadas de manera diferente. Menos aún se podrá aducir copia cuando en las obras en cuestión el punto de partida o la conclusión alcanzada varíen. Sin embargo, cuando existe apropiación de una creación intelectual ajena para presentarla como propia se incurre en plagio, que suele ser objeto de censura ética cuando se descubre y tiene consecuencias legales si se siguen los cauces establecidos para probar su existencia. Expresado sin rodeos, una persona ―autor, conocido o desconocido― plagia  siempre que copie o imite al pie de la letra una obra que no le pertenezca y se atribuya su autoría sin contar con la autorización pertinente. Así pues, es plagio cuando al escribir se incluyen frases, párrafos, notas o textos literales completos sin emplear comillas ni indicar de manera clara e inconfundible la fuente de donde se han obtenido.

El plagio es una lacra más habitual de lo que se piensa en una sociedad como la nuestra que consiente tantas corruptelas. Las correctoras y traductoras lo sabemos bien. Aduzco como ejemplo ilustrativo lo sucedido en fecha reciente mientras preparaba para su publicación una compilación de artículos académicos presentados en un congreso. Me topé con el texto siguiente:

En la modernidad clásica e ilustrada, la auténtica identidad del sujeto se conseguía trascendiendo las pertenencias particularizadoras, todos los elementos impuestos por el azar que constriñen a un lugar y a una circunstancia sociocultural. El yo en busca de autonomía relativizaba las determinaciones extrínsecas para enlazar con lo valioso a escala universal o al menos general: «Individualidad, subjetividad, humanidad se consiguen juntas, desde dentro, por la libertad frente a lo que nos determina». Quizá el último avatar de ese esfuerzo sea la propuesta freudiana de tomar conciencia de las determinaciones ocultas en la psique a partir de acontecimientos del pasado para mitigar su imperio y lograr que donde se imponía el Ello advenga el Yo. También en el terreno político, la entrada en el espacio público se lograba trascendiendo las limitaciones a que nos somete nuestra condición privada. Pero desde hace unos años, y cada vez más, vemos producirse una inversión de este proceso.   

Como era de esperar, enseguida me saltaron a la vista las comillas que no remitían a ningún autor ni texto. Y como es habitual en estos tiempos de internet, lo primero que hice fue colocar el texto entrecomillado en Google y pulsar su búsqueda: resultó que las comillas correspondían a una cita de La religion dans la démocratie de Marcel Gauchet y, lo más importante de todo, que el resto del texto se había fusilado al pie de la letra (menos la referencia bibliográfica omitida) de un artículo de Fernando Savater, La izquierda centrifugada, publicado en El País en 2002. Informado a continuación el autor de lo descubierto, se le ofreció la opción de citar la fuente o parafrasear, pero adujo las disculpas consabidas ―poco creíbles― y prefirió suprimir el párrafo completo de su artículo.

En el caso de cuadros y tablas es aún más frecuente encontrar plagios. Una de las tareas de las correctoras es indicar, cuando falten, que es imprescindible consignar las fuentes: el lugar de donde se han extraído los datos, incluso cuando se trate de una elaboración propia. Al traducir un texto, es habitual efectuar la denominada 'corrección silenciosa' ―recurriendo a menudo al parafraseo― para subsanar plagios detectados cuando no es posible ponerse en contacto con quien los ha cometido.  

La palabra ‘plagio’ proviene del latín plagium, a su vez proveniente del griego plágios, que significa ‘oblicuo’, ‘desviado’. Con plagium se designaba en latín la apropiación fraudulenta de esclavos ajenos o la compra de un hombre libre, a sabiendas de que lo era, para entregarlo a la esclavitud. Por consiguiente, un plagiarius era un ladrón de esclavos, alguien capaz de engañar apoderándose de un bien que no le pertenecía. Se atribuye al poeta satírico hispanorromano Marcial (natural de Bílbilis, actual Calatayud, siglo I d. C.) la acepción actual de la palabra porque escribió un epigrama en el que comparaba sus versos con esclavos manumitidos y acusaba de plagiarius (secuestrador) a un poeta rival por haberlos recitado como si fueran propios. Desde entonces los plagiarios fueron también los ladrones de la propiedad intelectual al menos en todo el mundo occidental: en francés y alemán, plagio es plagiat; en ingles, plagiarism; en italiano, plagio; en portugués, plágio…

