miércoles, 19 de octubre de 2016

Los pronombres personales en la escritura

pronombres personales
Las limitadas palabras comprendidas en esta categoría pronominal se denominan así porque muestran rasgos gramaticales de persona; esto es, hacen referencia a una persona gramatical de singular o plural. Son los únicos pronombres imposibles de confundir con otra categoría gramatical y en sus formas distintas se distinguen las tres personas posibles: yo, mí, me, conmigo, nosotros, nosotras, nos (primera persona); tú, vos, ti, te, contigo, vosotros vosotras, os, usted, ustedes (segunda persona); él, ellos, ella, ellas, ello, le, la, las, lo, los, se, sí, consigo (tercera persona). Los pronombres personales mí, tú, él y se escriben siempre con tilde: explícamelo a mí; cómpraselo a él; tú no hables nada de ello; pensó para sí que no iría. Recuérdese que, en cambio,  ti es palabra átona que no lleva tilde jamás: era a ti a quien esperaban.

Los pronombres personales átonos (me, nos, te, os, lo, la, le, los, las, les, se) nunca pueden escribirse de modo autónomo: necesitan combinarse con un verbo o un derivado verbal. En el uso actual se prefiere situarlos ante el verbo y no detrás: lo compraré en lugar de comprarelo: los veían en lugar de veíanlos; ella me quiere en lugar de ella quiéreme. Las únicas excepciones son los imperativos y los derivados verbales, en cuyo caso los pronombres se escriben detrás: amadla, amarla, amándola. Asimismo, en lengua literaria o culta escrita perdura en ciertos casos (sobre todo expresiones con cierta lexicalización) la antigua colocación posterior del pronombre: ¿Habrase visto? Diríase que era un hombre bueno.

En la lengua hablada se utilizan todas las formas de los pronombres personales, aunque es evidente que la neutra de tercera persona ello va desapareciendo, sustituida a menudo por otros pronombres neutros o por sustantivos: no pienses más en eso; el caso fue que; justicia, corrupción, política: de todo eso se reflexionó; no se inmutó por eso. Sin embargo, en la lengua literaria ello se mantiene: no pienses más en ello; ello fue que; justicia, corrupción, política: de todo ello se reflexionó; no se inmutó por ello.

La forma usted, usada para la segunda persona de respeto, procede de la evolución de vuestra merced, por lo cual conserva un sentido sustantivo que motiva su funcionamiento gramatical como tercera persona a pesar de representar a la segunda: usted es muy inteligente, frente a tú eres muy inteligente (concordancia verbal en tercera y segunda persona, respectivamente). En lo tocante al género, adopta el de la persona aludida: es usted muy simpática; ¿está usted cansado?

Desde el punto de vista sintáctico, los pronombres personales pueden ser sujetos o complementos de la oración. En su uso como sujeto, debe tenerse presente que, debido a las propiedades de su flexión verbal, es posible y frecuente en español construir oraciones sin sujeto expreso: No quiero madrugar. Lloraron al enterarse. La presencia del pronombre personal como sujeto de una oración solo es indispensable cuando su falta provoque ambigüedad: Los hermanos, a pesar de ser gemelos, no eran idénticos: él tenía un lunar junto al labio y ella era de rasgos más duros. En el resto de los casos, su aparición como sujetos suele aportar énfasis: Tú a mí no me mandas, frente a A mí no me mandas. Yo ya veré lo que hago, frente a Ya veré lo que hago. Nosotros ya nos íbamos, frente a Ya nos íbamos. Yo creo que te contratarán, frente a Creo que te contratarán. Vosotros no volváis por aquí, frente a No volváis por aquí.

Los pronombres personales de segunda persona de singular y plural cumplen de forma natural, junto con los nombres propios, un uso vocativo: Tú, acércate más. Y vosotros, ¿por qué no habéis avisado? Repitan conmigo, ustedes, que van a obedecer. Nótese que, como en el resto de usos vocativos, deben ir delimitados por comas dentro de la oración.

Si un pronombre personal es el antecedente de un pronombre relativo, no admite especificación y, por tanto, la oración de relativo ha de ser necesariamente explicativa e ir marcada en la escritura con las comas correspondientes: Tú, que eres gallego, sabrás cocinar pulpo. Me animaban a mí, que iba en último lugar. Yo, que tengo memoria fotográfica, no recuerdo ese detalle. Abrid vosotros, que estáis de pie. Como cabe apreciar en los ejemplos, estas oraciones adjetivas explicativas suelen tener un matiz causal.

Cuando aparecen adosados al verbo, los pronombres personales indican que este tiene un complemento directo o indirecto de primera, segunda o tercera persona no especificado con otra palabra porque es conocido de los interlocutores: Las habíamos encontrado tiradas en el suelo. Os estuvieron llamando toda la tarde. La gritan demasiado. Pero también pueden existir múltiples razones comunicativas por las que sí interese expresar la palabra a la que aluden los pronombres personales: Esas toallas las habíamos encontrado tiradas en el suelo. Os estuvieron llamando toda la tarde a vosotros dos. A esta niña la gritan demasiado. Todos los pronombres varían de número dependiendo del que tenga el elemento al que se refieren, salvo se, que vale tanto para el singular como para el plural: se lo expliqué a él; se lo expliqué a ellas. En lo referente al género, permanecen invariables le, les y se, por lo cual a menudo resulta imprescindible especificar el elemento al que se refieren para remediar confusiones: Se levanta todos los días a las seis (¿ella, él?). Les pidió que entraran (¿él, ella?, ¿a ellos?, ¿a ellas?).

En las oraciones donde el empleo de los pronombres le  y les es redundante (esto es, no necesario sino reiterativo), se debe mantener siempre el número que corresponda atendiendo al complemento indirecto: Eso mismo le sucede a todos (el complemento indirecto es a todos, luego la redacción correcta sería: Eso mismo les sucede a todos). Cristina le tiene mucho miedo a las enfermedades (el complemento indirecto es a las enfermedades, luego la redacción correcta es Cristina les tiene mucho miedo a las enfermedades). Este error es más habitual en América Latina, pero se va extendiendo a España. Recuérdese, además, que se trata de una redundancia cuyo uso ha de estar justificado y no debe generalizarse.

Pueden coincidir junto al verbo dos pronombres personales, uno como complemento directo y otro como indirecto. Suele tratarse de combinaciones de un pronombre de cualquier persona con otro de tercera en las que el primero alude al complemento directo y el segundo al indirecto: Préstamelas. Te lo regalo. Nos la mataron. Se lo guardó. Como se aprecia en el último ejemplo, cuando en estas combinaciones el pronombre de complemento directo es de tercera persona, le y les se sustituyen por el pronombre invariable se (que es homófono del se reflexivo pero de significado distinto): El doctor se lo ocultó. No se lo tuvo en cuenta. Ya se lo dije a ustedes: hoy no habrá baile. Es común en Canarias y parte de América Latina (México en especial) introducir una marca de plural (cuando se equivale a les) en el otro pronombre: Ya se los dije a ustedes. El dinero que sobre se los regalo. Las Academias de la Lengua han aceptado su uso en la lengua culta por estar tan extendido y porque, según su parecer, evita anfibologías.

