miércoles, 14 de febrero de 2018


PRONTUARIO DE ESCRITURA
2. El nombre

Prontuario de escritura
Puente Valentré (Cahors)
Nos valemos de ‘nombres’ o ‘sustantivos’ para aludir a todo cuanto tiene existencia, sea real y física o fruto de la mente y la imaginación: puente es el nombre de un objeto concreto, mientras que igualdad lo es de uno abstracto. Los nombres concretos pueden ser además comunes y propios; y los comunes, individuales (oveja, pájaro, lobo) o colectivos (rebaño, bandada, manada). En español todos los nombres poseen género y número: el puente, las calles, lo rojo.

Nombres comunes y propios
Con el nombre común se designan personas, animales o cosas de una misma clase, mientras que con el propio se individualiza a alguien o algo dentro de su grupo genérico: puente (común) Valentré (propio). Los nombres comunes se escriben con letra minúscula inicial; los propios, con letra mayúscula inicial.

¿Común o propio? 
Algunos nombres pueden ser comunes o propios según el uso que se les dé: Iglesia es nombre propio cuando se refiere a la institución, pero común en todos los demás casos: la Iglesia debería ocuparse más de los pobres; la iglesia de mi pueblo es de estilo gótico. Estado es nombre propio cuando se trata del término administrativo específico, mientras que las restantes subdivisiones dentro de él se consideran nombres comunes: el Estado español, pero el estado de Tamaulipas. Lo mismo es aplicable a todo tipo de instituciones, entidades u organismos: la Bolsa de Londres, pero agente de bolsa. La Corona española, pero la corona del rey. Los nombres de cargos y los títulos de dignidad se consideran comunes y, por consiguiente, se escriben con minúscula inicial tanto si acompañan al nombre propio de la persona aludida como si se utilizan aislados o en sentido genérico: La reina Letizia; el presidente de Estados Unidos Barack Obama; el rector de la Universidad Complutense. Los sobrenombres, apodos y seudónimos que se añaden a algunos nombres propios se escriben siempre con mayúscula inicial. El artículo que los precede se escribe con minúscula y se contrae en al o del unido a las preposiciones a y de según las normas generales de escritura: Juana la Loca; Iván el Terrible; Catalina la Grande. Las pinturas del Greco; las fugas del Chapo; las novelas del Manco de Lepanto. Cuando un nombre propio pasa a designar un tipo de persona o una cualidad determinada, se convierte en común y debe ser tratado como tal: un lazarillo; un judas; una quijote; una magdalena.

Nombres compuestos
Se forman mediante la unión de dos o más palabras: puntapié, telaraña, sabelotodo; villa miseria, hombre bala, cocina comedor. Los tres primeros ejemplos son univerbales, esto es, sus componentes quedan integrados en una sola palabra ortográfica, mientras que los tres últimos son compuestos sintagmáticos, formados por la yuxtaposición de palabras que conservan su independencia gráfica y acentual, y pueden aparecer tanto separadas mediante un guion como sin él.

El significado de las nuevas palabras creadas por composición no resulta siempre evidente: el sustantivo aguanieve, por ejemplo, expresa un determinado modo de percibir el agua o la nieve, aguardiente es un licor y aguamiel es una bebida; malamadre es una planta y malbaratillo es una tienda donde se venden artículos de poco valor. A veces, se deja de percibir que determinada palabra es compuesta: tragaldabas se formó del mismo modo que tragaperras, pero en la actualidad ese sustantivo que define a una persona de mucho comer apenas se distingue como un compuesto de traga y aldabas (pieza de hierro o bronce que se pone en las puertas para llamar golpeando con ella).

Por lo que respecta a los compuestos sintagmáticos, se forman sobre todo mediante la yuxtaposición de dos sustantivos (fútbol sala, comida chatarra o basura, niña prodigio) que dan lugar a un nuevo nombre común. La yuxtaposición de un nombre y un adjetivo produce compuestos sintagmáticos que, en general, se emplean para designar tipos de personas: cabeza rapada, casco azul, pies planos. Varios compuestos sintagmáticos de sustantivo más adjetivo admiten dos escrituras: como una sola palabra gráfica (arcoíris, padrenuestro, puercoespín) o con los componentes separados (arco iris, padre nuestro, puerco espín). Cuando los compuestos sintagmáticos están formados por dos adjetivos, se escriben siempre con guion de separación entre sus elementos si el primero aparece con su terminación completa: peruano-ecuatoriano, teórico-práctico, técnico-administrativo. Se escriben asimismo con guion de separación algunos compuestos sintagmáticos formados por dos nombres: físico-químico, musa-escritora, madre-maestra.

Los diccionarios de la lengua no recogen todas las formaciones posibles de compuestos univerbales ni sintagmáticos. Entre los esquemas que más palabras compuestas univerbales producen en español, están las bases verbales guarda-, limpia-, porta-, quita- y salva-, con las que se designan personas, productos o utensilios. Entre los elementos más frecuentes en las construcciones de compuestos sintagmáticos, aparecen sustantivos como clave (decisión clave); cumbre (obra cumbre); estrella (escritora estrella); límite (situación límite); modelo (empresa modelo, niña modelo) o pirata (edición pirata).

Género
El uso de la lengua española atribuye género (femenino o masculino) y el artículo correspondiente (el/un; la/una) a todos los sustantivos: es una categoría gramatical de clasificación que no siempre se asocia con la referencia extralingüística al sexo natural. Aunque no existe ningún nombre neutro, aparece este género en la sustantivación de los adjetivos y en determinados pronombres: lo sublime; eso; lo auténtico.

El nombre masculino y el femenino son a veces palabras distintas: padre, madre; carnero, oveja; yerno, nuera. Muchos nombres forman el masculino con la terminación en -o, y el femenino, en -a: hijo, hija; gato, gata; abogado, abogada. Cuando un nombre masculino termina en consonante, es frecuente que el femenino añada a dicha consonante una -a: señor, señora; ladrón, ladrona. Hay además un número reducido de nombres que utilizan para el femenino terminaciones consideradas cultas como -esa, -isa, -ina o -iz: abad, abadesa; papa, papisa; jabalí, jabalina; actor, actriz. Y, entre los nombres de personas, abundan los que presentan idéntica forma para ambos géneros y solo se distinguen por el artículo: el cantante, la cantante; el delincuente, la delincuente; el testigo, la testigo; el criminal, la criminal; el reo, la reo; el consorte, la consorte; el cónyuge, la cónyuge; el mártir, la mártir...

Los nombres propios de los ríos, montes, golfos, mares, volcanes y demás accidentes geográficos comparten el género gramatical con las palabras que los definen, aunque no aparezcan explícitas: las Galápagos; el Amazonas; el Sáhara (o Sahara); el Aconcagua. Sin embargo, hay algunos ríos españoles acabados en -a que constituyen una excepción y son femeninos: la Huerva y la Esgueva son los más conocidos, pero en el uso tradicional hay algunos más: la Hornija, la Cinca o la Noguera Pallaresa. Todos ellos admiten también en la actualidad la forma con artículo masculino el.