La preponderancia de la tradición oral contribuyó en buena medida a que en el mundo clásico e incluso en la época medieval el concepto de ‘autoría’ careciera de unos límites bien definidos. Era frecuente entonces la utilización de textos ajenos para componer los propios, sobre todo cuando se pretendía poner por escrito hechos históricos o religiosos y argumentos  literarios o filosóficos que gozaban de cierta divulgación por correr de boca en boca. Además, la copia a mano de los textos originales para su difusión posterior favorecía esa autoría desdibujada a la que muchos podían contribuir. Hasta finales del siglo XV, impulsado por el auge de la imprenta, no surgió el concepto de ‘derechos de autor’. Se considera que fue la ciudad de Venecia la primera en instituir un sistema de concesión de privilegios o derechos de monopolio para la impresión de determinados libros y, debido a sus buenos resultados, poco a poco esta práctica restrictiva se fue extendiendo hasta convertirse en habitual en la Europa de los siglos XVII y XVIII. No obstante, estos primeros derechos de monopolio no tenían nada que ver con el autor de la obra en cuestión: se trataba de un asunto entre el impresor y el monarca, quienes se distribuían, según un acuerdo alcanzado, las ganancias generadas por los libros impresos bajo licencia. Rara vez suponían ingresos añadidos para el autor que había vendido su obra al impresor; tampoco lo protegían del plagio. 

En la actualidad, los derechos de autor ―internacionalizados por su denominación en inglés como copyright― están más o menos normalizados y reconocen además derechos morales a los creadores, entre los que se incluyen recibir reconocimiento público por sus obras originales. El plagio está penado por ley puesto que hurta dicho reconocimiento al autor original. Pero los derechos de autor no son eternos. Cada país establece un plazo más o menos prolongado desde la muerte de un autor durante el cual los herederos recibirán los ingresos que genere la publicación de sus obras. En España la ley actual establece un plazo de setenta años desde la muerte de un autor antes de que su obra pase al dominio público. A partir de ese momento, cualquiera que lo desee la podrá utilizar gratuitamente, pero deberá respetar su derecho moral y su autoría. Ya están al alcance de todos los escritos de Valle-Inclán, García Lorca o Unamuno, por ejemplo, lo cual no significa que esté permitido el trabajo de tijera o el fusilamiento, dos expresiones habituales en nuestra lengua bajo las que se esconde el plagio; esto es, el robo sin paliativos. Que algo sea de dominio público no significa que se permita su apropiación indebida.

Quien plagia demuestra su escasa talla intelectual y ética. La mayoría recordamos a profesores mediocres que se aprovechaban del trabajo de sus alumnos y subalternos; también a compañeros de estudios que jamás compusieron una línea original. A todos ellos debería costarles caro.



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jueves, 15 de diciembre de 2016

Viajar a Isla de Pascua (Rapa Nui)

Rapa Nui


Este viaje llovió del cielo. Habíamos previsto reservar unos días de nuestra estancia en Chile para llegar por el sur más lejos de Valdivia, que ya conocíamos, navegar hasta los glaciares y recorrer algunos parques naturales, pero diversos avatares se fueron sucediendo para impedirlo. Y cuando casi nos habíamos resignado a permanecer en Santiago, surgió para nuestra sorpresa la posibilidad de visitar la Isla de Pascua: había billetes de avión y alojamiento en un precioso hotel que da a los acantilados de lava de un mar inmenso, cuyo azul cobra a veces una intensidad tal que recuerda el color de la tinta de escribir… ¿utopías?


Situada en el extremo oriental del llamado Triángulo de la Polinesia, en la latitud 27° 9′ 10” sur y la longitud 109° 27′ 17” oeste, en medio del vasto océano que Vasco Núñez de Balboa bautizó como Pacífico al compararlo con el alborotado Mar de los Caribes que ya conocía bien, la pequeña isla triangular de apenas 164 kilómetros cuadrados ha estado rodeada por un halo de misterio desde que los primeros navegantes occidentales dieron con su paradero. La historia reconoce como su descubridor europeo al holandés Jacob Roggeween, quien le puso el nombre de Pascua por haber llegado a ella el día de la Pascua de Resurrección (6 de abril de 1722). Después, con el paso de los años, arribaron también a sus costas navegantes españoles, ingleses y franceses, que la conocieron por otros nombres (Isla de San Carlos fue para los españoles; Te-api o Waihú fue para los franceses, por ejemplo). Pero prescindiendo del nombre, todos cuantos navegaron hasta encontrarla coincidieron en mostrar su admiración por la insólita y portentosa cultura megalítica que hallaron en esa recóndita isla volcánica de clima suave. ¿Quiénes eran sus moradores?