La vacilación y las confusiones constantes en el uso de los pronombres personales átonos de tercera persona (lo, la, le; los las, les) como complementos directos e indirectos se recogen en los términos leísmo, laísmo y loísmo. La norma etimológica (derivada del latín) establece que al complemento directo  corresponden en singular lo y la, y en plural, los y las (caso acusativo en latín), mientras que al complemento indirecto corresponde le en singular y les en plural (caso dativo en latín): A esa ingrata no quise prestarle demasiada atención. Se lo encontró en la calle y no le dio las buenas noches. Les anuncié a todas que me marchaba. La ayudé a cruzar la calle. Sin embargo, muchos hablantes (y escribientes) priman la percepción de género del referente sobre el resto de considerandos y, de este modo, dicen  (y escriben), por ejemplo, la/las dije que viniera/vinieran y le/les dije que viniera/vinieran; la/las vi en la calle y le/les vi en la calle, puesto que consideran que los pronombres la y las corresponden al femenino y le y les al masculino. Se suele aceptar que el pronombre lo corresponde a cosas (lo neutro): No me sirvas café; ya no lo pruebo, aunque también hay quienes escribirían ya no le pruebo. Leísmo, laísmo y loísmo son errores los tres que se deben evitar en la escritura, aunque su consideración y estigmatización es muy distinta. Vayamos por partes.

Debido a su extensión desde antiguo entre hablantes cultos y escritores de prestigio, se admite el uso de le en lugar de lo en función de complemento directo cuando el referente es una persona de sexo masculino (le miró en lugar de lo prescrito, lo miró), pero se desaconseja en el caso de les por los cuando el referente es plural (les miró en lugar de los miró) y no se admite en absoluto le por lo en el caso de referente inanimado (el café no le pruebo en lugar de lo correcto, el café no lo pruebo). Tampoco se permite el uso de le y les por la y las, cada vez más frecuente por ultracorrección: A Irene se le veía muy animada (se la veía). Las chicas no permiten  que les invite al cine (las invite).

En el laísmo (esto es, el uso impropio de la y las como complementos indirectos en lugar de le y les) es más evidente todavía la tendencia a primar la distinción de género sobre las funciones de complemento directo e indirecto. Es más frecuente en singular que en plural, sobre todo referente a personas: Las contaban que en el extranjero la vida era mejor (les contaban). La susurraba secretos al oído mientras la buscaba las manos (le susurraba; le buscaba). Quien incurre en laísmo suele ser  a la vez a la vez leísta: La aclaré que a ese le había conocido en la calle (le aclaré; lo había conocido). La norma culta del español estándar no admite el laísmo hablado ni escrito.

El loísmo, consistente en el uso de lo y los en función de complemento indirecto cuando el referente es de género masculino (sea de cosa o persona) o neutro en lugar de le o les, es un fenómeno paralelo al laísmo, pero su frecuencia siempre ha sido menor y se ha considerado vulgar: ¿Qué lo preocupa? (le preocupa). Los gusta molestar (les gusta). Estudiaba informática porque lo admiraba la magia que encerraba (le admiraba). La norma culta del español estándar no admite el loísmo.

Al escribir, a veces se incurre en loísmo —y laísmo— por ultracorrección cuando se duda si el verbo es transitivo o intransitivo y se pretende evitar el leísmo. Se da la paradoja de que los usos loístas y laístas son más frecuentes entre hablantes y escritores de cierta cultura en el caso de los verbos que se construyen con un sustantivo en función de complemento directo y que actúan como semilocuciones verbales, como prender fuego, sacar brillo, dar gusto, dar risa, etc.: Échala un vistazo a esta revista (échale). Se acercaron a los aviones y los prendieron fuego (les prendieron). Juan bailó por darla gusto (darle). Estos casos no deben confundirse con las verdaderas locuciones verbales (hacer añicos, hacer polvo, hacer trizas), formadas por un verbo y un sustantivo, que tienen significado conjunto y funcionan como verbo: La prolongada sequía las ha hecho polvo. Tiró el vaso y lo hizo añicos. No pudo ponerse el vestido porque alguien lo había hecho trizas.

Son frecuentes también las ultracorrecciones provocadas por los verbos transitivos que llevan implícito en su significado un complemento directo, aunque no aparezca en la oración: A mi hija la han pegado en el colegio (le han pegado; el complemento directo sería un golpe, una patada, un puñetazo, etc.). A mi novia la escribí anoche (le escribí; el complemento directo sería un wasap, un correo electrónico….). El tenor se acercó a cantarla (a cantarle; el complemento directo sería una canción, una melodía…).

Es necesario señalar, por último, que algunos verbos favorecen usos leístas en todo el ámbito hispanohablante porque presentan alternancia de dativo-acusativo, de igual modo que otros muchos verbos presentan alternancias de régimen prepositivo  (abastecerse de, con; comerciar en, con; confiar a, en…). Por ejemplo, se sigue debatiendo entre los gramáticos si son casos de leísmo construcciones con los pronombres le y les más verbos como creer, obedecer, escuchar, ayudar y otros similares o se trata más bien de alternancias de régimen: en español europeo se prefieren, a este respecto, construcciones como a Isabel no la creyeron, mientras que en español americano, con escasas excepciones, se opta por a Isabel no le creyeron, puesto que no se considera le complemento directo sino indirecto (dativo y no acusativo): aunque en España sería posible la construcción Isabel no fue creída por el jurado, parece que en la mayoría de los países latinoamericanos se rechazaría.





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jueves, 13 de octubre de 2016

El párrafo

El párrafo
Dentro de un texto, se conoce con este nombre el segmento escrito comprendido entre dos puntos y aparte en el que se trata una idea o ideas asociadas de forma organizada y coherente. Puede estar constituido por un grupo de oraciones relacionadas ―que se separan mediante comas, punto, punto y coma, o puntos suspensivos, signos de interrogación y signos de admiración―, pero también por una sola oración. Es, por tanto, una unidad superior a la oración pero inferior al epígrafe, capítulo y texto. Su finalidad esencial es estructurar el contenido de un escrito, mostrando de una forma gráfica y formal —mediante la separación por puntos y aparte— la organización interna del mismo. Posee, por tanto, valor  significativo y gráfico.

Desde el punto de vista significativo, un párrafo puede ceñirse a un modelo temporal cuando su intención es relatar algo que ha sucedido, presentando los hechos clave en orden cronológico (narración); detallar un proceso paso a paso, recurriendo a expresiones de transición para avanzar en la exposición cuando se pretende, por ejemplo, compartir una receta de cocina (procedimiento); seguir un patrón espacial con el fin de que la vista (mental) viaje, a medida que se progresa, de lo que está más cerca a lo que está más lejos o viceversa (descripción); o apoyar una hipótesis con razones convincentes, yendo de las causas a los efectos, examinando pros y contras o  definiendo un término que se considera crucial (argumentación). Atendiendo a la función primordial que cumpla el párrafo en el texto, se definirá como narrativo, expositivo o de procedimiento, descriptivo o argumentativo. Pero en cualquier texto bien construido es fácil apreciar que sus párrafos incluyen una mezcla de características, aunque bien es cierto que unas destacarán de las otras. Atendiendo tanto a su posición en el texto como al cometido que se le asigna, un párrafo puede ser además introductorio, de desarrollo o de conclusión.