Por lo que respecta al nombre propio de las ciudades, aunque existe cierta vacilación, en el habla culta, en general, las terminadas en -o se consideran masculinas (el gran Bilbao), y las terminadas en -a, femeninas (la Soria machadiana). El resto de las terminaciones se consideran masculinas (el Madrid de los Austrias; el Buenos Aires de siempre). Cuando los nombres de las ciudades van acompañados de formas como todo, medio, un, propio o mismo, se suele emplear concordancia masculina aunque terminen en -a: Todo Puebla; en el mismo Barcelona; en el propio Lima. Por su parte, los países que terminan en -a átona concuerdan por lo general en femenino: la gran Colombia; la antigua España, mientras que los terminados en -a tónica, en otra vocal o en consonante suelen concordar en masculino: el Irak prehistórico; el Brasil amazónico; el Panamá industrial.

Los epicenos
Se conocen de este modo los nombres que tienen una forma única, sea de género masculino o femenino, para designar seres animados que pueden corresponder a uno u otro sexo: persona o víctima, de género femenino, y personaje o vástago, de género masculino, por ejemplo. La concordancia debe establecerse atendiendo al género gramatical del sustantivo epiceno y no del referente: Este personaje, una mujer anciana, era murciano. La víctima, un niño de corta edad, fue atendida por el médico. Algunos nombres referidos a animales también presentan un único género gramatical que se aplica por igual al macho y la hembra de la especie: el mosquito, el sapo y el cangrejo  son masculinos, por ejemplo, mientras que la rata, la ballena y la cigarra son femeninos. Se suele añadir la especificación macho o hembra cuando se desea explicitar el sexo.

Los ambiguos
Cuando el diccionario clasifica un nombre como ambiguo,  quiere decir que acepta artículos y adjetivos masculinos y femeninos sin que cambie su significado. Así, se puede escribir la mar/el mar; el armazón/la armazón; el agravante/la agravante; el(los)antípoda(s)/la(las) antípoda(s); el calor/la calor; la canal/el canal; el cochambre/la cochambre; el apóstrofe/la apóstrofe; el esperma/la esperma; el interrogante/la interrogante; el linde/la linde; el margen/la margen; el reúma/la reuma; el tilde/la tilde; el tizne/la tizne. Sin embargo, suele preferirse uno de los géneros: es más frecuente, por ejemplo, la tilde que el tilde; el apóstrofe que la apóstrofe; la cochambre que el cochambre; el esperma que la esperma, mientras que el reúma es la forma culta más frecuente en España frente a la reuma preferida en América. En la actualidad es más habitual las antípodas en femenino plural, aunque también suele concertar con el género y número del sustantivo al que se refiera: Lucas parecía el antípoda de Esteban. Nuestros antípodas no eran los australianos. Es usual emplear la palabra margen en femenino para hacer referencia a las orillas de un caudal de agua (en las márgenes crecían flores), y en masculino, en las restantes acepciones (el margen de la página). La palabra canal suele utilizarse en femenino  para cavidades y concavidades (la canal de las tejas; la canal del escote), mientras que se prefiere en masculino para las restantes acepciones (el canal de la Mancha; el canal de noticias). En el caso de agravante, al ser un adjetivo sustantivado, suele adoptar el género del sustantivo que se elide: el (factor) agravante; la (circunstancia) agravante.

Azúcar y arte presentan la particularidad de que la ambigüedad en cuanto a género suele afectar al adjetivo acompañante: el azúcar blanquilla; el azúcar moreno o mucho/mucha azúcar; el arte dórico, pero el arte amatoria. En plural, azúcares se emplea mayoritariamente como masculino (debe evitar los azúcares), mientras que artes se prefiere en femenino (las bellas artes; las artes de pesca).

El género de los nombres puede cambiar a lo largo del tiempo: puente, por ejemplo (pons, pontis, masculino en latín), se convirtió en palabra femenina en el castellano medieval (de ahí el apellido La Puente o el pueblo Puentes Viejas) y de nuevo en masculina en el castellano moderno; valle era femenina en latín (valles, vallis) y así pasó al castellano (Valbuena, Valsalada, Valfría), pero ha acabado como masculina en la actualidad; maratón, como carrera pedestre, ha pasado del género masculino inicial al ambiguo, pues ahora, por sobrentenderse carrera o competición, predomina su uso en femenino, ya aceptado por las Academias de la Lengua: una media maratón.

Género masculino en referencia a ambos sexos
En español, el masculino es el género no marcado y, por tanto, tiene un doble uso: específico, para aludir a los individuos de sexo masculino, y genérico, aplicado tanto a un sexo como al otro y a ambos juntos. En el pasado quedaba claro que con el género masculino era posible incluir a todos los miembros de la especie citada sin distinción de sexos y,  así, al escribir que el hombre es un ser racional, se entendía que también lo es la mujer; en cambio, si se escribía la mujer es un ser racional, no se entendía que incluyera al hombre, puesto que el femenino solo presenta un sentido restrictivo. Atendiendo al uso genérico del masculino, si escribiéramos en mi calle hay muchos gatos, entenderíamos que también hay gatas; si habláramos de alumnos como un colectivo mixto, entenderíamos que incluye a las alumnas; si nos refiriéramos al colectivo de abogados, entenderíamos que también hay abogadas,  y al aludir a nuestros padres, nos referiríamos a nuestro padre y nuestra madre. Pero esta situación de predominio lingüístico del género gramatical masculino se confunde con el dominio del varón en la sociedad: el género masculino se asimila a la realidad social ―aunque sea de manera errónea― y se concibe el género femenino como secundario, pues se percibe que se construye partiendo del masculino. 

Por consiguiente, a fin de evitar la ambigüedad y el sesgo de género en el lenguaje que provoca discriminación y ocultación de la mujer, en la actualidad se aconseja recurrir, siempre que sea posible, a palabras integradoras y colectivas: humanidad, gente, persona en lugar de hombre; alumnado en lugar de alumnos; abogacía en lugar de abogados; adolescencia en lugar de adolescentes; juventud en lugar de jóvenes; infancia, niñez en lugar de niños; ciudadanía en lugar de ciudadanos; profesorado en lugar de profesores; vecindario en lugar de vecinos; electorado en lugar de electores, y así sucesivamente. Con frecuencia, también se puede sustituir el masculino genérico por perífrasis inclusivas: el ser humano, el género humano en lugar del hombre; las personas de edad en lugar de los ancianos; la población española en lugar de los españoles; el personal docente en lugar de los profesores; la comunidad educativa en lugar de los profesores y alumnos…

Desde un estricto punto de vista gramatical, solo es necesario especificar ambos sexos en aquellos casos en que su oposición resulte un factor relevante: La proporción de alumnos y alumnas se ha ido igualando. Los niños y las niñas aprenden a andar a la vez. Debe evitarse en la escritura cuidada la @ que ha empezado a utilizarse para englobar ambos sexos sin tener que recurrir a las repeticiones (l@s niñ@s) y también el uso de los dos artículos con un solo nombre (las y los ciudadanos) porque en ambos casos se contravienen las normas gramaticales.