Mucho antes del siglo XVIII (se piensa que entre los años 600 y 900 de nuestra era), la isla, por entonces generosa en aves marinas y peces, y cubierta de palmeras y plantas comestibles, había sido colonizada por navegantes polinesios que llegaron para quedarse, portando enseres, semillas y animales. De isla en isla, siguiendo los caminos de mar y viento, las migraciones de los polinesios hacia Oriente se realizaban en grandes barcas que permitían viajes prolongados a sus numerosos tripulantes. Las casas de los primeros habitantes de Isla de Pascua conservan la forma de las barcas en las que arribaron a esa tierra donde lograron prosperar y multiplicarse hasta dividirse en doce tribus, desarrollando una cultura en la que el culto a los antepasados era un rasgo primordial. Los primeros habitantes de Isla de Pascua creían que el mana, la energía espiritual emanada por las personas importantes, permanecía después de la muerte y tenía capacidad para influir en los acontecimientos presentes y futuros. Por este motivo, cuando fallecía el gobernante de una tribu o alguna otra persona prominente, se esculpía una estatua y se trasladaba hasta la aldea correspondiente, donde se erigía en un altar mirando hacia sus descendientes para protegerlos. A medida que los isleños fueron perfeccionando su arte de esculpir y su capacidad para transportar las estatuas de piedra, el tamaño de estas fue aumentando, y su forma, estilizándose. El nombre completo en la lengua pascuense o rapanui de las enormes estatuas llamadas moáis por las que se conoce a la isla en el mundo entero es Moai Aringa Ora, que significa «rostro vivo de los ancestros». Los primeros moáis se esculpieron en basalto, traquita y escoria roja, hasta que los talladores descubrieron la piedra volcánica de color amarillo grisáceo que solo existe en la cantera de Rano Raraku: un tipo de ceniza compacta con incrustaciones de basalto, llamado toba lapilli, más apropiado que la escoria por su blandura o el basalto por su dureza para el tallado masivo de enormes moáis mediante el uso de sencillas herramientas líticas. El moái más grande descubierto, de 21 metros, se encuentra todavía sin terminar en esta cantera de Rano Raraku.

Sin embargo, los viajeros que llegaron a Isla de Pascua en el siglo XX encontraron todos los moáis derribados. El último año en que un visitante registró haber visto un moái erguido en su plataforma fue 1838. ¿Qué había sucedido? No hubo terremotos, maremotos ni ningún otro desastre natural que justificaran su derribo: todos los moáis de Isla de Pascua fueron arrancados de sus plataformas por los mismos que los habían construido. Muchos se rompieron al caer y todos, abandonados y arrumbados, sufrieron la erosión del clima y el paso del tiempo durante más de doscientos años. Al parecer, la falta de recursos en la isla debido a la creciente población provocó guerras entre las tribus, que destruían los moáis de sus enemigos para acabar con el mana protector. Asimismo, parece que los isleños perdieron la fe a medida que sus condiciones de vida fueron empeorando, pues comprobaron que de nada había servido el gasto de energía y recursos invertido en erigir moáis en sus altares una generación tras otra. Paradójicamente, hoy se aduce que la obsesión de los isleños por tallar y erigir moáis cada vez más grandes fue una de las causas principales por la que su sociedad entró en declive.
La isla constituye la cima de una cadena volcánica submarina. Tiene tres volcanes principales, situados en cada uno de los vértices del triángulo que forma, más infinidad de conos volcánicos secundarios que le confieren su relieve característico de cráteres, lomas onduladas, campos y arrecifes de lava. Desde 1888 forma parte del territorio de Chile y pertenece a la Quinta Región de Valparaíso, aunque se encuentra a más de tres mil kilómetros del punto más cercano de la costa continental chilena y geográficamente es Oceanía y no América del Sur. El hecho de que las tierras más próximas sean las islas Pitcaim, a 2075 kilómetros al oeste, y la tahitiana de Papeete, a 4351 kilómetros al sudoeste, convierte a Isla de Pascua en uno de los entornos insulares habitados más aislados del mundo. Hanga Roa es el único pueblo que existe en ella y sus límites no están bien definidos, si bien el centro, con su iglesia, su plaza —donde hay wifi libre aunque poco potente―, su caleta de pescadores y diversos establecimientos comerciales, se identifica con facilidad y es agradable de recorrer paseando. Es también el único lugar de la isla con electricidad y agua corriente potable. No hay edificios de más de dos pisos y la construcción más elevada es la torre de control del aeropuerto. En la actualidad viven en la isla unas 8000 personas, la mitad de ellas oriundos rapanuis, que son los únicos que pueden poseer tierra según la ley chilena.

