miércoles, 16 de mayo de 2018

La fábula del gramático y el pescadero

La fábula del gramático y el pescadero
Narra Gonzalo Celorio en su ameno libro Del esplendor de la lengua española  (México, Tusquets, 2016) la siguiente fábula, que dice utilizar con sus alumnos como ejercicio para que midan sus palabras y se ahorren las superfluas, sobre todo en lo tocante a los adjetivos, de los que suelen hacer abuso los escritores en ciernes (pero no solo):

Un gramático se topó cierto día con un establecimiento que se anunciaba con este letrero: «Aquí se vende pescado fresco». El gramático consideró que al anuncio le sobraba el adverbio aquí, pues el pescado estaba a la vista de toda la gente que pasara por delante y resultaba evidente que era en ese lugar y no en otro donde se ofrecía la venta. Cargado de razones, entró en la pescadería y eligió las palabras más llanas que encontró en su riquísimo vocabulario para hacer comprender al pescadero la redundancia contenida en su letrero. El pescadero quedó tan convencido ante la explicación que prometió eliminar enseguida la palabra sobrante. 

A la semana siguiente, el gramático pasó de nuevo ante el establecimiento y comprobó satisfecho que el adverbio superfluo había desaparecido. En el letrero ya solo se leía: «Se vende pescado fresco». Deseoso de felicitar al pescadero por haber seguido su docta sugerencia en beneficio de la lengua común, entró en el local. Pero entonces el gramático cayó en la cuenta de que al letrero le seguía sobrando algo:

―¿Conoce usted algún lugar donde vendan pescado podrido?―preguntó al pescadero.

Este, desconcertado, negó con la cabeza. En consecuencia, el gramático lo instó a suprimir el adjetivo fresco del letrero, pues solo servía para crear suspicacia en la clientela. Allanando la frase latina «excusatio non petita, accusatio manifesta», el gramático argumentó que al anunciar expresamente y sin necesidad la frescura de su producto, no faltarían quienes sospecharan que estaba al borde de la putrefacción. El pescadero, convencido de nuevo por el razonamiento lingüístico, no tardó en eliminar de su letrero tan peligroso adjetivo, capaz de abocarlo a la ruina.

Pasaron los días. El gramático volvió por el lugar y se llenó de sano gozo cuando leyó el letrero corregido según su dictamen: «Se vende pescado». Entró dispuesto a felicitar al pescadero por su diligencia, pero se le escapó además una pregunta:

―¿Sabe usted de algún establecimiento en el que regalen el pescado?

El pescadero no conocía ninguno, cerca ni lejos, que no cobrara por su mercancía. Así pues, el gramático adujo entonces que en el letrero sobraba el verbo ―en pasiva refleja― se vende, pues era evidente que en todas las pescaderías como la suya el pescado se vendía y no se regalaba. 

Aceptando de nuevo el ilustrado parecer del gramático sobre la economía y pureza de la lengua, el pescadero se apresuró a reducir su cartel a un único sustantivo: «Pescado».  

El gramático no pudo sentir mayor contento cuando advirtió el cambio al  dejarse caer por la calle, transcurrido un tiempo. La lengua estaba a salvo gracias a su iniciativa. Entró en el establecimiento deseoso de elogiar al pescadero  por su celo y entonces, cuando ya no había palabras revoloteando que lo distrajeran, notó en las pituitarias el intenso olor a pescado.  Y dijo: 

―Oiga, aquí huele a pescado. Quite de inmediato el letrero.

¿Qué moraleja cabría extraer de esta fábula? ¿Que a veces un olor, al igual que una imagen, vale más que mil palabras? Puede ser. Pero se me ocurren algunas reflexiones antes de llegar a ese final drástico.

La primera salta a la vista. El austero gramático, tan preocupado por la pureza económica de la lengua, en lugar de ir dictando al pescadero la supresión de las palabras de su letrero una tras otra, podría haber recomendado el uso de un solo sustantivo ―derivado―, que indicaría a los transeúntes sin ambages el tipo de local ante el que se hallaban: pescadería. No hacía falta nada más.

Pongámonos ahora en la piel del pescadero. ¿Por qué se dejó convencer por las razones del gramático sin mostrar resistencia? Probablemente, por paradójico que resulte, cayó rendido ante el caudal inagotable de sus palabras: creyó que el gramático sabía lo que él desconocía. En definitiva, se fio de su opinión profesional.