Desde el punto de vista gráfico, el párrafo se distingue en un escrito por comenzar siempre por letra mayúscula y punto y aparte. Existen distintas modalidades formales de párrafo cuyo uso depende de la clase de texto que se desee componer, pero también de preferencias personales. El más habitual en todo tipo de obras impresas es el denominado ordinario, que se caracteriza por llevar sangría en la primera línea: tiene todas las líneas llenas, menos la primera por la sangría y la última, que suele ser corta (aunque podría ser completa). Debe recordarse, no obstante, que en tipología clásica es habitual componer sin sangrar la primera línea del párrafo ordinario después de títulos, subtítulos o citas exentas sangradas.

Poco a poco va ganando preponderancia el párrafo moderno o alemán, utilizado sobre todo en la composición de cartas, revistas y textos de carácter técnico: se distingue por no llevar ninguna sangría y terminar en una línea corta que no llegue a la  mitad de la caja. El párrafo en bloque se diferencia del alemán en que su última línea no es corta, sino de longitud semejante al resto: resulta poco práctico por el esfuerzo de composición que requiere para que sea visible. El párrafo español difiere del alemán en que la última línea corta se centra: su empleo suele limitarse a la composición de pies y epígrafes.

Para la composición de bibliografías, diccionarios, textos de cuadros o índices, el párrafo apropiado es el conocido como francés, que se caracteriza por presentar sangría en todas las líneas menos en la primera inicial.

Ejemplo:
Martínez Gimeno, Carmen (2005), «Corazón de manzana», en Cuentos con corazón. Prólogo de Belén Rueda, Barcelona, Ediciones B.

En composiciones especiales y complejas, así como en textos poéticos, se recurre a otras disposiciones de párrafo en las que prima la creatividad, como ocurre en el centrado o epigráfico, cuyas líneas toman como referencia una línea guía central para formar figuras dentadas a ambos extremos, o el de base de lámpara, que presenta líneas centradas en disminución hasta logar la forma deseada.

No se debe añadir una línea de blanco entre los párrafos ordinarios, pues la sangría inicial basta para distinguirlos visualmente dentro de un texto y, si se duplican las marcas, además de disminuir la simetría se pierde legibilidad. En cambio, los párrafos moderno o alemán, en bloque y español han de separarse obligatoriamente por una línea de blanco para facilitar su visibilidad, pues la línea final (aunque sea corta) no es suficiente para distinguirlos en una página llena.

Por lo que respecta a la justificación, lo habitual en los libros es la completa (izquierda y derecha), mientras que en muchas revistas y en las entradas de blog se prefiere una justificación parcial con alineación de bandera a la derecha (esto es, alineado a la izquierda); también es posible emplear la alineación de bandera a la izquierda (esto es, párrafos alineados a la derecha).

Como conclusión, se debe reiterar que los párrafos no tienen una extensión predeterminada. En general, los que se escriben para libros son más largos que los que se escriben para las columnas estrechas de periódicos y revistas, así como para entradas de blogs. Los párrafos más cortos suelen corresponder a los diálogos de novelas o ensayos.

El texto de esta entrada está compuesto en párrafo alemán o moderno y justificación parcial con alineación de bandera a la derecha.




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jueves, 14 de abril de 2016

Ortotipografía: Cursivas, negritas y signos de puntuación

cursivas, negritas y signos de puntuación
En estos tiempos en que la mayoría escribimos valiéndonos de ordenadores o computadoras y, por tanto, tenemos acceso a las distintas familias de fuentes y formatos de las letras, a menudo surgen dudas sobre su uso que antes no se planteaban más que las personas que se dedicaban a oficios relacionados con la edición y la imprenta. La ortotipografía, como ya he señalado en otras entradas de este blog, es la disciplina eminentemente práctica que combina ortografía y tipografía para establecer pautas comunes en materias tales como los estilos de letras ―redonda, cursiva, negrita, versal, versalita―, el uso de mayúsculas o minúsculas, la disposición de las notas, las citas, el espaciado, la puntuación y demás semejantes.

La combinación de letras y signos de puntuación en cursiva y negrita es asunto que preocupa no solo a los correctores de estilo y pruebas, sino también a todo escritor meticuloso. Cuando un texto se escribe íntegramente en letra cursiva, no existe vacilación para componer todos los signos de puntuación que necesite en ese mismo estilo de letra. Lo mismo cabría afirmar respecto a los textos compuestos en negrita, si bien son bastante escasos por la excesiva mancha que crean en la página (sobre todo si es impresa) y se suelen  limitar a títulos o subtítulos. Sin embargo, cuando se trata de palabras aisladas en cursiva o negrita dentro de un texto compuesto en redonda, surgen las dudas.

Para analizar el estado de la cuestión, se debe establecer, en primer lugar, una distinción entre los signos de puntuación simples (coma, punto, punto y coma, dos puntos, puntos suspensivos) y los signos de puntuación dobles (comillas, interrogación, exclamación, paréntesis, corchetes) que se escriben junto a una o varias palabras seguidas compuestas en cursiva o negrita. En el caso de los simples, una buena parte de los ortotipógrafos consideran que deben mantener el mismo estilo de letra que la palabra a la que acompañan. Por consiguiente, se escribiría:

No te pierdas El olivo; es la última película de Isabel Coixet.
A Jaime le gusta decir tonterías como tragiversar, estruégano o la Soborna: no lo aguanto.

Este es el criterio que se mantiene en muchas casas editoriales españolas y americanas. No obstante, hay ortotipógrafos (y lingüistas) defensores de una postura diferente: sostienen que el signo de puntuación simple ha de conservar el estilo de letra predominante en la oración, prescindiendo del que tenga la palabra junto a la cual se escriba, puesto que dicho signo puntúa oraciones y no palabras. Por tanto, un signo de puntuación simple se compondrá de redonda siempre que la oración en la que aparezca la palabra en cursiva o negrita esté compuesta también de redonda. Este criterio parece hoy minoritario entre las casas editoriales.

Por lo que respecta a los signos de puntuación dobles de interrogación, exclamación y comillas escritos junto a palabras en cursiva dentro de un texto compuesto en letra redonda, el criterio mayoritario establece que se compondrán de cursiva cuando la palabra, locución o título afecte a ambos signos y de redonda en caso contrario. Así pues, escribiremos:

¿Que todavía no has ido a ver La chica danesa?
«¿Eso de sacco di merda será peor que  fuck you?», se preguntó Marito.
Busqué sin encontrar ¿Quién teme a Virginia Woolf? en la cartelera.
¡La dama de las camelias no es mejor que Guerra y paz!

Una regla tipográfica universal en este caso establece que se ha de mantener para el signo de cierre el mismo estilo de letra que se empleó para el de apertura.

Aunque al comienzo he unido la suerte de las palabras compuestas en cursivas y las compuestas en negritas, la realidad es que cuando se trata de estas últimas, es más difícil establecer un consenso. Muchos puristas se acogen también en esta cuestión al criterio considerado de buena tipografía que exige para el signo ortográfico adyacente a una palabra compuesta en una familia, tipo o cuerpo distintos a los usados en el resto del texto ese mismo cambio de letra. Por tanto, a una palabra escrita en negritas le debe seguir un signo en negritas. Sin embargo, muchos ortotipógrafos, aduciendo que las negritas manchan en exceso la página (sobre todo impresa, como ya he señalado), solo admiten el uso de signos de puntuación en negrita ―en especial si se trata de los dobles― cuando la oración completa vaya compuesta en ese estilo de letra.