Cerca de la mitad de la isla pertenece al Parque Nacional Rapa Nui, que  fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995. Por eso es obligatorio pagar 60 dólares por cabeza una vez que se desciende por la escalerilla del avión en el aeropuerto: el tique que entregan a cambio será requerido cada vez que se visite, en tour contratado o por cuenta propia, los innumerables parajes arqueológicos y puntos de interés paisajístico que salpican costas e interior. Y, por cierto, este nombre, Rapa Nui, y no Isla de Pascua, es el que emplean los isleños en la actualidad para referirse a su tierra, aunque se sabe que no es el original: se registró por vez primera en 1863, cuando regresaron a la isla unos pocos supervivientes de los muchos nativos que habían sido secuestrados y conducidos a Perú como esclavos para trabajar en la extracción de guano. Rapa Nui significa ‘isla grande’ en polinesio y es la denominación adoptada tanto para la isla como para la lengua que hablan los oriundos.

El interés por Isla de Pascua ―que contribuyó a fomentar el etnógrafo y aventurero noruego Thor Heyerdahl con sus expediciones y libros― provocó que mucho antes de la creación del parque natural hubieran comenzado diversos trabajos arqueológicos y que se volvieran a colocar en sus ahu ―altares― de piedra los moáis que en la actualidad se pueden visitar, alzándose majestuosos a las orillas del mar en su mayoría. Algunos van cubiertos con sus enormes turbantes o tocados de piedra rojiza llamados pukao y solo uno tiene ojos de nácar blanco y pupila negra. Se dice que los talladores daban vida a estas colosales estatuas una vez que las instalaban en sus altares, tras el largo camino desde la cantera, colocándoles los ojos de coral blanco con pupilas de obsidiana o escoria roja. La antigua cantera de Rano Raraku está repleta de moáis abandonados (más de cuatrocientos) en diferentes fases de tallado y se sabe por las excavaciones realizadas que bajo los torsos, enterrado en la tierra, está el resto de su enorme cuerpo amarillento. El modo de trasladarlos desde esta cantera a sus altares por las rutas existentes es un misterio y existen varias teorías al respecto. Pero la tradición oral de la isla recoge que los moáis caminaban…

Recorrer Isla de Pascua es volver a las lecturas de la adolescencia, levantarse con el canto del gallo, descubrir praderas al borde del mar repletas de caballos salvajes, entablar amistad con perros cariñosos que te entregan piedras rojizas para jugar, contemplar cómo los chincoles ―especie de gorriones pero con copete― se acercan sin miedo en cuanto te detienes; es volver a vivir despacio, disfrutar de las pequeñas cosas y ver atardecer o amanecer entre los moáis que se yerguen en sus altares de piedra de espaldas al mar… Los días son largos y hay tiempo de sobra: sale el sol, lo ocultan las nubes que se agolpan como olas celestiales, llueve a cántaros, azota el viento y, cuando se calma, el sol abrasa y hay que buscar resguardo bajo sombreros o paraguas que sirven para cualquier contingencia. Y hay paseos de mar y montaña para todos los gustos. Hoy la hermosa playa de Anakena vuelve a estar rodeada de verdes praderas, sombreadas por un bosque de cocoteros importados de Tahití. Y cerca hay otra playa, Ovahe, también de arenas blancas y mar transparente color turquesa que invita al baño. Además, hay piscinas rocosas ganadas al mar a lo largo de la costa, y grutas con pinturas rupestres, piedras brillantes de obsidiana y esqueletos de caballo blanquecinos. A tramos la isla es verde y a tramos amarillenta o incluso negra de puntiagudas rocas. Orongo, en la cima del volcán Rano Kau, es una aldea ceremonial donde se celebraba la travesía del hombre pájaro, que aparece en muchos petroglifos de la isla. Aparte de su valor arqueológico, el entorno en el que se encuentra es de gran belleza paisajística.

Isla de Pascua es un lugar idílico en el que te sientes aventurero aunque no lo seas, en el que deseas que la vida se detenga para que el tiempo y los visitantes no acaben con la belleza y el enigma de un ecosistema que se antoja frágil perdido en mitad de un océano no tan pacífico, como ombligo del mundo (Te pito o te henua).

Agradecimientos
Debido a su ubicación tan aislada y remota, el avión es la forma más habitual y rápida de llegar a Isla de Pascua. Lan (Latan Airlines) es la única aerolínea que ofrece vuelos regulares y directos desde Santiago de Chile (uno diario) con una duración próxima a las seis horas. Desde la isla de Papeete en Tahití también hay dos vuelos semanales con una duración en horas similar.

Carolina Bustamante y Yanet Pauchard, de Latan Airlines (Providencia 2006, Santiago de Chile), pusieron todo su empeño para proporcionarnos billetes de avión y alojamiento en Isla de Pascua. Gracias a ellas, el viaje resultó extraordinario.