Y, sin embargo, el letrero del pescadero era perfectamente válido desde cualquier criterio lingüístico. Nos servimos de la lengua para transmitir mensajes, que varían atendiendo a los emisores, los receptores y el fin que se pretenda alcanzar. ¿Por qué suprimir el adverbio aquí si la intención del letrero del pescadero fuera hacer hincapié en su local frente a otros? ¿Por qué suprimir fresco si la intención del pescadero fuera resaltar que su mercancía es de mayor calidad que la de otros? ¿Y por qué suprimir se vende cuando es a lo que se dedica? Que algo se sepa no supone que no se deba expresar a las claras.

Aunque lo redundante no añade información y solo reitera lo que ya se conoce, la  redundancia surge a menudo como una estrategia para evitar malentendidos y puede cumplir objetivos útiles y necesarios. Por tanto, no siempre es censurable. Si la redundancia posee un valor expresivo, se convierte en una figura tradicional de la retórica conocida como pleonasmo: Lo vi con mis propios ojos. Cállate la boca. Voló por los aires. Escrito de vuestro puño y letra. En las duplicaciones de complemento indirecto, aporta énfasis a la oración: Le di dos besos a mi mayor enemiga. A mí me duele la cabeza. Y en la poesía es capaz de llevar a altas cotas literarias, como en los siguientes versos de Miguel Hernández, pertenecientes a la «Elegía a Ramón Sigé» (1936): «Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento».

Conste, para terminar, que no me declaro defensora a ultranza de la redundancia: las más de las veces merece corrección. Sin embargo, como profesionales de la escritura, debemos aprender a discriminar y, sobre todo, debemos esforzarnos en no confundir al resto de hispanohablantes con nuestra pretendida superioridad lingüística.

Dicho lo cual, confieso una redundancia que me molesta en especial y siempre corrijo: el exceso de marcas tipográficas en la composición de citas y palabras extranjeras. Comillas o letra cursiva bastan para señalarlas dentro de un texto. Nótese la conjunción o: una cosa u otra; no las dos a la vez.  Y si se trata de una cita larga (más de cuatro líneas) en texto exento, sangrado y separado por una línea de blanco en su comienzo y final, ni siquiera precisa comillas ni letra cursiva.

Vale  (que es adiós en latín y por eso está escrito en letra cursiva).  


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  





miércoles, 18 de abril de 2018

Palabras de ida y vuelta


Palabras de ida y vuelta
El domingo pasado escuché en la radio a un conocido profesor de inglés, dueño de academias, opinando sobre los anglicismos en castellano. Es cierto que abundan, pero casi todos los ejemplos que él adujo fueron erróneos por diversos motivos. Me llamó la atención en particular que señalara como anglicismo absurdo, completamente separado de su significado en inglés, el vocablo office cuando se utiliza en castellano para designar un espacio anexo a la cocina que se suele emplear para comer. No hay más que consultar los diccionarios para comprobar la equivocación del profesor.

Comencemos por un diccionario de la lengua francesa (Le petit Robert, París, 1993). La voz office tiene abundantes acepciones, una de las cuales, desde el siglo xvi, es: «piéce ordinairement attenante à la cuisine où se prépare  le service de la table» (habitación ordinariamente contigua a la cocina donde se prepara el servicio de mesa). Si pasamos ahora a un diccionario de la lengua inglesa (Webster’s Encyclopedic Unabridged Dictionary of the English Language, Nueva York, 1989), entre las múltiples acepciones de la voz, descubrimos como número 14: «offices, Chiefliy Brit. a. the parts of a house, as the kitchen, pantry, laundry, etc., devoted to a household work» (mayoritariamente británico. Partes de una casa, como cocina, despensa, lavandería, etc., dedicadas a las labores domésticas). El Diccionario de la lengua española de la RAE (consultado en su versión electrónica) incluye la voz en cursiva como francesa: «Pieza que está aneja a la cocina y en la que se prepara el servicio de mesa». La definición casi está calcada del diccionario francés.

Por su parte, el utilísimo Diccionario del español actual  de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos (Madrid, 1999) contiene dos términos, office y ofís. El primero aparece definido como «habitación pequeña que sirve de anejo a la cocina», señalando que es palabra francesa y que su pronunciación puede ser como llana o aguda; el segundo se presenta como la castellanización de la palabra francesa, bien manteniendo la pronunciación como aguda del término original o bien convertida en llana. Recoge el siguiente ejemplo: «Mendoza, Misterio 79: El mayordomo me indicó que esperara allí mientras él telefoneaba desde el ofís». La mayoritaria pronunciación actual como palabra llana puede deberse a la tendencia del castellano a actuar de este modo con las palabras terminadas en -s o al influjo de la pronunciación inglesa, en la actualidad predominante.