Es necesario recordar, por último, que se debe utilizar la forma femenina de los nombres de profesiones o cargos cuando son desempeñados por mujeres: Las abogadas (y no las abogados) son mayoría. Abundan las arquitectas (y no las arquitectos). Algunas juezas son famosas (nótese que en singular conviven la juez y la jueza). En los últimos años, el Diccionario de la lengua española académico ha venido incluyendo muchos términos femeninos ―como arqueóloga, odontóloga, ingeniera, decana, farmacéutica, catedrática, ministra, diputada, fotógrafa― para actividades antes exclusivas de los hombres. A veces, la resistencia a utilizar el femenino se debe al matiz peyorativo que tiene la palabra (gobernanta, generala, bachillera, socia), pero el uso habitual acaba desterrando ese sesgo de género y nos iguala.

Nuestra lengua cuenta con abundantes recursos para evitar el abuso del masculino genérico. El objetivo ha de ser visibilizar a la mujer en el discurso sin atentar contra la gramática.

Número
Existen dos números en español: singular y plural. En líneas generales, el plural se puede formar de tres modos: 1) Añadiendo una -s al singular cuando la palabra termina en vocal no acentuada o -e acentuada, así como en un grupo consonántico: cama, camas; canapé, canapés; récord, récords. Son excepción compost, karst, test, trust y kibutz, que permanecen invariables en plural. Los anglicismos lord y milord tienen como plural lores y milores.También forman el plural añadiendo una -s las palabras, procedentes de otras lenguas o de origen onomatopéyico, que terminen en consonantes poco habituales en español, como -b, -c, -g, -p, -t: crac, cracs; zigzag, zigzags; complot, complots; esnob, esnobs; mamut, mamuts. Constituye una excepción club, que admite dos plurales: clubs y clubes. 2) Añadiendo la sílaba -es cuando el singular termina en consonante o vocal tónica: abad, abades; jabalí, jabalíes; no, noes; yo, yoes; sí, síes. Los plurales de las vocales también se forman de este modo: aes; es; íes; oes, úes. Los plurales de las notas musicales son: dos; res; mis; fas; soles; sis, aunque también se pueden emplear como invariables. Excepciones importantes a esta segunda regla de formación del plural son papá, papás; mamá, mamás; sofá, sofás; esquí, esquís (aunque también se acepta ya esquíes); dominó, dominós; bajá, bajás; buró, burós; rococó, rococós; hipérbaton, hipérbatos. Debe señalarse además que, cuando la última letra de una palabra es la y, existe cierta vacilación para formar el plural: de ay se forma ayes y de convoy, convoyes, pero de jersey se forma, jerséis; de espray, espráis; de yóquey, yoqueis (nótese que no se escribe tilde en este caso); y de guirigay, guirigayes o guirigáis. Asimismo, hay tres sustantivos, régimen, espécimen y carácter, que cambian de silaba tónica al pasar del singular al plural: regímenes, especímenes, caracteres, por lo cual la tilde se coloca en distinto lugar en las dos primeras y no aparece en la tercera. 3) Sin ninguna modificación, cuando la palabra es grave o esdrújula terminada en s: la crisis, las crisis; la dosis, las dosis; el lunes, los lunes; la caries, las caries.  Tampoco las palabras terminadas en x varían en el plural: los tórax; los clímax, los ántrax, los sílex, los látex. Una excepción es fax, voz tomada del inglés cuyo plural aceptado es faxes.

Pluralia tantum; singularia tantum
Unos cuantos nombres carecen de significado y forma en singular: añicos, enseres, víveres, albricias, exequias, arras, finanzas, ambages, anales, nupcias. De igual modo, otros cuantos nombres, denominados singularia tantum, no admiten el plural: cenit, cariz, caos, sed, salud, grey, norte, sur, este, oeste, tez, nadir, grima, fénix.


Plural de los nombres propios
Los nombres de pila se rigen por las normas generales de formación del plural: las Mercedes, las Cármenes, los Efrenes. Los apellidos se mantienen invariables cuando designan a los miembros de una misma familia: Visitaremos a los Gutiérrez. Asimismo, aunque existe cierta vacilación, se mantienen invariables cuando se usan para referirse a un grupo de individuos que los comparten: Hay dos Fuente en mi clase. En este pueblo abundan los Alonso. Si se añadiera la s marca del plural, no se distinguiría si se trata del apellido Fuente o Fuentes en el primer ejemplo ni del nombre de pila Alonso o el apellido Alonso en el segundo. Cuando no hay posibilidad de confusión, se admite la s del plural: los Garcías (o García) abundan en España. ¿A cuántos Lujanes (o, más habitual, Luján) conoces? Por su parte, los apellidos que terminan en z y los compuestos se mantienen siempre invariables: los Martínez, los López, los Gómez de la Serna, los Ramón y Cajal. También permanece invariable todo apellido si aparece junto al apelativo hermanos: los hermanos Pinzón (pero los Pinzones); los hermanos Machado (pero los Machados).

Cuando los nombres de pila o apellidos son extranjeros y no están castellanizados, se suelen mantener invariables en plural: En este barrio hay muchos Joshua y Kevin. Los Obama y los Trump. A este respecto, ha de tenerse en cuenta que hasta el siglo xix era habitual castellanizar los nombres propios extranjeros: Miguel Ángel, Tomás Moro, Alberto Durero. Aunque se pueden escribir en su forma original (Michelangelo Buonarroti, Thomas More, Albrecht Dürer), es preferible emplear el nombre castellanizado y formar el plural según las normas generales. Cuando un nombre propio designa la obra artística o intelectual de quien lo lleva, se escribe en mayúscula y forma el plural según las reglas generales: Tiene dos Picassos y tres Miguel Ángel. Son varios los Vernes que hay en mi biblioteca, pero solo un Brontë. Aunque con cierta vacilación, los nombres de dinastías o linajes suelen permanecer invariables en plural: los Habsburgo, los Tudor, los Colón; pero los Borbones, los Austrias, los Capetos, los Escipiones. En el caso de marcas comerciales, si el nombre termina en vocal, suele añadirse la s del plural, mientras que si termina en consonante tiende a permanecer invariable: Tres Mercedes y dos Opel. Lo mismo es aplicable a los nombres de empresas: Hay dos Ikeas cerca de mi casa y varios Zaras. Van a inaugurar nuevos Carrefour en la ciudad.

Latinismos
Como norma general, los latinismos forman su plural ateniéndose a las mismas reglas que rigen para el resto de las palabras: en -s, en -es o manteniéndose invariables, según sus características: plus, pluses; accésit, accésits; ratio, ratios; lapsus, lapsus; déficit, déficits; ítem, ítems; superávit, superávits; estatus, estatus. Los únicos latinismos que se apartan de esta tendencia mayoritaria son los terminados en -r procedentes de formas verbales, como imprimátur o exequatur (este último escrito sin tilde atendiendo a lo establecido por la última Ortografía académica de 2010), cuyo plural continúa siendo invariable. La RAE aconseja que, en general, se dé preferencia a los latinismos hispanizados y, por tanto, también a sus plurales. Así, se empleará currículo y currículos en lugar de currículum y currículums  o curricula; podio y podios en lugar de pódium y pódiums o podia.

Las locuciones latinas permanecen invariables en plural: los alter ego; los casus belli; los statu quo; los curriculum vitae; las alma mater (nótese, en este caso, que lleva artículo femenino, pues la traducción de este latinismo, referido a la universidades ‘madre nutricia’: alma es el adjetivo, y mater, el sustantivo al que acompaña. Tampoco es aceptable el alma mater en singular, sino la alma mater).