Durante nuestra estancia en la isla, nuestra guía fue Cristina Pontt, de origen rapanui y hablante de la lengua (Aku-Aku Turismo, www.akuakuturismo.cl). Buena conocedora de los recorridos por los que nos condujo, sus explicaciones sobre cuanto veíamos fueron excelentes y muy ilustrativas sus respuestas a nuestras múltiples preguntas. Recordamos todo lo que hemos vivido y visitado en Isla de Pascua con enorme agrado




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miércoles, 19 de octubre de 2016

Los pronombres personales en la escritura

pronombres personales
Las limitadas palabras comprendidas en esta categoría pronominal se denominan así porque muestran rasgos gramaticales de persona; esto es, hacen referencia a una persona gramatical de singular o plural. Son los únicos pronombres imposibles de confundir con otra categoría gramatical y en sus formas distintas se distinguen las tres personas posibles: yo, mí, me, conmigo, nosotros, nosotras, nos (primera persona); tú, vos, ti, te, contigo, vosotros vosotras, os, usted, ustedes (segunda persona); él, ellos, ella, ellas, ello, le, la, las, lo, los, se, sí, consigo (tercera persona). Los pronombres personales mí, tú, él y se escriben siempre con tilde: explícamelo a mí; cómpraselo a él; tú no hables nada de ello; pensó para sí que no iría. Recuérdese que, en cambio,  ti es palabra átona que no lleva tilde jamás: era a ti a quien esperaban.

Los pronombres personales átonos (me, nos, te, os, lo, la, le, los, las, les, se) nunca pueden escribirse de modo autónomo: necesitan combinarse con un verbo o un derivado verbal. En el uso actual se prefiere situarlos ante el verbo y no detrás: lo compraré en lugar de comprarelo: los veían en lugar de veíanlos; ella me quiere en lugar de ella quiéreme. Las únicas excepciones son los imperativos y los derivados verbales, en cuyo caso los pronombres se escriben detrás: amadla, amarla, amándola. Asimismo, en lengua literaria o culta escrita perdura en ciertos casos (sobre todo expresiones con cierta lexicalización) la antigua colocación posterior del pronombre: ¿Habrase visto? Diríase que era un hombre bueno.

En la lengua hablada se utilizan todas las formas de los pronombres personales, aunque es evidente que la neutra de tercera persona ello va desapareciendo, sustituida a menudo por otros pronombres neutros o por sustantivos: no pienses más en eso; el caso fue que; justicia, corrupción, política: de todo eso se reflexionó; no se inmutó por eso. Sin embargo, en la lengua literaria ello se mantiene: no pienses más en ello; ello fue que; justicia, corrupción, política: de todo ello se reflexionó; no se inmutó por ello.

La forma usted, usada para la segunda persona de respeto, procede de la evolución de vuestra merced, por lo cual conserva un sentido sustantivo que motiva su funcionamiento gramatical como tercera persona a pesar de representar a la segunda: usted es muy inteligente, frente a tú eres muy inteligente (concordancia verbal en tercera y segunda persona, respectivamente). En lo tocante al género, adopta el de la persona aludida: es usted muy simpática; ¿está usted cansado?

Desde el punto de vista sintáctico, los pronombres personales pueden ser sujetos o complementos de la oración. En su uso como sujeto, debe tenerse presente que, debido a las propiedades de su flexión verbal, es posible y frecuente en español construir oraciones sin sujeto expreso: No quiero madrugar. Lloraron al enterarse. La presencia del pronombre personal como sujeto de una oración solo es indispensable cuando su falta provoque ambigüedad: Los hermanos, a pesar de ser gemelos, no eran idénticos: él tenía un lunar junto al labio y ella era de rasgos más duros. En el resto de los casos, su aparición como sujetos suele aportar énfasis: Tú a mí no me mandas, frente a A mí no me mandas. Yo ya veré lo que hago, frente a Ya veré lo que hago. Nosotros ya nos íbamos, frente a Ya nos íbamos. Yo creo que te contratarán, frente a Creo que te contratarán. Vosotros no volváis por aquí, frente a No volváis por aquí.

Los pronombres personales de segunda persona de singular y plural cumplen de forma natural, junto con los nombres propios, un uso vocativo: Tú, acércate más. Y vosotros, ¿por qué no habéis avisado? Repitan conmigo, ustedes, que van a obedecer. Nótese que, como en el resto de usos vocativos, deben ir delimitados por comas dentro de la oración.