En lo referente a los paréntesis, corchetes y rayas, la regla tipográfica de consenso establece que se debe mantener el mismo formato del signo de apertura en el de cierre; asimismo, establece que el signo de apertura se compondrá en idéntico formato que el texto donde aparece, a no ser que encierre una o varias palabras escritas en cursiva y ninguna de redonda: en este caso, adopta este mismo formato de letra. Así, escribiremos:

Ese libro (Princesas y payasos vestidos de raso) no me gustó.
No lo encontré en la biblioteca (ese libro, ya sabes: Princesas y payasos vestidos de raso).
El hueso estaba cerúleo [sic].

En el caso de uso (bastante improbable) de negritas, se aplicarían las mismas reglas, pero se mantienen las objeciones y restricciones ya explicadas con anterioridad.

Para las llamadas de notas, el criterio mayoritario es componerlas en cursiva cuando el texto está íntegramente escrito en cursiva, y de redonda, cuando solo se trate de una palabra en cursiva dentro de un texto en redondas. No obstante, hay sellos editoriales que componen las llamadas de nota adyacentes a una palabra escrita en cursiva también en cursiva. El número de la nota a pie de página o al final siempre se compondrá de redonda. En el caso improbable de llamadas junto a palabras en negritas, se aplicarían los mismos criterios, con las restricciones ya señaladas.

Para finalizar, recuérdese, como norma general, que una vez decidido el criterio que se va a emplear para la composición de un texto, ha de mantenerse de principio a fin. Los correctores de estilo y pruebas deben asegurarse de las pautas que se siguen en los sellos que contraten su trabajo.




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domingo, 27 de marzo de 2016

Historias de plagio

Plagio
Me pidieron opinión sobre un presunto plagio: quise negarme pero al final, picada la curiosidad, acabé leyendo los dos originales. Uno me gustó más que el otro, aunque ninguno me entusiasmó pues, a mi entender, había en los dos demasiado recurso al sentimiento fácil y apenas literatura. No encontré plagio, sin embargo. Ambientación en una misma época y alguna idea compartida con distinto desarrollo son meras coincidencias nada más.

Para fundamentar mi juicio, puse como ejemplo a los hermanos Machado, ambos poetas. Manuel y Antonio bebieron de las mismas fuentes e incluso en su juventud colaboraron juntos en algunas obras de creación teatral. Podría afirmarse que sus trayectorias literarias corrieron casi parejas hasta el estallido de la guerra civil española. Entonces sus caminos se bifurcaron para no reencontrarse nunca jamás. Manuel, quien se hallaba en la ciudad de Burgos sublevada, escribió un poema laudatorio al sable del generalísimo que le valió el reconocimiento de los vencedores, mientras que Antonio emprendió con los vencidos republicanos el camino del exilio para acabar muriendo en Colliure (Francia).

Antes de esos desdichados acontecimientos, cada uno de los hermanos había dedicado sus versos a la saeta andaluza. La inspiración fue la misma; el título, también. Incluso alguna estrofa podría intercambiarse de un poema al otro:

I
«Míralo por dónde viene
el mejor de los nacidos...».

Una calle de Sevilla
entre rezos y suspiros...
Largas trompetas de plata.
Túnicas de seda... Cirios,
en hormiguero de estrellas,
festoneando el camino...

El azahar y el incienso
embriagan los sentidos.
Ventana que da a la noche
se ilumina de improviso,
y en ella una voz ―¡saeta!―
canta o llora, que es lo mismo:

«Míralo por dónde viene
el mejor de los nacidos...».

II
Canto llano... Sentimiento
que sin guitarra se canta.
Maravilla
que por acompañamiento
tiene..., la Semana Santa
de Sevilla

Cantar de nuestros cantares,
llanto y oración. Cantar,
salmo y trino.
Entre efluvios de azahares
tan humano y, a la par,
¡tan divino!

Canción del pueblo andaluz:
...de cómo las golondrinas
le quitaban las espinas
al Rey del Cielo en la Cruz.


¿Quién me presta una escalera,
para subir al madero, 
para quitarle los clavos 
a Jesús el Nazareno? 
(Saeta Popular)

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
que es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

El poema de la derecha, el de Antonio, es hoy el más conocido gracias en parte a que lo popularizó Joan Manuel Serrat al cantarlo. Los dos hermanos versificaron también su autorretrato, Manuel al menos en dos poemas, el titulado «Adelfos», que comienza: «Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron / soy de raza mora, vieja amiga del sol, / que todo lo ganaron y todo lo perdieron. / Tengo el alma de nardo del árabe español», y en el titulado «Retrato», que comienza: «Esta es mi cara y esta mi alma: leed. / Unos ojos de hastío y una boca de sed... / Lo demás, nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe... / Calaveradas, amoríos... Nada grave. / Un poco de locura, un algo de poesía, / una gota del vino de la melancolía...»; Antonio, al menos en el poema titulado «Retrato», que comienza: «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero; / mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; / mi historia, algunos casos que recordar no quiero», y en el titulado «Coplas mundanas», que comienza: «Poeta ayer, hoy triste y pobre / filósofo trasnochado, / tengo en monedas de cobre / el oro de ayer cambiado».

Hoy Manuel Machado está casi olvidado mientras que los versos de Antonio durante años y años han ido corriendo de boca en boca y de canción en canción. El prestigio que obtuvo uno en vida durante el franquismo lo consiguió el otro en la muerte llegada la transición a la democracia española. ¿Es uno mucho mejor que el otro? ¿Hubo un poeta original y un plagiario?

Al repasar la obra poética de cada uno, sorprende encontrar tantas similitudes, tantas fuentes compartidas; pareciera que incluso los hermanos se retaban para escribir sobre un mismo tema, ambos peritos en el arte de alumbrar con las palabras. ¿Quién fue y es mejor? Cuestión de gustos. Yo recuerdo de mis años escolares un poema de Manuel Machado llamado «Castilla» y dedicado al Cid cuando lo destierran y nadie le quiere dar cobijo. La estrofa que se repite es la siguiente: «El ciego sol, la sed y la fatiga. / Por la terrible estepa castellana, / al destierro, con doce de los suyos, / polvo sudor y hierro el Cid cabalga». De esos mismos años escolares, me acuerdo también de un poema de Antonio Machado,  titulado «Recuerdo infantil», tal vez porque me veía en él reflejada: «Y todo un coro infantil / va cantando la lección:  /"mil veces ciento, cien mil; /mil veces mil, un millón". / Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de la lluvia en los cristales».

No creo que hubiera ningún plagio, ninguna mala intención de apropiarse de la creación del otro. ¿Cómo iba a plagiar  alguien capaz de escribir: «Porque ya / una cosa es la poesía / y otra cosa lo que está /grabado en el alma mía... / Grabado, lugar común. /Alma, palabra gastada. / Mía... No sabemos nada. / Todo es conforme y según»? (Manuel Machado).  ¿O quien pudo componer: « Y al cabo, nada os debo; debeisme cuanto he escrito. / A mi trabajo acudo, con mi dinero me pago / el traje que me cubre y la mansión que habito, / el pan que me alimenta y el lecho en donde yago»? (Antonio Machado).