Plural de los nombres compuestos
Permanecen invariables cuando el segundo elemento es ya plural: el ciempiés, los ciempiés; el lanzallamas, los lanzallamas; el abrecartas, los abrecartas. Sin embargo, se rigen por las normas generales cuando en la composición de la palabra aparece un verbo y un adjetivo o un nombre en singular: el sabelotodo, los sabelotodos; el parasol, los parasoles; el correveidile, los correveidiles; el altoparlante, los altoparlantes; el bajorrelieve, los bajorrelieves. Cuando el nombre compuesto está formado por dos sustantivos que se escriben por separado, solo adopta la forma plural el primero: horas punta; palabras clave; hombres rana; faldas pantalón; niñas prodigio. Existe cierta vacilación respecto al plural del segundo sustantivo cuando puede funcionar como atributo del primero en oraciones copulativas: de estado miembro, estados miembro o estados miembros, puesto que se puede decir: estos estados son miembros activos; de empresa líder, empresas líder o empresas líderes, puesto que se puede decir estas empresas son líderes en su sector.

¿Singular o plural?
Algunos sustantivos que designan objetos formados por partes simétricas suelen utilizarse en plural para referirse a uno solo de tales objetos: los pantalones, las tenazas, las tijeras, las narices. Sin embargo, también cabe su uso en singular: el pantalón, la tenaza, la tijera, la nariz. La lengua española ofrece además la posibilidad de recurrir al singular de una palabra para otorgarle un sentido plural: La naranja se da bien en Valencia. La carne de Ávila es muy tierna. Me molesta el ruido.

Los nombres colectivos, que de por sí ya expresan una pluralidad de objetos o seres pertenecientes a una misma clase, también pueden utilizarse en plural: la fruta, las frutas; la leña, las leñas; la gente, las gentes.

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






jueves, 25 de enero de 2018

Ropa tendida y otras expresiones curiosas

Ropa tendida y otras expresiones curiosas
Esta colorida foto, tomada el verano pasado en Bárcena Mayor (Cantabria), me ha inspirado para escribir sobre la palabra ‘ropa’ y algunas de las frases hechas que la contienen. La ropa nos acompaña desde que llegamos desnudos a este mundo: con ella nos abrigarnos y nos adornarnos. Por curioso que resulte, ‘ropa’ comparte raíz germana (raubon) con ‘robar’ (despojar a alguien de algo), ‘arrobar’ (embelesar) y ‘arropar’ (abrigar). Según el Diccionario crítico etimológico de Joan Coromines y José Antonio Pascual, ello se debe a que el sentido primitivo del verbo germánico como ‘despojos’ o ‘botín’ evolucionó para significar ‘mercancías’, y de ahí se llegó a ‘ropa’. A comienzos del siglo xvii, el Tesoro de la lengua castellana, o española de Sebastián de Covarrubias ya corroboraba esta explicación al exponer lo siguiente:

Ropa, esta palabra tiene varias significaciones, aunque con analogia: si le damos origen de la lengua Toscana, significa la hazienda, donde se comprehende todo lo que posseemos, pero vulgarmente llamamos ropa las alhajas de la casa, de seda, paño, lienço, tapizes, colgaduras, &c. Dixose de ropus, mercaduria, de donde llamamos roperos a los mercaderes de paños. Ropa, vale el vestido que traemos a cuestas: y dezimos traer poca ô mucha ropa. Ropa, la vestidura suelta, que traemos sobre la que està ceñida, y justa al cuerpo, ropa de por casa, la que el señor se pone quando le quitan la capa. Estas ropas llamaron los Antiguos cenatorias, porque se las ponían para sentarse, ô recostarse a comer, ô cenar. Los grandes Principes quando hazian algún vanquete solemne dauan a cada uno de los combidados una ropa destas, y de ordinario eran blancas, lleuandoselas despues a sus casas, aunque no salian con ellas por la calle. […] Ropa a fuera, termino de las galeras, quando se ha de remar con hígado: venderse ropa en un aposento, vale tanto como estar abrigado. Ropa a la mar, quando la tormenta obliga a descargar el nauio. Aropate que sudas, del que con poco trabajo se ha cansado, y se abriga con su capa. Roperia entre Religiosos, la pieça donde tienen los habitos para remudar. Ropero, y ropauejero, el que vende ropas traydas, y renouadas. Buena ropa, vale buena estofa. Dizese de las personas de calidad que van dissimuladas. Arroparse, y desarroparse, &c.

En el español actual, ‘ropa’ es el nombre genérico aplicable a toda clase de prendas de tela (cortinas, sábanas, manteles…), pero en particular a las que vestimos. Llamamos ropa interior a la de uso íntimo que va debajo de la que queda a la vista, y ropa blanca, al ajuar de las casas: ropa de cama, de mesa, de baño… La ropa vieja, además de hacer referencia a prendas ya gastadas por el uso, da nombre a un guiso que en España se hace con los restos del cocido, garbanzos y carne, mientras que en México, Colombia o  Cuba tiene como ingrediente principal carne deshebrada que se adereza con diversas verduras y algún picante. La expresión a quemarropa (en la actualidad ya no está vigente la escritura a quema ropa) puede hacer referencia a un disparo realizado a alguien desde muy cerca o significar brusquedad cuando se trata de un modo de hablar (Llegó, lo soltó a quemarropa y se fue). Se advierte que hay ropa tendida como indicación de que hay presentes personas a las que no conviene enterar de lo que se está hablando (No sigas contando más, que hay ropa tendida). Guardar la ropa se aplica a quien obra con cautela para no comprometerse (A pesar de las circunstancias, Juan siempre supo guardar la ropa), al igual que nadar y guardar la ropa, aunque con esta última frase se suele hacer hincapié en lo difícil que resulta de conseguir (En eso de las pensiones los políticos quieren nadar y guardar la ropa). La ropa sucia se lava en casa es una expresión muy habitual en España con la cual se aconseja que se guarden en secreto las intimidades familiares que puedan ser motivo de escarnio público. Decimos que nos tentamos la ropa cuando actuamos con comedimiento, calibrando las consecuencias antes de actuar (Por lo que cuentan, con él hay que tentarse la ropa). En frases de advertencia o amenaza, se emplea no tocarle la ropa a alguien o no tocarle un pelo de la ropa a alguien (No consentiré que le toques la ropa / un pelo de la ropa a mi primo). Por último, en ropas menores es equivalente a en paños menores (Apareció en ropas menores) y suele tener un sentido de extrañeza o jocoso.
 
Sustantivos derivados de ropa son ropajes (ropa suntuosa para ceremonia o ropa excesiva), roperías (habitaciones donde se guarda la ropa o tiendas de ropa hecha), roperos (armario o cuarto donde se guarda la ropa y, más antiguo, persona que vende ropa hecha o se ocupa de la ropa en una comunidad),  ropillas (prendas antiguas que se llevaban sobre el jubón), ropones (prendas de vestir amplias y largas que se usan, por ejemplo, para el bautismo de los niños, o como abrigo sobre otra vestimenta),  ropavejerías (prenderías, lugar donde se venden artículos de segunda mano) y ropavejeros (personas que venden prendas de vestir de segunda mano). Recurriendo a verbos, podemos arroparnos o desarroparnos según las circunstancias ambientales o climáticas (pero nunca debido a la climatología, que es el estudio del clima y el conjunto de las características propias del clima de una región determinada: Yo estaba poco arropada para tan mal tiempo y no Yo estaba poco arropada para tan mala climatología).