Si un pronombre personal es el antecedente de un pronombre relativo, no admite especificación y, por tanto, la oración de relativo ha de ser necesariamente explicativa e ir marcada en la escritura con las comas correspondientes: Tú, que eres gallego, sabrás cocinar pulpo. Me animaban a mí, que iba en último lugar. Yo, que tengo memoria fotográfica, no recuerdo ese detalle. Abrid vosotros, que estáis de pie. Como cabe apreciar en los ejemplos, estas oraciones adjetivas explicativas suelen tener un matiz causal.

Cuando aparecen adosados al verbo, los pronombres personales indican que este tiene un complemento directo o indirecto de primera, segunda o tercera persona no especificado con otra palabra porque es conocido de los interlocutores: Las habíamos encontrado tiradas en el suelo. Os estuvieron llamando toda la tarde. Le gritan demasiado. Pero también pueden existir múltiples razones comunicativas por las que sí interese expresar la palabra a la que aluden los pronombres personales: Esas toallas las habíamos encontrado tiradas en el suelo. Os estuvieron llamando toda la tarde a vosotros dos. A esta niña le gritan demasiado. Todos los pronombres varían de número dependiendo del que tenga el elemento al que se refieren, salvo se, que vale tanto para el singular como para el plural: se lo expliqué a él; se lo expliqué a ellas. En lo referente al género, permanecen invariables le, les y se, por lo cual a menudo resulta imprescindible especificar el elemento al que se refieren para remediar confusiones: Se levanta todos los días a las seis (¿ella, él?). Les pidió que entraran (¿él, ella?, ¿a ellos?, ¿a ellas?).

En las oraciones donde el empleo de los pronombres le  y les es redundante (esto es, no necesario sino reiterativo), se debe mantener siempre el número que corresponda atendiendo al complemento indirecto: Eso mismo le sucede a todos (el complemento indirecto es a todos, luego la redacción correcta sería: Eso mismo les sucede a todos). Cristina le tiene mucho miedo a las enfermedades (el complemento indirecto es a las enfermedades, luego la redacción correcta es Cristina les tiene mucho miedo a las enfermedades). Este error es más habitual en América Latina, pero se va extendiendo a España. Recuérdese, además, que se trata de una redundancia cuyo uso ha de estar justificado y no debe generalizarse.

Pueden coincidir junto al verbo dos pronombres personales, uno como complemento directo y otro como indirecto. Suele tratarse de combinaciones de un pronombre de cualquier persona con otro de tercera en las que el primero alude al complemento directo y el segundo al indirecto: Préstamelas. Te lo regalo. Nos la mataron. Se lo guardó. Como se aprecia en el último ejemplo, cuando en estas combinaciones el pronombre de complemento directo es de tercera persona, le y les se sustituyen por el pronombre invariable se (que es homófono del se reflexivo pero de significado distinto): El doctor se lo ocultó. No se lo tuvo en cuenta. Ya se lo dije a ustedes: hoy no habrá baile. Es común en Canarias y parte de América Latina (México en especial) introducir una marca de plural (cuando se equivale a les) en el otro pronombre: Ya se los dije a ustedes. El dinero que sobre se los regalo. Las Academias de la Lengua han aceptado su uso en la lengua culta por estar tan extendido y porque, según su parecer, evita anfibologías.

La vacilación y las confusiones constantes en el uso de los pronombres personales átonos de tercera persona (lo, la, le; los las, les) como complementos directos e indirectos se recogen en los términos leísmo, laísmo y loísmo. La norma etimológica (derivada del latín) establece que al complemento directo  corresponden en singular lo y la, y en plural, los y las (caso acusativo en latín), mientras que al complemento indirecto corresponde le en singular y les en plural (caso dativo en latín): A esa ingrata no quise prestarle demasiada atención. Se lo encontró en la calle y no le dio las buenas noches. Les anuncié a todas que me marchaba. La ayudé a cruzar la calle. Sin embargo, muchos hablantes (y escribientes) priman la percepción de género del referente sobre el resto de considerandos y, de este modo, dicen  (y escriben), por ejemplo, la/las dije que viniera/vinieran y le/les dije que viniera/vinieran; la/las vi en la calle y le/les vi en la calle, puesto que consideran que los pronombres la y las corresponden al femenino y le y les al masculino. Se suele aceptar que el pronombre lo corresponde a cosas (lo neutro): No me sirvas café; ya no lo pruebo, aunque también hay quienes escribirían ya no le pruebo. Leísmo, laísmo y loísmo son errores los tres que se deben evitar en la escritura, aunque su consideración y estigmatización es muy distinta. Vayamos por partes.