Ahora viene la guinda del pastel, la autorizada opinión de María Moliner, recogida en su imprescindible Diccionario de uso del español (Madrid, 1982): a su entender, office es «palabra francesa que se emplea por ‘antecocina’. Se oye pronunciada indistintamente a la francesa (‘ofís’) y a la inglesa (‘ofis’). Recientemente se ve traducida a veces como ‘oficio’, lo cual es acertado, puesto que la palabra es también española, ya que ‘oficio’ se llamaba a cualquier cuarto destinado en palacio a preparar el servicio de los reyes». En la voz oficio de ese mismo diccionario, Moliner indica como una de sus acepciones: «Recientemente, habitación de las casas contigua a la cocina donde hay armarios, fregaderos, mesas, etc., para guardar cosas del servicio de mesa y realizar operaciones complementarias de la cocina». Como sinónimos, aporta ‘antecocina’ y ‘recocina’.

En muchos lugares de América Latina, ese espacio contiguo a la cocina, cuando se emplea para comer, recibe el nombre de ‘desayunador’, del mismo modo que en Estados Unidos suele denominarse breakfast room. Sin embargo, ese office u oficio no siempre se encuentra al lado de la cocina ni tiene ese cometido: en casas grandes y antiguas, de esas con largos pasillos, puede haber antes del comedor una estancia con armarios, fregaderos, mesas, etc., utilizada para realizar las operaciones complementarias de la cocina, antes de servir la comida, a las que alude Moliner. En este caso, el término castellano sería ‘antecomedor’.

El vocablo office francés, su homónimo inglés y el castellano oficio provienen todos del latín officium, que a su vez es una contracción de opificium, compuesto con las raíces de  opus (obra) y facere (hacer). Las tres palabras partieron del latín, fueron adquiriendo diversos sentidos y perdiendo otros con el paso de los años, hasta que, convertidas en vernáculas y olvidado su origen común, pasaron de una lengua a otra, quizá por ese prurito esnobista de ennoblecer algo nombrándolo de otro modo más selecto.

Las palabras van y vienen. No las mueve el viento, sino nuestras lenguas. Las llevamos con nosotros de una lengua a otra y las usamos cuando las necesitamos. Pongamos un ejemplo más. ¿Qué español desconoce el significado de ‘patio’ en castellano? Hasta hay una canción infantil que dice: «El patio de mi casa no es particular, cuando llueve se moja como los demás». El Diccionario de la lengua española de la RAE lo define en su primera acepción como «espacio cerrado con paredes o galerías, que en las casas y otros edificios se suele dejar al descubierto».

¿Existe esa misma palabra en francés y en inglés? Si buscamos patio en Le petit Robert, leemos: «mot esp. (1495) d’o. i. Cour intérieure à ciel ouvert  d’une maison espagnole ou de style spagnol» (palabra española [1495] de origen incierto. Espacio interior a cielo abierto de una casa española o de estilo español). En el Webster’s Encyclopedic Unabridged Dictionary… se define patio en primera acepción como «a courtyard, esp. of a house, surrounded by low buildings or walls». ¿Cómo traducir en este caso courtyard cuando es sinónimo de ‘patio’? ¿Recurriremos a atrio o echaremos mano de los socorridos área o espacio?: atrio (área, espacio), especialmente de una casa, rodeado por edificios bajos o muros. Si se busca la palabra en el Wiktionary, aparece su procedencia española: «From Spanish patio […] 1. A paved outside area, adjoining a house, used for dining o recreation. 2. An inner courtyard typical of traditional Spanish houses» (del español patio.  1. Zona exterior pavimentada, contigua a una casa, que se utiliza para comer o esparcimiento. 2. Atrio interior típico de las casas españolas tradicionales).

Ignoro si la palabra ‘patio’ es de uso habitual en la lengua francesa. Sí sé por experiencia propia que, al menos en California (Estados Unidos), es de uso común en la lengua inglesa… pero tiene un significado distinto: equivale a lo que en castellano en España denominamos ‘terraza’, en el sentido de balcón amplio, no como ‘azotea’. Nuestro ‘patio de luces’ de un edificio se designa en el inglés californiano como court. El vocablo patio  ―hispanismo en las lenguas francesa e inglesa― no tiene un origen claro: se aluden diversas procedencias, de las cuales yo me inclino por la que lo asocia con el verbo latino pateo, que significa ‘estar abierto’. 
         
Iba a escribir «por hoy nada más», pero quiero terminar refiriéndome a la palabra ‘nada’, tan habitual en la lengua cotidiana… y que suena tan parecida al nothing inglés. ¿Se atreverá alguien a insinuar que es otro anglicismo?