Las fuentes de la literatura (y de la vida) están para beber de ellas. Nadie plagia por saciar su sed y cobrar fuerzas para seguir camino, llegar más lejos. La inspiración nada tiene que ver con la copia. Y, por cierto, recuerdo muy bien lo que escribieron los hermanos Machado, uno y otro, pero ya están borrosos en mi mente los originales en disputa que originaron este texto. Dentro de poco quedará en mi memoria la anécdota del plagio; de su contenido... nada.
 




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martes, 8 de marzo de 2016

Soy feminista

Las mujeres que quieren algo más que la vida familiar vuelven político lo personal, aunque no lo pretendan, con cada paso que dan fuera del hogar. Una mujer en el Parlamento o en una plataforma política equivale a hacer público algo tan personal como una boca femenina o el bajo de una falda.
Barbara Sichterman, 1986. (La traducción del inglés es mía).

feministaLa primera vez que me llamaron ‘feminista’ tenía yo menos de dieciocho años y viajaba en un autobús de línea que cubría la ruta entre Talavera de la Reina y Madrid. A mi lado había sentado un buen hombre del cual solo recuerdo que era corpulento y de pelo cano. No habían dado aún las nueve de la mañana, cuando sacó un puro de la chaqueta y se puso a encenderlo parsimonioso con un mechero. Yo carraspeé molesta en cuanto me llegó el apestoso humo; luego tosí una o dos veces, pero como el buen hombre no se dio por aludido, lo miré, probablemente poniéndome colorada hasta las pestañas, pues yo entonces era tímida, y dije que me estaba molestando y que había elegido precisamente ese asiento porque se suponía que era de no fumadores. El buen hombre me devolvió atónito la mirada y, meneando la cabeza, soltó: «Joder con la feminista».

Él había hablado en alto adrede, para que todos lo escucharan. Era una invitación a una conversación tumultuosa de las que tanto gustan en lugares públicos, y el anciano que iba sentado en nuestra misma fila al otro lado del pasillo no tardó en intervenir, comentando algo así como que «apañados estábamos entre tantas minifalderas y ecologistas…». No entendí el resto de su parlamento porque la buena mujer que iba a su lado se irguió cuanto pudo, levantando la cabeza peinada con apretada permanente, para acudir en mi defensa gritando más fuerte: «Que sí, que la chica tiene razón, ¡vamos, hombre, habrase visto!, es una falta de consideración y una asquerosidad ponerse a echar humo en un sitio cerrado donde viajamos tantos sin podernos mover… ¡y a estas horas!».

He de reconocer que a mí lo de ‘feminista’ me había sonado a insulto: como cuando llamaban a una minifaldera, fuera ecologista o no, ‘perra’, ‘zorra’ o ‘loba’. Y me sentí ofendida, aunque entonces desconocía el alcance del lenguaje sexista. Sin embargo, mi madre no estuvo de acuerdo cuando le expliqué el incidente: ella, que siempre fue biempensante, dedujo que la palabra no tenía más significado que ‘rebelde’. Pensé que, si era así, el fumador de puros tenía razón.

Yo llevaba en rebeldía desde que podía recordar: me negaba a escribir con la mano derecha, que era torpe, y utilizaba siempre la izquierda, con la que era capaz de cortarme las uñas siendo bien pequeña, peinarme a mí y a mis hermanas, abotonar los vestidos, atar los nudos de los zapatos y hacer preciosos dibujos que coloreaba sin salirme de los bordes. «Te vas a condenar», me repetían en el colegio las monjas maestras cuando me ataban la mano a la espalda para corregirme un defecto tan vil. Nunca lo creí ni me dejé convencer: fruncía el ceño y apretaba los labios, pensando que con la de cosas importantes que sucedían a nuestro alrededor en el mundo, no podía haber un dios tan ocioso como para estarse fijando en un detalle tan nimio como con qué mano yo hacía las cosas. Callaba, pero a la menor distracción de las monjas, me soltaba la mano prohibida y volvía a utilizarla. Creo que a los diez años, cuando la madre superiora me exigió al final de curso hacer el examen de ingreso al bachillerato con la mano izquierda atada, fue la primera vez que me atreví a plantar cara: «Si Dios hubiera querido que escribiera con la derecha, como las demás niñas, no me habría dado una mano izquierda tan buena». No me sirvió de nada mi valentía. Hice el examen con la mano atada: nunca lo he olvidado.

feminismo
Mirando hacia atrás desde el lugar privilegiado que otorga el paso del tiempo, afirmaría que la primera noción sobre ‘feminismo’ que tuvo esta siniestra rebelde con causa provino de una novela del famoso escritor, hoy olvidado, José Luis Martín Vigil, Un sexo llamado débil, que contaba la vida de tres chicas, Coro, Paula y Baby (aún recuerdo sus nombres) desde la adolescencia hasta la universidad. Había en ella un personaje especial, una profesora de literatura, que les decía a las chicas algo así: «Si nueve de cada diez estrellas utilizan Lux, entérate de qué jabón utiliza la décima para no comprarlo tampoco». El anuncio de ese jabón se repetía sin cesar en la publicidad de la televisión, y la profesora de literatura intentaba hacer pensar a sus alumnas más allá de los cánones de belleza establecidos y del lugar en el mundo que la sociedad les había destinado. Creo recordar también que ese personaje se ajustaba al estereotipo de feminista extendido, tanto entonces como ahora, entre el común de los  mortales y los medios de comunicación: mujer soltera que apenas se arregla, tiene más estudios e intereses intelectuales que la media de su mismo sexo y vive algo amargada, sacando defectos a casi todo. De las feministas, las sufragistas son las que más salían y salen en los medios de comunicación debido a las novelas y películas estadounidenses e inglesas. Incluso en Mary Poppins la atolondrada madre de clase alta era sufragista, como lo acreditaba la banda ―semejante a las de las reinas de belleza― que lucía sobre su puntiagudo pecho: era precisamente su lucha incansable por la igualdad, que la alejaba de su casa y de sus obligaciones para con su marido y sus hijos, la que propiciaba la llegada de la niñera mágica. Pero en España, después del fracaso de las dos repúblicas, no habían quedado sufragistas. Para qué, si en una dictadura como la nuestra, ni los hombres de pelo en pecho votaban.

Cuando mis padres planearon sacrificarse para mandar a todas sus hijas, igual que a su único hijo, a la universidad, no lo hicieron por afán de mejorar la sociedad en la que vivíamos, sino para asegurarse de que fuéramos capaces de valernos por nosotras mismas; en definitiva, para asegurarse de que fuéramos libres. Algunos conocidos, medio en broma, medio en serio, los censuraban: «¿Para qué tanto estudio? Son guapas y se casarán… si no se vuelven unas marisabidillas de esas tan insoportables». La respuesta de mis padres siempre fue la misma: los estudios nunca nos estorbarían puesto que, si queríamos casarnos, nos servirían para tener capacidad de elegir mejor y, de  permanecer solteras, nos posibilitarían para encontrar un trabajo con que mantenernos sin depender de la caridad ajena.

De este modo, sin haberme parado a pensarlo, crecí convencida de que yo dirigiría mi destino y que, si encontraba un compañero, jamás lo consideraría  «la cuchara que me iba a dar de comer» ni lo elegiría por eso. Estas palabras las escuché muchas veces en boca de mi madre porque la suya se las había repetido una y otra vez a ella y sus dos hermanas desde el momento en que empezaron a noviear. Mi abuela, a su modo, les quería asegurar el futuro, advirtiéndoles de que se fijaran en aspectos importantes de los chicos que las pretendían y no en nimiedades pasajeras. Lo mismo hizo mi madre con nosotras al darnos estudios, y lo mismo hice yo con mi hija al enseñarle a proteger su cuerpo y su mente, a decidir por sí misma. A ser independiente. A labrar su propia vida.