Debido a su extensión desde antiguo entre hablantes cultos y escritores de prestigio, se admite el uso de le en lugar de lo en función de complemento directo cuando el referente es una persona de sexo masculino (le miró en lugar de lo prescrito, lo miró), pero se desaconseja en el caso de les por los cuando el referente es plural (les miró en lugar de los miró) y no se admite en absoluto le por lo en el caso de referente inanimado (el café no le pruebo en lugar de lo correcto, el café no lo pruebo). Tampoco se permite el uso de le y les por la y las, cada vez más frecuente por ultracorrección: A Irene se le veía muy animada (se la veía). Las chicas no permiten  que les invite al cine (las invite).

En el laísmo (esto es, el uso impropio de la y las como complementos indirectos en lugar de le y les) es más evidente todavía la tendencia a primar la distinción de género sobre las funciones de complemento directo e indirecto. Es más frecuente en singular que en plural, sobre todo referente a personas: Las contaban que en el extranjero la vida era mejor (les contaban). La susurraba secretos al oído mientras la buscaba las manos (le susurraba; le buscaba). Quien incurre en laísmo suele ser  a la vez a la vez leísta: La aclaré que a ese le había conocido en la calle (le aclaré; lo había conocido). La norma culta del español estándar no admite el laísmo hablado ni escrito.

El loísmo, consistente en el uso de lo y los en función de complemento indirecto cuando el referente es de género masculino (sea de cosa o persona) o neutro en lugar de le o les, es un fenómeno paralelo al laísmo, pero su frecuencia siempre ha sido menor y se ha considerado vulgar: ¿Qué lo preocupa? (le preocupa). Los gusta molestar (les gusta). Estudiaba informática porque lo admiraba la magia que encerraba (le admiraba). La norma culta del español estándar no admite el loísmo.

Al escribir, a veces se incurre en loísmo —y laísmo— por ultracorrección cuando se duda si el verbo es transitivo o intransitivo y se pretende evitar el leísmo. Se da la paradoja de que los usos loístas y laístas son más frecuentes entre hablantes y escritores de cierta cultura en el caso de los verbos que se construyen con un sustantivo en función de complemento directo y que actúan como semilocuciones verbales, como prender fuego, sacar brillo, dar gusto, dar risa, etc.: Échala un vistazo a esta revista (échale). Se acercaron a los aviones y los prendieron fuego (les prendieron). Juan bailó por darla gusto (darle). Estos casos no deben confundirse con las verdaderas locuciones verbales (hacer añicos, hacer polvo, hacer trizas), formadas por un verbo y un sustantivo, que tienen significado conjunto y funcionan como verbo: La prolongada sequía las ha hecho polvo. Tiró el vaso y lo hizo añicos. No pudo ponerse el vestido porque alguien lo había hecho trizas.

Son frecuentes también las ultracorrecciones provocadas por los verbos transitivos que llevan implícito en su significado un complemento directo, aunque no aparezca en la oración: A mi hija la han pegado en el colegio (le han pegado; el complemento directo sería un golpe, una patada, un puñetazo, etc.). A mi novia la escribí anoche (le escribí; el complemento directo sería un wasap, un correo electrónico….). El tenor se acercó a cantarla (a cantarle; el complemento directo sería una canción, una melodía…).

Es necesario señalar, por último, que algunos verbos favorecen usos leístas en todo el ámbito hispanohablante porque presentan alternancia de dativo-acusativo, de igual modo que otros muchos verbos presentan alternancias de régimen prepositivo  (abastecerse de, con; comerciar en, con; confiar a, en…). Por ejemplo, se sigue debatiendo entre los gramáticos si son casos de leísmo construcciones con los pronombres le y les más verbos como creer, obedecer, escuchar, ayudar y otros similares o se trata más bien de alternancias de régimen: en español europeo se prefieren, a este respecto, construcciones como a Isabel no la creyeron, mientras que en español americano, con escasas excepciones, se opta por a Isabel no le creyeron, puesto que no se considera le complemento directo sino indirecto (dativo y no acusativo): aunque en España sería posible la construcción Isabel no fue creída por el jurado, parece que en la mayoría de los países latinoamericanos se rechazaría.






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jueves, 13 de octubre de 2016

El párrafo

El párrafo
Dentro de un texto, se conoce con este nombre el segmento escrito comprendido entre dos puntos y aparte en el que se trata una idea o ideas asociadas de forma organizada y coherente. Puede estar constituido por un grupo de oraciones relacionadas ―que se separan mediante comas, punto, punto y coma, o puntos suspensivos, signos de interrogación y signos de admiración―, pero también por una sola oración. Es, por tanto, una unidad superior a la oración pero inferior al epígrafe, capítulo y texto. Su finalidad esencial es estructurar el contenido de un escrito, mostrando de una forma gráfica y formal —mediante la separación por puntos y aparte— la organización interna del mismo. Posee, por tanto, valor  significativo y gráfico.