El vocablo castellano ‘nada’ tiene una curiosa historia, alejada por completo del inglés. Proviene de la expresión latina res nata, que pasó de significar ‘cosa nacida’, es decir, ‘el asunto en cuestión’, a ‘ningún asunto en cuestión’, esto es, asumió un sentido negativo: ‘nada cosa’ en castellano primitivo, que acabó reducido a ‘nada’. Lo curioso es que en francés, catalán y occitano, de esa misma expresión se prescindió de nata y se tomó res, que  evolucionó a rien en francés, mientras que permaneció invariable en las dos últimas lenguas. Por su parte, el vocablo nothing (ninguna cosa) inglés significa lo mismo, pero no tiene procedencia latina.

Lo dicho: las palabras vuelan y se encuentran. Van y vuelven.


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






martes, 20 de marzo de 2018

Retos de corrección: Apuntes sobre edición sustancial


Palabras de ida y vuelta
El domingo pasado escuché en la radio a un conocido profesor de inglés, dueño de academias, opinando sobre los anglicismos en castellano. Es cierto que abundan, pero casi todos los ejemplos que él adujo fueron erróneos por diversos motivos. Me llamó la atención en particular que señalara como anglicismo absurdo, completamente separado de su significado en inglés, el vocablo office cuando se utiliza en castellano para designar un espacio anexo a la cocina que se suele emplear para comer. No hay más que consultar los diccionarios para comprobar la equivocación del profesor.

Comencemos por un diccionario de la lengua francesa (Le petit Robert, París, 1993). La voz office tiene abundantes acepciones, una de las cuales, desde el siglo xvi, es: «piéce ordinairement attenante à la cuisine où se prépare  le service de la table» (habitación ordinariamente contigua a la cocina donde se prepara el servicio de mesa). Si pasamos ahora a un diccionario de la lengua inglesa (Webster’s Encyclopedic Unabridged Dictionary of the English Language, Nueva York, 1989), entre las múltiples acepciones de la voz, descubrimos como número 14: «offices, Chiefliy Brit. a. the parts of a house, as the kitchen, pantry, laundry, etc., devoted to a household work» (mayoritariamente británico. Partes de una casa, como cocina, despensa, lavandería, etc., dedicadas a las labores domésticas). El Diccionario de la lengua española de la RAE (consultado en su versión electrónica) incluye la voz en cursiva como francesa: «Pieza que está aneja a la cocina y en la que se prepara el servicio de mesa». La definición casi está calcada del diccionario francés.

Por su parte, el utilísimo Diccionario del español actual  de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos (Madrid, 1999) contiene dos términos, office y ofís. El primero aparece definido como «habitación pequeña que sirve de anejo a la cocina», señalando que es palabra francesa y que su pronunciación puede ser como llana o aguda; el segundo se presenta como la castellanización de la palabra francesa, bien manteniendo la pronunciación como aguda del término original o bien convertida en llana. Recoge el siguiente ejemplo: «Mendoza, Misterio 79: El mayordomo me indicó que esperara allí mientras él telefoneaba desde el ofís». La mayoritaria pronunciación actual como palabra llana puede deberse a la tendencia del castellano a actuar de este modo con las palabras terminadas en -s o al influjo de la pronunciación inglesa, en la actualidad predominante.

Ahora viene la guinda del pastel, la autorizada opinión de María Moliner, recogida en su imprescindible Diccionario de uso del español (Madrid, 1982): a su entender, office es «palabra francesa que se emplea por ‘antecocina’. Se oye pronunciada indistintamente a la francesa (‘ofís’) y a la inglesa (‘ofis’). Recientemente se ve traducida a veces como ‘oficio’, lo cual es acertado, puesto que la palabra es también española, ya que ‘oficio’ se llamaba a cualquier cuarto destinado en palacio a preparar el servicio de los reyes». En la voz oficio de ese mismo diccionario, Moliner indica como una de sus acepciones: «Recientemente, habitación de las casas contigua a la cocina donde hay armarios, fregaderos, mesas, etc., para guardar cosas del servicio de mesa y realizar operaciones complementarias de la cocina». Como sinónimos, aporta ‘antecocina’ y ‘recocina’.