Cuando vestimos determinada ropa, sobre todo si es de gala o elegante, se dice que vamos de punta en blanco, expresión que antiguamente aludía a lucir la armadura completa y reluciente. Semejante significado de etiqueta y elegancia tiene vestir o ir de tiros largos, lo que, según el Diccionario de la RAE, es equivalente a aparecer a tirantes largos, esto es, utilizando un carruaje del que tiran cuatro caballerías, guiadas por dos cocheros. Cambiar de chaqueta significa abandonar un bando para pasarse a otro, y quien lo hace es un chaquetero, hábil en el chaqueteo y el chaquetear. Todos somos libres de hacer de nuestra capa un sayo, esto es, de obrar en nuestros asuntos como mejor nos parezca, pero a veces acabamos metidos en camisa de once varas cuando nos inmiscuimos en lo que no nos corresponde y nos causará dificultades. Esta última expresión, de reminiscencia medieval, hace referencia a la holgura de la camisa por una de cuyas mangas, en la ceremonia de adopción, el padre que la vestía debía meter al niño del que se hacía cargo. De alguien que es demasiado indulgente se dice que tiene manga ancha, y de quien siente mucho miedo ante una situación, que no le llega la camisa al cuerpo. Aunque ya nadie viste jubón más que en trajes regionales (parece que sí se emplea como prenda de vestir infantil), el Diccionario de la RAE todavía recoge la expresión buen jubón me tengo en Francia o simplemente tener un jubón en Francia, empleadas ambas como burla ante quien se jacta de poseer algo que en realidad no sirve para nada.

Dejo para el final esta cita extraída de la novela Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, que ilustra una expresión muy habitual pero que, al parecer, va dejando de comprenderse: «Mira, Mario, veintidós años y todo el día de Dios leyendo o pensando, y leer y pensar es malo, cariño, convéncete, y sus amigos, ídem de lienzo, que me dan miedo, la verdad». Parece que ídem de lienzo, con el significado de ‘lo mismo’, ‘también’: esto es, que alguna cosa, persona, situación, etc., es semejante a otra, pasó de los inventarios  de la caballería militar al lenguaje coloquial. En el  Régimen que por ahora deben observar en su manejo interior los regimientos de la caballería del Ejército (Madrid, Imprenta de D. Luciano Camazon, 1825), en el «Cuaderno  de los efectos existentes», se lee: «Recibí del espresado sesenta camisas, sesenta calcetines, treinta corbatines, treinta pantalones de paño, treinta ídem de lienzo, treinta chaquetas de paño, treinta ídem de lienzo». Por su parte, en el Reglamento adicional a la ordenanza de 1768 (Madrid, Imprenta Real, 1867), en el capítulo II, al establecer lo que se ha de llevar dentro de la maleta,  se especifica: «La casaquita ó chaqueta de paño de medio vestuario, ó la de lienzo. Pantalón de ídem. Dos ídem de lienzo». Pero no es privativa dicha expresión de los listados de provisiones de ropa militar. Buscando en internet, entre muchos otros ejemplos, he encontrado un documento anónimo, titulado «Ropa de la negrita María Teresa deArriaga que actualmente está en el Hospital» (Sevilla, A.H.S.J., hacia 1804), donde se lee: «Un aderezo de esmeraldas. Una cadena de plata. Un bestido de Expolin Encarnado. Una casaca de Texcianela negra. Dos pares de enaguas de Camellón. Dos pares de enaguas de Bayeta. Dos mantillas de invierno. Dos mantillas de verano. Dos pares de enaguas de zaraza. Idem, de lienzo blanco. Un zagalegito de lienzo blanco listado. Cuatro monillos blancos buenos y tres viexos. Doce camisas ya viexas». La utilización de la voz latina idem con el significado literal de  ‘el mismo’ o ‘lo  mismo’ es habitual  en citas para evitar la repetición del nombre de un autor recién mencionado y, en las cuentas, listas e inventarios, para  anotar diferentes partidas de un mismo artículo: la coletilla ‘de lienzo’ no hace más que especificar la tela de algodón de la prenda en cuestión. Tanto en lenguaje oral como escrito se recurre también a este latinismo castellanizado ídem para obviar la repetición de alguna palabra o frase, a menudo en la expresión redundante ídem de ídem: Ella es poco simpática, y su hermano, ídem de ídem. Es probable que ídem de lienzo sea una variante jocosa que gozó del favor de los hablantes tal vez por sonar mejor. 

La lengua serpentea en su avance por caminos imprevisibles que a veces cuesta mucho esfuerzo desandar.  



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  








miércoles, 17 de enero de 2018


PRONTUARIO DE ESCRITURA
1. El verbo

1. El verbo
El diccionario de la RAE define la voz ‘prontuario’ en su primera acepción como «resumen o breve anotación de varias cosas a fin de tenerlas presentes cuando se necesiten» y, en la segunda, como «compendio de las reglas de una ciencia o arte». Ambos significados convienen para dar nombre a la tarea que me he propuesto desarrollar a lo largo de este 2018 recién estrenado y hoy inicio: desgranar mes a mes los fundamentos (morfológicos, sintácticos, ortotipográficos, planificatorios) de la buena escritura.
 
¿Y qué entiendo por buena escritura? No se trata de escribir como una buena poeta, una buena ensayista o una buena novelista, pues a ellas se les supone el dominio de la lengua, pero además unas facultades de creación especiales que les permiten superar sus límites y hallar nuevos modos de expresión. No se trata tampoco de escribir como se habla, por más que se destaque en el arte de la oratoria: escribir y hablar son asuntos diferentes, sujeto cada uno a reglas propias. Formulado en pocas palabras, escribirá bien quien, haciendo uso de los instrumentos de la lengua, sea capaz de exponer con corrección, precisión y coherencia todo aquello que quiera o necesite en cualquier circunstancia de la vida, ya sea al compartir una receta de cocina, al redactar un correo electrónico o al componer una tesis doctoral.

La clave es el conocimiento de la lengua, repito. La buena escritura se atiene siempre a una base gramatical. Por ello, este prontuario comienza tratando de la palabra por excelencia, el verbo, la única capaz de constituir por sí misma una oración, puesto que al conjugarse, esto es, al variar de forma para expresar los accidentes gramaticales de tiempo, número, persona, modo y voz, es capaz de incluir en sí el sujeto y el predicado: Comamos. Llovía. Madrugaré. Fue encontrado. Dijisteis que compraríamos. ¿Sabría volver?

Verbos de régimen
Algunos verbos no pueden utilizarse sin una preposición determinada (acordarse de; influir en; atemorizar con); otros aceptan varias (arder en cólera, arder de deseos; calentarse con la disputa, calentarse en la disputa; sincerarse con alguien, sincerarse ante alguien), y también los hay que cambian de significado según la preposición que se emplee: el verbo asegurar(se), por ejemplo, con el sentido de ‘cerciorarse’, rige la preposición de (me aseguré de que había cerrado la puerta), pero no lleva preposición en el sentido de ‘afirmar’ (le aseguré que había cerrado la puerta). Todos los verbos que imponen una preposición determinada se denominan de régimen.