Desde el punto de vista significativo, un párrafo puede ceñirse a un modelo temporal cuando su intención es relatar algo que ha sucedido, presentando los hechos clave en orden cronológico (narración); detallar un proceso paso a paso, recurriendo a expresiones de transición para avanzar en la exposición cuando se pretende, por ejemplo, compartir una receta de cocina (procedimiento); seguir un patrón espacial con el fin de que la vista (mental) viaje, a medida que se progresa, de lo que está más cerca a lo que está más lejos o viceversa (descripción); o apoyar una hipótesis con razones convincentes, yendo de las causas a los efectos, examinando pros y contras o  definiendo un término que se considera crucial (argumentación). Atendiendo a la función primordial que cumpla el párrafo en el texto, se definirá como narrativo, expositivo o de procedimiento, descriptivo o argumentativo. Pero en cualquier texto bien construido es fácil apreciar que sus párrafos incluyen una mezcla de características, aunque bien es cierto que unas destacarán de las otras. Atendiendo tanto a su posición en el texto como al cometido que se le asigna, un párrafo puede ser además introductorio, de desarrollo o de conclusión.

Desde el punto de vista gráfico, el párrafo se distingue en un escrito por comenzar siempre por letra mayúscula y punto y aparte. Existen distintas modalidades formales de párrafo cuyo uso depende de la clase de texto que se desee componer, pero también de preferencias personales. El más habitual en todo tipo de obras impresas es el denominado ordinario, que se caracteriza por llevar sangría en la primera línea: tiene todas las líneas llenas, menos la primera por la sangría y la última, que suele ser corta (aunque podría ser completa). Debe recordarse, no obstante, que en tipología clásica es habitual componer sin sangrar la primera línea del párrafo ordinario después de títulos, subtítulos o citas exentas sangradas.

Poco a poco va ganando preponderancia el párrafo moderno o alemán, utilizado sobre todo en la composición de cartas, revistas y textos de carácter técnico: se distingue por no llevar ninguna sangría y terminar en una línea corta que no llegue a la  mitad de la caja. El párrafo en bloque se diferencia del alemán en que su última línea no es corta, sino de longitud semejante al resto: resulta poco práctico por el esfuerzo de composición que requiere para que sea visible. El párrafo español difiere del alemán en que la última línea corta se centra: su empleo suele limitarse a la composición de pies y epígrafes.

Para la composición de bibliografías, diccionarios, textos de cuadros o índices, el párrafo apropiado es el conocido como francés, que se caracteriza por presentar sangría en todas las líneas menos en la primera inicial.

Ejemplo:
Martínez Gimeno, Carmen (2005), «Corazón de manzana», en Cuentos con corazón. Prólogo de Belén Rueda, Barcelona, Ediciones B.

En composiciones especiales y complejas, así como en textos poéticos, se recurre a otras disposiciones de párrafo en las que prima la creatividad, como ocurre en el centrado o epigráfico, cuyas líneas toman como referencia una línea guía central para formar figuras dentadas a ambos extremos, o el de base de lámpara, que presenta líneas centradas en disminución hasta logar la forma deseada.

No se debe añadir una línea de blanco entre los párrafos ordinarios, pues la sangría inicial basta para distinguirlos visualmente dentro de un texto y, si se duplican las marcas, además de disminuir la simetría se pierde legibilidad. En cambio, los párrafos moderno o alemán, en bloque y español han de separarse obligatoriamente por una línea de blanco para facilitar su visibilidad, pues la línea final (aunque sea corta) no es suficiente para distinguirlos en una página llena.

Por lo que respecta a la justificación, lo habitual en los libros es la completa (izquierda y derecha), mientras que en muchas revistas y en las entradas de blog se prefiere una justificación parcial con alineación de bandera a la derecha (esto es, alineado a la izquierda); también es posible emplear la alineación de bandera a la izquierda (esto es, párrafos alineados a la derecha).

Como conclusión, se debe reiterar que los párrafos no tienen una extensión predeterminada. En general, los que se escriben para libros son más largos que los que se escriben para las columnas estrechas de periódicos y revistas, así como para entradas de blogs. Los párrafos más cortos suelen corresponder a los diálogos de novelas o ensayos.

El texto de esta entrada está compuesto en párrafo alemán o moderno y justificación parcial con alineación de bandera a la derecha.




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