¿Qué nos impulsa a actuar de determinado modo ante circunstancias de la vida? No nos habíamos puesto de acuerdo las hermanas cuando un día alguna decidió que ya había llegado el momento de que nuestro único hermano, que es el penúltimo, aprendiera a hacerse su cama. Mi madre afeó tal pretensión: siendo tantas nosotras, ¿qué nos costaba ocuparnos de eso? «Somos iguales, mamá, tiene que aprender», respondió alguna de las mayores. Y, sin embargo, pasados los años, como mujeres activas fuera de casa, todas las hermanas hemos padecido la doble jornada, el precio de la liberación femenina prometida, porque jamás de los jamases se pueden descuidar los deberes familiares considerados propios de nuestro sexo y apenas compartidos con el otro.

En el pasado, como ahora, existía violencia de género, aunque no tuviera nombre. Quien más quien menos conocía a alguna malcasada que sufría maltrato, quien más quien menos sabía de padres misóginos, ausentes o infieles, de madres tan abnegadas como infelices, de curas con sobrinas jóvenes, de solteronas desamparadas, de chicas arrojadas al arroyo, casadas a la fuerza o mandadas a Londres en avión… Ayer, igual que hoy, la lista de infortunios debidos al género era interminable. Hoy, al menos, algunos despiertan el interés mediático y logran solución. Para otros, cuando son  irremediables, no queda más que gritar ¡nunca más!, a sabiendas de que lo mismo repetiremos a los pocos días y enseguida otra vez. ¿Hasta cuándo?
    
Ser feminista significa defender la igualdad de derechos y deberes en la sociedad, prescindiendo del género. Hombres y mujeres somos diferentes: tenemos, por ejemplo, hormonas distintas y órganos sexuales distintos. Las mujeres parimos hijos y los hombres no. La fuerza física de los hombres suele ser superior a la nuestra. Según las estadísticas, la población de mujeres en el mundo es mayor que la de los hombres y, sin embargo, somos casi invisibles en la historia o las ciencias porque son los hombres quienes ocupan los principales cargos de poder y prestigio. Ocupan la narrativa que cuenta, la de mayor valor. Incluso en la cocina: hay más cocineros que cocineras con fama, a pesar de ser las mujeres quienes, en general, se han encargado de alimentar a la humanidad a lo largo y ancho del mundo y de los siglos; las que han pasado recetas de madres a hijas. Las mujeres también ganan menos que los hombres por el mismo trabajo: ¿esa discriminación tiene que ver con la preparación o la inteligencia?  Parece que no, puesto que una mujer puede ser igual o más inteligente, creadora e innovadora que un hombre, y algunas, incluso, igual de fuertes (aunque esa cualidad sea una rémora del pasado que ya no debiera importar).  Por tanto, el hombre gana más por el simple hecho de ser hombre. Aunque la humanidad ha evolucionado, las ideas sobre el género siguen ancladas en el pasado. Y lo permitimos.
   
Hace no muchos años, el día en que al encargar un pedido especial para una celebración, el pescadero, con papel en mano, me preguntó para apuntarlo: «¿Señora de?», yo respondí que no era señora de nadie, sino Carmen Martínez Gimeno. Dueña de mi misma. Entonces ya tenía conciencia de que era feminista, a pesar de que no falten quienes se sientan incómodos cuando uso esa palabra. Muchas personas afirman defender los derechos humanos para no verse obligadas a pronunciar ‘feminista’. Pero es una trampa: defender los derechos humanos es un punto de partida; además, hay que tener la valentía de reconocer que han sido las mujeres, la mitad de la humanidad, quienes han sufrido exclusión solo por haber nacido con ese género o haberlo adoptado por propia decisión.

Yo soy feminista igual que soy zurda. Zurda nací y no consiguieron corregirme porque no supieron darme razones que me convencieran para relegar mi mano siniestra hábil en favor de la otra diestra mucho más torpe (de esa lucha enconada, saqué en limpio convertirme en ambidextra para algunas tareas, como hacer punto, conducir o utilizar el ratón del ordenador). Fui feminista antes de saberlo, en parte por la educación que recibí y en parte por las experiencias vividas en los distintos países en los que he tenido la suerte de pasar largas temporadas. La misma rebeldía que me mantuvo zurda me obliga a cuestionarme las cosas, a ser progresista y a defender la idea de que la igualdad de oportunidades, la igualdad de derechos y deberes, conduce a una sociedad mejor, más justa. Porque el feminismo no consiste más que en eso: en que cada cual pueda tomar sus propias decisiones y asumir las responsabilidades que le correspondan, siempre en igualdad y en libertad, prescindiendo de su género.

En 1851, Sojourner Truth, abolicionista afroamericana tras haber sufrido en propia carne la esclavitud, contestó del siguiente modo a un clérigo que se oponía a la concesión de derechos civiles a las criaturas desvalidas y físicamente débiles que eran para él las mujeres:

Ese hombre de ahí dice que las mujeres necesitan ayuda para subir a los carruajes o brincar zanjas, y que en todas partes se les ceden los mejores sitios. A mí nadie me ayuda a subir a los coches ni a saltar charcos y barro, ni me ofrece su mejor asiento… y ¿acaso no soy yo una mujer? […] ¡Mírenme! ¡Miren este brazo! […] Con él he arado, sembrado y recogido cosechas, sin ayuda de ningún hombre… y ¿no soy yo acaso una mujer? He sido capaz de trabajar  y ―cuando podía― de comer tanto como un hombre, ¡y también de aguantar el látigo! Y ¿acaso no soy yo una mujer? He traído al mundo trece hijos, y he visto como a la mayoría los compraban otros hombres para hacerlos esclavos, y cuando lloré a gritos mi duelo de madre, nadie más que Jesús me escuchó… Y ¿no soy yo acaso una mujer?  (Citado en History of Woman Suffrage, de Elizabeth Cady Stanton et al.,  vol. 1, pág. 116. La traducción del inglés es mía. Se pueden consultar los seis volúmenes que componen esta obra en varios sitios de internet).

Sojourner jamás aprendió a leer ni a escribir, y hablaba un inglés popular deficiente, pero fue capaz de alzar su voz en la Convención de Derechos de las Mujeres celebrada en Akron (Ohio, EE UU). Su pregunta «Ain’t I a woman?» («¿Acaso no soy yo una mujer?») corrió como la pólvora, convirtiéndose en un lema de la lucha por los derechos de las mujeres. Sojourner fue feminista mucho antes de saber lo que eso significaba, como tantas otras de nosotras. Como tantos hombres justos. Como debería serlo la sociedad entera.


Tres libros para acercarse al feminismo

Chimamanda Ngozi Adichie (2015), Todos deberíamos ser feministas, trad. de Javier Calvo, Barcelona, Penguin Random House. (Existe edición digital). Una visión actual que hace hincapié en la situación africana. Muy ilustrativo y sencillo de leer, como todo lo que escribe esta autora nigeriana.