Queísmo/dequeísmo
Cuando un verbo rige las preposiciones de o en y se omiten ante la conjunción que, se incurre en el error denominado queísmo: Se fijó que había un cartel, en lugar de Se fijó en que había un cartel. Me acordé que la conocía, en lugar de Me acordé de que la conocía.
Cuando un verbo no rige la preposición de y se emplea ante la conjunción que, se incurre en el error llamado dequeísmo: Pienso de que todo se solucionará, en lugar de Pienso que todo se solucionará. Había escuchado de que te marchabas, en lugar de Había escuchado que te marchabas.

Un recurso para evitar caer en queísmo o dequeísmo es añadir al verbo los sustantivos algo o eso: si es necesario utilizar una preposición, esa misma es la que regirá en la oración introducida por que; si no es necesaria, tampoco lo será en la oración introducida por que: Se fijó en eso. Me acordé de algo. Pienso eso. Había escuchado algo.

Con el verbo deber se forman dos perífrasis verbales que merecen mención por los errores que ocasionan. Deber + infinitivo expresa siempre obligación: debes ir al médico; debieron haberme esperado. Para manifestar probabilidad o suposición, se ha de emplear deber de + infinitivo: sus abuelos ya deben de haber muerto; esa tienda debe de tener tomates. No obstante, por la extensión de su uso, el Diccionario panhispánico de dudas (RAE y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2005) ya recoge y acepta como propio de la lengua culta deber sin preposición con este sentido de hipótesis. Pero deber de para expresar obligación se mantiene como uso incorrecto y propio de la lengua vulgar.


Verbos unipersonales o impersonales
Se denominan de este modo los verbos que atañen a fenómenos atmosféricos o de la naturaleza y se utilizan solo en tercera persona del singular: ha escampado, escampaba, escamparía; anochezca, había anochecido, anocheciera. Asimismo, cumplen esta función de impersonales o unipersonales en tercera persona del singular los verbos haber (hay algunos cuadros); hacer (hacía tres meses de eso); bastar (bastará con un par de besos); o sobrar (con esas sillas sobra). Ha de tenerse presente que los verbos haber y hacer usados como impersonales no llevan nunca sujeto, sino complemento directo. Por tanto, no pueden concordar en número y persona con ningún grupo nominal, nombre o pronombre de la oración, ni siquiera cuando se trate de perífrasis verbales: Hubo muchos incendios en Galicia (y no hubieron). Habrá quienes sostengan otra cosa (y no habrán). Tal vez haya más rebajas (y no hayan). En invierno suele hacer días nublados (y no suelen hacer). Puede haber muchas sorpresas (y no pueden haber). Debe de haber más de cien poetas (y no deben de haber). Va a haber muchos recortes (y no van a haber). 

No obstante, estos verbos ‘de la naturaleza’ admiten otras personas gramaticales distintas de la tercera cuando asumen un sentido metafórico: llovieron improperios; amanecí cansada; Jorge  tronó sus amenazas. Por su parte, bastar y sobrar también aceptan construcciones personales: bastarán dos rosas; esos insultos sobran.

Formas no personales 
Las formas no personales del verbo son el infinitivo, que se define como un sustantivo verbal; el gerundio, que se define como un adverbio verbal; y el participio, que se define como un adjetivo verbal. Los tres comparten la incapacidad de expresar por sí mismos el tiempo en que ocurre la acción, que debe deducirse por el verbo conjugado de la oración en que aparezcan o por los adverbios que los acompañen. Cuando se presentan en construcciones absolutas, expresan un juicio lógico completo: Al ascender la luna, el mar pareció de plata (construcción absoluta de infinitivo). Aun conociendo las consecuencias, no quise darme por vencido (construcción absoluta de gerundio). Apurada la copa de vino, pidió un café solo (construcción absoluta de participio). 

Infinitivo con valor de imperativo
Aunque este uso se va extendiendo tanto en la lengua hablada como escrita, solo es aceptable en los supuestos siguientes: 1) Cuando al infinitivo le precede la preposición a: A dormir, niños. He dicho que a callar. 2) Cuando se trata de órdenes impersonales o generalizadas, esto es, cuando no existe un interlocutor concreto, como ocurre en las instrucciones sobre montaje de un mueble o en recetas de cocina: Girar a la derecha. Empujar/tirar. Apretar el botón. En el resto de los usos, las formas de infinitivo por imperativo siempre son incorrectas. Debe elegirse la -d, marca del imperativo, en lugar de la -r, marca del infinitivo: Salid despacio, niñas (y no salir); decidme qué queréis (y no decirme qué queréis); mirad qué foto (y no mirar qué foto). 

Infinitivo de generalización
Se trata de una construcción en la que aparece el infinitivo como verbo principal sin el apoyo de ningún otro verbo y sin que forme parte de una perífrasis verbal. Suele emplearse con ‘verbos de decir’  o similares: Ante todo, decir que agradezco la invitación. Nunca es un uso correcto: se ha de cambiar tanto en el habla como en la escritura: Quiero decir; he de decir; me gustaría decir. Otros ejemplos: Como conclusión, señalar que…; añadir, para terminar, que...; en la información deportiva, destacar que... Es necesario incluir siempre un verbo conjugado: Como conclusión, se debe señalar que…; añadamos, para terminar, que…; en la información deportiva hay que destacar que…

En «Los usos del infinitivo» e «Imperativo, infinitivo y un caldillo de espárragos» se explora en mayor extensión esta forma no personal del verbo.

Toca ahora hablar del gerundio, la forma no personal del verbo que más detractores congrega. Por desconocimiento, hay incluso quienes aconsejan evitarlo a toda costa, cuando a menudo es la mejor opción para expresar con precisión lo que se desea. Vine corriendo; estaba ayudando a su madre; cómo se viene la muerte tan callando; había una cabaña cruzando el río; ¿es de Murillo la pintura Niños comiendo melón?: todos estos enunciados son ejemplos de gerundios necesarios y acertados. Como ya se ha señalado, las funciones del gerundio se asemejan a las que cumple un adverbio y sus modalidades principales son tres, con algunas subdivisiones: en oración independiente, también llamado gerundio perifrástico (El niño pasó cantando toda la mañana); en construcción absoluta (Estando yo presente, no se atreverán a atacarte); y en oración subordinada o construcción conjunta (Juan avanzaba levantando los brazos).

Por su frecuencia en nuestra lengua, de todas las perífrasis de gerundio destaca la formada con el verbo auxiliar estar que, en general, enuncia una situación ya comenzada pero no concluida en presente, pasado o futuro: Está descansando. El jueves por la mañana ya estaré viajando. Cuando avisaron, yo ya estaba durmiendo. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que en ciertos usos de la perífrasis estar más gerundio se evidencian calcos del inglés, cuyo presente continuo tiene un empleo mucho más extenso que el admitido en español: Te estoy escribiendo para informarte de mi próxima llegada, frente a la utilización en buen español de presente (Te escribo para comunicarte), pues es una acción que no se puede estar haciendo, sino que se hace. Por correo electrónico le estoy enviando mis últimas fotos, frente al empleo en buen español del pretérito perfecto si ya se ha hecho el envío (le he enviado); la perífrasis verbal ir más infinitivo si todavía no se ha hecho el envío (le voy a enviar); o un futuro simple si se desea añadir la fecha exacta (el jueves próximo le enviaré).

Puesto que en este mismo blog ya existe una entrada titulada «Los usos del gerundio», remito a su lectura para ahondar en esta forma no personal del verbo.


Usos vetados del gerundio


Gerundio de posterioridad
Se presenta en oraciones cuya unión podría ser copulativa (y) para expresar una acción que es posterior a la del verbo principal: La avioneta se precipitó al mar, muriendo sus ocupantes (y murieron sus ocupantes). Mi hija ingresó en la Escuela Diplomática, graduándose cuatro años después (y se graduó cuatro años después). Se considera incorrecto porque el gerundio ha de indicar siempre coincidencia de tiempo o tiempo inmediatamente anterior a la acción del verbo principal. Sin embargo, sí parece ya aceptable el gerundio de posterioridad inmediata o consecuencia directa de la acción principal: La ofensiva aérea destruyó el campamento, provocando la evacuación de los refugiados (pero también: lo que provocó…). Salió de la casa dando un portazo: se considera correcto el gerundio porque salir y dar un portazo se sienten como acciones simultáneas.

Gerundio especificativo
No es admisible su uso referido al sujeto ni al complemento directo, puesto que al particularizar a uno o a otro, el gerundio pierde su cualidad verbal y se convierte en adjetivo. No son correctos, por tanto, enunciados como los siguientes: Llego un cargamento de cocos escondiendo droga (gerundio especificativo del sujeto); El Parlamento aprobó la ley regulando los préstamos hipotecarios (gerundio especificativo del complemento directo). En ambos supuestos se debe utilizar una oración de relativo: Llegó un cargamento de cocos que escondía droga. El Parlamento aprobó la ley que regula los préstamos hipotecarios.

Además, el gerundio ha de expresar una acción, transformación o cambio en trascurso perceptible y no una cualidad, estado o acción tan lenta que el cambio que produzca se asemeje, por imperceptible, a una cualidad. Por ello, no es apropiado escribir: Mira ese almendro floreciendo (que florece). Se busca arquitecta sabiendo inglés (que sepa inglés). Se solicita traductora teniendo cinco años de experiencia (con cinco años de experiencia; que tenga cinco años de experiencia). Estudios anteriores han detectado que en una de cada diez mamografías los resultados se han interpretado como positivos, siendo que la mujer no necesariamente tiene cáncer de mama (cuando la mujer no necesariamente tiene cáncer de mama).

Gerundio con valor partitivo
En la lengua española, no es propio del gerundio modificar una parte separándola del todo, por lo cual este uso del gerundio nunca es aceptable: Hay oportunidades en muchos sectores, siendo uno de ellos los servicios (lo correcto sería uno de los cuales son los servicios). Han aumentado los casos de gripe en la población española, siendo los más afectados los ancianos (lo correcto sería y los más afectados son los ancianos). La orientación es distinta para cada estribo, siendo de siete grados para el derecho y de 17 para el izquierdo (lo correcto sería recurrir a los dos puntos y suprimir el gerundio: de siete grados para el derecho y de 17 para el izquierdo). Este uso partitivo del gerundio en español a menudo es resultado de una mala traducción del inglés.

El participio, la tercera de las formas no personales del verbo —equiparable a un adjetivo—, se diferencia de las otras dos en que posee género y número: abierto/abiertos; abierta/abiertas. La terminación -do caracteriza a los participios regulares, pero abundan los verbos que presentan un participio irregular con diferente terminación (por ejemplo, deponer, depuesto; escribir, escrito; exponer, expuesto; volver, vuelto).  La larga lista de verbos con doble participio, uno regular y otro irregular, ha quedado reducida a tres: freír (freído y frito); imprimir (imprimido e impreso); proveer (proveído y provisto). Todos los restantes participios irregulares de los demás verbos se consideran ahora adjetivos, bien porque la forma regular ya no se emplea (como en el caso de rompido), o bien porque la forma irregular se utiliza siempre como adjetivo (como en el caso de confuso). Por tanto, para formar cualquier tiempo compuesto o la voz pasiva, se ha de utilizar el único participio que ahora existe: tomando el verbo propender, por ejemplo, escribiríamos siempre hemos propendido (participio) a la melancolía o somos propensos (adjetivo) a la melancolía. Con el verbo confesar construiríamos lo ha confesado (participio) todo  y es un corrupto confeso (adjetivo).

Se ofrece un análisis más detallado sobre el participio en  «Los usos del participio».

Modos
El español actual cuenta con tres modos verbales: indicativo, subjuntivo e imperativo, que sirven para poner de manifiesto la actitud de quien se expresa hacia lo expresado: Laura responderá mañana (futuro de indicativo). No creo que Laura responda mañana (presente de subjuntivo). Laura, responde mañana (imperativo). En las tres oraciones, el verbo responder tiene el mismo significado, pero enunciado desde perspectivas diferentes. Laura es el sujeto en las dos primeras oraciones y vocativo en la última (por tanto, aparece separado del verbo por una coma). En líneas generales, el indicativo expresa la realidad tal como la concibe quien lo emplea, tanto si atañe al presente, al pasado o al futuro. El subjuntivo se adentra en lo subjetivo para enunciar lo irreal, lo hipotético, una conjetura en cualquier tiempo que se desee. El imperativo, por último, formula una advertencia, una amenaza o un mandato, si bien en ocasiones se suaviza hasta convertirse en ruego o súplica: ¡Ten misericordia de mí! El sujeto del imperativo ha de ser siempre la persona a quien se dirige: la segunda gramatical, por lo cual no presenta más que dos personas (segunda del singular y del plural) en lugar de las seis que tienen todos los tiempos verbales. Por su naturaleza, el imperativo tampoco permite otro momento de acción que no sea el presente, aunque se puede proyectar hacia el futuro mediante los complementos que lo acompañen: Contéstame ahora. Contéstame en una semana. Algunos gramáticos consideran una forma imperativa del pasado la constituida por el infinitivo del verbo auxiliar haber más el verbo elegido: Haber llegado antes. Haberlo dicho.

En «Sobre el modo subjuntivo en español» e «Imperativo, infinitivo y un caldillo de espárragos» se ofrece un análisis detallado de sus respectivos usos.  

Voces
La voz es el accidente gramatical que determina si el sujeto del verbo ejecuta la acción (sujeto agente) o la recibe (sujeto paciente). La voz activa es la manera natural de hablar y escribir en español, recurriendo a cualquier tiempo verbal: La editorial publicará sus libros. Inés había recogido la citación. Todos mis enemigos me han criticado. Sin embargo, cuando por algún motivo se precisa que la atención recaiga sobre el complemento directo y no sobre el sujeto, esas mismas oraciones se pueden construir en voz pasiva: Sus libros serán publicados por la editorial. La citación había sido recogida por Inés. He sido criticado por todos mis enemigos. La pasiva es el instrumento empleado para enunciar que en un sujeto se realiza algo, que a ese sujeto le sucede algo o que soporta algo, y en ninguno de los casos es necesario nombrar al causante. A veces, el desconocimiento del agente por parte de quien se expresa, o su voluntad de omitirlo, es lo que provocan el uso de la pasiva: Sus libros serán publicados. La citación había sido recogida. He sido criticado. Pero no todos los verbos pueden utilizarse en pasiva: solo los transitivos. No hay manera de pasar a voz pasiva, por ejemplo,  ayer se había levantado tarde.