Mary Wollstonecraft (1994), Vindicación de los derechos de la mujer, trad. de Carmen Martínez Gimeno, Madrid, Cátedra. Uno de los pilares de los estudios sobre feminismo, escrito en la Inglaterra de finales del siglo XVIII por una mujer adelantada a su tiempo, «en nombre de la razón e incluso del sentido común», según ella misma afirmó.

Kate Millett (1995)Política sexual, trad. de Ana María Bravo García y Carmen Martínez Gimeno, Madrid, Cátedra. Libro escrito a finales de los años sesenta en los Estados Unidos, en plena vorágine de movimientos reivindicativos encabezados por colectivos de estudiantes, mujeres y personas de raza negra. Sus planteamientos provocaron apasionados debates sobre muchos asuntos relacionados con el género que continúan vigentes.



¿Te gusta este blog? Te animo a leer alguna de mis novelas. ¡Te encantarán!
Carmen Martínez Gimeno

viernes, 19 de febrero de 2016

Publicar en papel con CreateSpace

Publicar en papel con CreateSpace
Dos pensamientos rondaron mi cabeza cuando me llegó por correo electrónico la publicidad que me invitaba a publicar mis libros en papel con CreateSpace. Me acordé enseguida de un programa llamado Tengo un libro en las manos, que emitía la televisión estatal española, de dos únicos canales, durante mi infancia. Lo presentaba un señor, a mis ojos de niña, mayor y taciturno, repeinado, vestido con traje oscuro, encorbatado y con grandes gafas de pasta negra. No recuerdo si lucía ese bigote recto tan habitual de la época en los hombres públicos, pero sí permanece en mi memoria que me gustaba cómo, de pie ante las cámaras, sujetaba un libro entre las manos, lo acariciaba, pasaba sus páginas y hablaba de su contenido. De lo que explicaba, la única huella consciente que conservo es el descubrimiento de la palabra ‘ordalía’ y los horrores que podía ocasionar: la aprendí en la pequeña representación teatral que seguía a la presentación de un libro, cuyo nombre he olvidado, de la cual me impresionó el triste destino padecido por un joven enamorado de la hija del rey a quien arrojaban a un río helado de las tierras nórdicas para que probara su inocencia ante el robo de un clavo de hierro que formaba parte del tesoro real.

Pensé a continuación en «El arte nuevo de hacer libros», el largo artículo escrito por Ulises Carrión, hace ya tantos años, en la revista Plural (núm. 4, México, 1975) y, al releer sus palabras, las encontré más vigentes que nunca: 

En el arte viejo el escritor se cree inocente del libro real. Él escribe el texto. El resto lo hacen los lacayos, los artesanos, los obreros, los otros.
En el arte nuevo la escritura del texto es solo el primer eslabón en la cadena que va del escritor al lector. En el arte nuevo el escritor asume la responsabilidad del proceso entero.
En el arte viejo el escritor escribe textos.
En el arte nuevo el escritor hace libros.

Yo escribo textos y ayudo a crear libros. Es parte del oficio que elegí desde los días universitarios, y CreateSpace me estaba ofreciendo la oportunidad de hacer mi propio libro en papel, de responsabilizarme del proceso completo. Parecía brindarme las artes para, esta vez, no ser yo la lacaya, la artesana, la obrera que trabaja para otros. Sin embargo, no podía resultar tan fácil como lo pintaba: por sistematizado que estuviera el procedimiento, editar en papel no es tarea sencilla; lo sé por experiencia. ¿Era posible realmente obtener una buena edición con CreateSpace sin recurrir a su servicio de pago?

 Al igual que cuando me planteé, hace casi cuatro años, publicar mis novelas digitales con Amazon, lo primero que hice fue investigar en internet, recopilar información y  leer artículos al respecto; solo después resolví probar la plataforma de edición en papel. Sin duda, es sencillo darse de alta en CreateSpace y seguir los pasos sucesivos hasta llegar al momento de mandar por internet el archivo del libro que se desea publicar. No obstante, llegado ese punto, conviene hacer un alto para reflexionar y tomar las decisiones oportunas. Es evidente que no se conseguirá una edición profesional si no se actúa como lo haría una buena editorial, preparando con cuidado el manuscrito y la cubierta, además de vigilar todas las etapas del proceso de publicación.  

Huelga decir que es condición necesaria (aunque no suficiente, como demostraré) disponer de un original (el archivo de nuestra obra) limpio y corregido en el que no haya errores ortográficos ni sintácticos. Además, en su configuración física el original debe ceñirse a la habitual de los libros impresos. Las pautas son las siguientes:         

·         Dos primeras páginas en blanco (una hoja por las dos caras), que son las llamadas hoja de cortesía o de respeto.
·         Página de portadilla o anteportada, donde aparece solo el título del libro (impar).
·         Página de derechos, donde aparecen todos los datos del libro (par).
·         Página de portada, con el título del libro y el nombre de la autora (impar).
·         Página siguiente en blanco.
·         Página de dedicatoria, si  hubiera (impar).
·         Página siguiente en blanco.
·         Texto del libro. Pueden ser los agradecimientos, el prólogo, la introducción o el primer capítulo (es la primera página que se numera y tiene que ser impar; para la numeración cuentan todas las páginas en blanco).
·         Al final, el índice (en página impar y numerada). También se puede situar al comienzo, a continuación de la página de dedicatoria.
·         Una o dos hojas de cortesía.

Para publicar con CreateSpace, la cubierta debe ajustarse a sus especificaciones establecidas. Como en este caso no tiene solapas, en la contracubierta, a la presentación del libro se debe añadir la de la autora, así como su foto, si se desea. Aprovecho para hacer un inciso y señalar un error frecuente: la confusión de ‘portada’ con ‘cubierta’ en el libro físico. Cuando las hojas de pergamino o de papel comenzaron a plegarse para formar un cuadernillo en cuarto, octavo u otra fracción más pequeña, y luego se cosieron o pegaron los diversos cuadernillos que constituían una obra, nació el libro más o menos como lo conocemos en la actualidad. Pero los primeros no llevaban cubiertas, esto es, las tapas protectoras, más duras que el resto de las hojas: comenzaban por la misma portada, motivo por el cual  muchas se deterioraron y perdieron.

La portada del libro actual ―donde se consigna el nombre de la obra, de la autora y de la editorial― va precedida por la página de derechos y una portadilla ―donde aparece solo el título de la obra: es la página que se suele emplear para escribir las dedicatorias a mano cuando así se requiere―, y esta, a su vez, va precedida por las hojas de cortesía o respeto. Las cubiertas, donde se ilustra con imágenes el contenido del libro, también reciben el nombre de ‘tapas’ y ‘forros’; la parte posterior de la cubierta es la ‘contracubierta’, ‘cuarta de cubierta’ o ‘cuarta de forro’. El ‘explicit’ o ‘colofón’  también era años atrás una parte fundamental del libro: la hoja impar final antes de la tapa o contracubierta donde se especificaban los detalles de la publicación. En la actualidad, solo algunos llevan colofón, y en él se suele indicar quién imprimió el libro, dónde y con qué tipos de imprenta.

Crear la cubierta para mi libro en papel no fue complicado. Quería conservar la portada que me había hecho Lola Menéndez Rodríguez para la edición digital (en los libros digitales, no hay que hacer distinción entre cubierta y portada, como es obvio), así que contraté a Alexia Jorques para que la adaptara, añadiera el lomo y una contracubierta con el texto explicativo de la novela y mis datos sobre un fondo del mismo grabado antiguo de Sevilla que se había utilizado para la primera portada digital. Tras algunos retoques, el resultado fue muy bueno.