La simple pasiva (segunda de pasiva) es más habitual en español que la extendida (primera de pasiva) con mención del agente, aunque lo cierto es que, en líneas generales, nuestra lengua muestra una marcada preferencia por las construcciones en activa. Por eso nos suenan extraños y forzados textos traducidos del inglés o el francés en los que se han conservado las voces pasivas originales y aparecen oraciones como fue combatida la idea; me fue dicho que acudiera, en lugar de se combatió la idea o me dijeron que acudiera: las frases están bien construidas desde la perspectiva gramatical, pero no desde el punto de vista estilístico.

En la actualidad, la forma pasiva ha ido cediendo el paso a la activa impersonal (nos dijeron que viniste ayer) y la pasiva refleja con se (se escuchaba la conversación). Su nombre de ‘refleja’ indica que la acción del verbo recae sobre el sujeto. En los enunciados el huerto se anegó por la crecida o los zapatos se mojaron por la lluvia, los sujetos huerto y zapatos no producen la acción, sino que la sufren. Estas oraciones equivalen a el huerto fue anegado por la crecida y los zapatos fueron mojados por la lluvia. A medida que avanza la pasiva refleja, el pronombre se de tercera persona deja de ser reflexivo para convertirse en mero signo de pasiva.

Las oraciones en pasiva refleja también pueden ser primeras o segundas, según expliciten o no al agente: Se entreveía su rostro detrás del velo (segunda de pasiva); se aprobó su nombramiento por todos los diputados (primera de pasiva).

¿Pasiva refleja o impersonal? 
El hecho de que para construir oraciones de pasiva refleja solo sea posible emplear la tercera persona y de que en su forma más usual el sujeto vaya detrás del predicado propicia que a veces se perciban como impersonales, y el sujeto, como complemento. Así, frente a la oración tradicional en pasiva refleja se hacen paellas por encargo, se lee y escucha cada vez más se hace paellas por encargo. La primera es la que recomiendan las gramáticas y la que predomina en la lengua literaria. El mismo criterio es aplicable cuando la pasiva refleja se enuncia mediante una perífrasis verbal (poder, querer, deber  + infinitivo): se pueden hacer paellas por encargo; se quieren hacer paellas por encargo; se deben hacer paellas por encargo. La confusión no existe en singular, donde ambas formas (impersonal y pasiva refleja) coinciden.

Verbos irregulares y defectivos
Los primeros son los que al conjugarse se apartan en la raíz o la desinencia de la norma que corresponde a su grupo (terminados en -ar, -er o -ir). En general, no ofrece dificultad para los hispanohablantes la conjugación de verbos irregulares tan habituales como haber (he; ha; hubo; habrá; hubiera; habido), estar (estoy; estuve), hacer (hago; hizo, hará; hecho), dar (dé; dio; diera), caer (caigo; caes; cayera; caído), decir (digo; dijo; diremos; dicho), traer (traigo; trajo; trayera; traído), tener (tengo; tuve; tendré), ser (soy; fui; fuera; sido) o ir (voy; fui; fuera o fuese; yendo). Se aprecia tendencia al error, sin embargo, en el uso de otros verbos irregulares también comunes: el pretérito indefinido de andar es anduve (y no andé); anduvimos (y no andamos), al igual que el pretérito imperfecto de subjuntivo es anduviera o anduviese (y no andara o andase). Muy vulgar es el uso de cabió, cabieron como pretérito indefinido del verbo caber en lugar de las formas cupo, cupieron, así como del imperfecto de subjuntivo cabiera o cabiese en lugar de cupiera o cupiese. El verbo prever no debe confundirse con proveer y sigue siempre la misma conjugación que ver: previendo (y no preveyendo); previera (y no preveyera); preveré (y no preveeré), etc.  El pretérito indefinido del verbo satisfacer es satisfizo (y no satisfació); el futuro imperfecto, satisfaré (y no satisfaceré); el condicional, satisfaría (y no satisfacería), y el pretérito imperfecto de subjuntivo, satisficiera o satisficiese (y no satisfaciera o satisfaciese). En el caso del verbo yacer, son igual de correctas las formas yazco y yazgo  para la primera persona del presente de indicativo. En la norma culta, los verbos adecuar, evacuar y licuar siguen para su acentuación la conjugación de averiguar y, por tanto, no se escriben con tilde en las formas de presente: adecuo, adecuas, adecuan, adecue; evacuo, evacuas, evacua, evacuan, evacue; licuo, licuas, licua, licuan, licue. Sin embargo, el Diccionario panhispánico de dudas ya acepta también las formas acentuadas por estar muy extendidas: adecúo, adecúas, adecúan, adecúe; evacúo, evacúas, evacúa, evacúe; licúo, licúas, licúa, licúan, licúe.

Los verbos derivados de otros irregulares se rigen por su misma conjugación y se atienen a las normas ortográficas. Por tanto, antever, prever y entrever se escriben con tilde en la primera y tercera persona del singular del pretérito imperfecto de indicativo: preví, anteví, entreví; antevió, previó, entrevió (recuérdese que vio no se escribe con tilde por ser monosilábico). Los verbos convenir y contravenir se conjugan como venir; aliquebrar se conjuga como quebrar; atraer, como traer; decaer, como caer; rehuir, como huir; deponer, como poner; antedecir, contradecir y desdecir, como decir; deshacer y rehacer, como hacer; entreoír, como oír. En el caso de los verbos gloriarse y vanagloriarse, el primero emplea más la forma glorío que glorio, mientras que el segundo utiliza solo vanaglorio.

Las formas repuse, repuso, repusieron son irregulares y pertenecen a dos verbos distintos pero de significado semejante: responder  y reponer (en la tercera acepción del DRAE, ‘responder’, ‘replicar’). Son las formas cultas del primero y conviven con las regulares más frecuentes respondí, respondió, respondieron, mientras que son las únicas de reponer en todas  sus acepciones.

Para terminar, se denominan ‘defectivos’ los verbos de los que solo se emplean algunas formas de la conjugación debido a su significado especial o a su dificultad de pronunciación. Algunos designan una noción que solo puede predicarse a sujetos explícitos de cosa y, por tanto, son terciopersonales: atañer, concernir, acontecer o acaecer. El verbo soler pocas veces aparece fuera de perífrasis con infinitivo en presente (suelo) o pretérito imperfecto y perfecto (solían; he solido).

En algunos de estos verbos se cambia de conjugación para lograr la regularidad. Así, en lugar de garantir (utilizado todavía en el español americano: garanto), se prefiere garantizar; en lugar de balbucir (balbucí, balbuciera), se recurre a balbucear. Aunque matar es un verbo regular, tiene una particularidad que lo habilita para aparecer en este apartado: a veces, en lugar de usar su propio participio (matado), se recurre al del verbo morir (muerto), sobre todo en la voz pasiva o cuando el participio actúa como predicado nominal: En los últimos combates fueron muertos (o resultaron muertos) varios soldados de los nuestros.



La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.