El trabajo de maquetación y publicación de la novela fue mucho más complicado. CreateSpace admite archivos en Word y en formato PDF. Pero vayamos por partes: en primer lugar, se debe seleccionar el tamaño de libro publicado que mejor se adapte a nuestro original. Ello significa, en pocas palabras, que el número de páginas determinará el tamaño. Como mi novela superaba las 500 páginas, elegí un tamaño grande (6" x 9"; es decir, 5,24 x 22,86 cm); también decidí suprimir los encabezados de las páginas, que tienen sentido, sobre todo, cuando en un libro hay varios autores y diversos artículos (los encabezados, distintos según correspondan a página par o impar, señalan unos u otros). Las obras de ficción extensas no suelen llevar encabezados y también está permitido, en aras de ahorrar papel, que los capítulos comiencen en la página donde buenamente caigan y no siempre en impar, como es habitual en el resto de los libros. Yo me decidí por esta composición a fin de que el precio de venta final no se disparara (CreateSpace obliga a establecer un precio dentro de unos márgenes mínimos que no se pueden traspasar).

Asimismo, CreateSpace proporciona unas plantillas para maquetar los libros. Yo las utilicé y mandé mi archivo Word ajustado a ellas. Pero una vez finalizado el proceso de elaboración informatizado, el resultado que me mostró su visualizador digital fue decepcionante. CreateSpace convierte a PDF el archivo en Word que se le envía y, al hacerlo, surgen fallos que no se pueden controlar. Al revisar las páginas de mi futura novela impresa, encontré multitud de errores que había que solucionar: por citar solo los más graves, la gestión del espacio en las páginas no era equilibrada; había páginas finales de capítulo con dos o tres líneas; y el número de líneas no era el mismo en todas las páginas (sin incluir las finales de capítulo). Yo sé detectar los errores de maquetación porque es parte de mi oficio de editora, pero nunca he maquetado yo misma y, por tanto, desconozco cómo corregir los fallos que suelo marcar para que otros se ocupen de subsanarlos. Antes de tomar decisiones, pedí una prueba de edición a CreateSpace para revisar en papel físico mi novela.

Tardó muy poco en llegar porque la ordené por envío urgente. Y mi conclusión fue la siguiente: todos los elementos de las cubiertas estaban perfectos, y el acabado en brillo era de calidad. En cuanto al interior del libro, la impresión era excelente; el papel crema, de buen gramaje… pero, ay, la macha de la página era irregular en sus espacios y los defectos que había detectado en la revisión digital quedaban más que patentes en la prueba física. Era evidente que necesitaba una maquetadora experimentada, así que me puse en contacto con Mariana Eguaras, cuyo magnífico blog sobre edición había consultado muchas veces, y la contraté tras explicarle mis problemas. Ella hizo un trabajo profesional: entendió mis cuitas, corrigió todos los defectos que yo había encontrado y me proporcionó en un tiempo más que razonable un PDF con calidad de impresión (PDF/X) para enviar a CreateSpace.  

Por si sirve de ayuda, especifico a continuación los criterios que se han de tener en cuenta en la composición de una página impresa:
  
·         Ninguna página ha de comenzar por una línea corta; esto es, por una línea que no ocupe por completo el espacio del margen izquierdo al derecho de la página. A la línea corta con la que termina un párrafo, si aparece al comienzo de una página o columna, se la denomina línea viuda. (Recuérdese que, en los diálogos, las líneas de comienzo de parlamento, sean cortas o largas, no cuentan a estos efectos).
  
·         También han de evitarse las líneas huérfanas; esto es, la primera línea de un párrafo que queda situada al final de una página o de una columna, separada del resto del párrafo o columna, que van en la página siguiente. Los procesadores de texto cuentan con una función automática para evitar las líneas viudas y huérfanas: esta es la causa de que las páginas resultantes no tengan nunca el mismo tamaño de caja tipográfica; esto es: varía el número de líneas y el margen inferior. Por tanto, los archivos Word creados de ese modo pasarán a formato PDF con ese mismo problema y no serán aptos para impresión. Sin embargo, CreateSpace no detecta este fallo y los da por válidos, por lo cual la publicación no tiene un acabado profesional.

·         El espacio de separación entre palabras ha de ser homogéneo. Para ello, ha de habilitarse en el procesador de textos la partición de palabras a final de línea, comprobando que se respetan las reglas que existen al respecto (pueden consultarse en «Ortografía IV. La división de las palabras»). De este modo desaparecerán las llamadas calles o ríos que tanto afean las impresiones poco profesionales.

·         Deben evitarse más de tres divisiones de palabras seguidas a final de renglón y no se permitirán dos seguidas idénticas (por ejemplo: cami-nado; desayu-nado).

·         La última línea de un párrafo ha de tener más de cinco letras (o caracteres), aparte del signo de puntuación que corresponda. La inferior a dicho tamaño se denomina ladrona en tipografía y, por lo general, se gana (pero también se puede alargar, añadiendo alguna palabra, según convenga).

·         Ningún capítulo terminará en una página con menos de cuatro líneas (lo ideal es que incluso tenga más). Para conseguirlo, se dobla alguna línea, añadiendo las palabras necesarias, o se ganan otras, suprimiendo algunas palabras.

Una vez finalizado el proceso de revisión del PDF/X junto con Mariana Eguaras, lo envié a CreateSpace, comprobé el resultado en el visor digital y, como esta vez no encontré sorpresas desagradables, di el «tírese», lo que en la edición clásica significa autorizar la impresión. Después, en poco tiempo, tuve el libro en las manos. Mi novela en papel, cuando yo había previsto que ya solo sería escritora digital… Las pasadas navidades me di el gusto de regalarla a mi familia y amigos, y he de reconocer que son muchos más los que la están leyendo que cuando estaba solo en versión digital. Incluso se vende en una librería de Alcalá de Henares donde la llevó mi pareja (yo soy muy apocada para esas cosas).

He de decir que estoy contenta. Seguiré regalando mi novela a mis conocidos que deseen leerla y puede que alguien incluso la compre. Tal vez publique alguna otra del mismo modo. Por hoy termino con algunos versos de Lope de Vega tomados de su ensayo en verso Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, que leyó como discurso ante la Academia de Madrid en 1609:

Sustento, en fin, lo que escribí, y conozco
que, aunque fueran mejor de otra manera,
no tuvieran el gusto que han tenido,
porque a veces lo que es contra lo justo
por la misma razón deleita el gusto. 

Agradecimientos

Librería Diógenes, Alcalá de Henares
La preciosa cubierta de mi novela La historia escrita en el cielo es obra de Lola Menéndez Rodríguez y Alexia Jorques (info.alexiajorques@gmail.com).

Mariana Eguaras (http://marianaeguaras.com/) se esmeró en la maquetación de mi novela, que ahora es  La historia escrita en el cielo con papel.

Gracias a ambas, el regreso a las páginas que se pasan con el dedo y se pueden abanicar ha sido una grata experiencia (que tal vez repetiré). CreateSpace es una compañia editorial de Amazon. Sus libros se venden tanto en CreateSpace como en Amazon. También en otras librerías asociadas.

      



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