En muchos lugares de América Latina, ese espacio contiguo a la cocina, cuando se emplea para comer, recibe el nombre de ‘desayunador’, del mismo modo que en Estados Unidos suele denominarse breakfast room. Sin embargo, ese office u oficio no siempre se encuentra al lado de la cocina ni tiene ese cometido: en casas grandes y antiguas, de esas con largos pasillos, puede haber antes del comedor una estancia con armarios, fregaderos, mesas, etc., utilizada para realizar las operaciones complementarias de la cocina, antes de servir la comida, a las que alude Moliner. En este caso, el término castellano sería ‘antecomedor’.

El vocablo office francés, su homónimo inglés y el castellano oficio provienen todos del latín officium, que a su vez es una contracción de opificium, compuesto con las raíces de  opus (obra) y facere (hacer). Las tres palabras partieron del latín, fueron adquiriendo diversos sentidos y perdiendo otros con el paso de los años, hasta que, convertidas en vernáculas y olvidado su origen común, pasaron de una lengua a otra, quizá por ese prurito esnobista de ennoblecer algo nombrándolo de otro modo más selecto.

Las palabras van y vienen. No las mueve el viento, sino nuestras lenguas. Las llevamos con nosotros de una lengua a otra y las usamos cuando las necesitamos. Pongamos un ejemplo más. ¿Qué español desconoce el significado de ‘patio’ en castellano? Hasta hay una canción infantil que dice: «El patio de mi casa no es particular, cuando llueve se moja como los demás». El Diccionario de la lengua española de la RAE lo define en su primera acepción como «espacio cerrado con paredes o galerías, que en las casas y otros edificios se suele dejar al descubierto».

¿Existe esa misma palabra en francés y en inglés? Si buscamos patio en Le petit Robert, leemos: «mot esp. (1495) d’o. i. Cour intérieure à ciel ouvert  d’une maison espagnole ou de style spagnol» (palabra española [1495] de origen incierto. Espacio interior a cielo abierto de una casa española o de estilo español). En el Webster’s Encyclopedic Unabridged Dictionary… se define patio en primera acepción como «a courtyard, esp. of a house, surrounded by low buildings or walls». ¿Cómo traducir en este caso courtyard cuando es sinónimo de ‘patio’? ¿Recurriremos a atrio o echaremos mano de los socorridos área o espacio?: atrio (área, espacio), especialmente de una casa, rodeado por edificios bajos o muros. Si se busca la palabra en el Wiktionary, aparece su procedencia española: «From Spanish patio […] 1. A paved outside area, adjoining a house, used for dining o recreation. 2. An inner courtyard typical of traditional Spanish houses» (del español patio.  1. Zona exterior pavimentada, contigua a una casa, que se utiliza para comer o esparcimiento. 2. Atrio interior típico de las casas españolas tradicionales).

Ignoro si la palabra ‘patio’ es de uso habitual en la lengua francesa. Sí sé por experiencia propia que, al menos en California (Estados Unidos), es de uso común en la lengua inglesa… pero tiene un significado distinto: equivale a lo que en castellano en España denominamos ‘terraza’, en el sentido de balcón amplio, no como ‘azotea’. Nuestro ‘patio de luces’ de un edificio se designa en el inglés californiano como court. El vocablo patio  ―hispanismo en las lenguas francesa e inglesa― no tiene un origen claro: se aluden diversas procedencias, de las cuales yo me inclino por la que lo asocia con el verbo latino pateo, que significa ‘estar abierto’. 
         
Iba a escribir «por hoy nada más», pero quiero terminar refiriéndome a la palabra ‘nada’, tan habitual en la lengua cotidiana… y que suena tan parecida al nothing inglés. ¿Se atreverá alguien a insinuar que es otro anglicismo?

El vocablo castellano ‘nada’ tiene una curiosa historia, alejada por completo del inglés. Proviene de la expresión latina res nata, que pasó de significar ‘cosa nacida’, es decir, ‘el asunto en cuestión’, a ‘ningún asunto en cuestión’, esto es, asumió un sentido negativo: ‘nada cosa’ en castellano primitivo, que acabó reducido a ‘nada’. Lo curioso es que en francés, catalán y occitano, de esa misma expresión se prescindió de nata y se tomó res, que  evolucionó a rien en francés, mientras que permaneció invariable en las dos últimas lenguas. Por su parte, el vocablo nothing (ninguna cosa) inglés significa lo mismo, pero no tiene procedencia latina.

Lo dicho: las palabras vuelan y se encuentran. Van y vuelven.


La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  







miércoles, 14 de febrero de 2018


PRONTUARIO DE ESCRITURA
2. El nombre

Prontuario de escritura
Puente Valentré (Cahors)
Nos valemos de ‘nombres’ o ‘sustantivos’ para aludir a todo cuanto tiene existencia, sea real y física o fruto de la mente y la imaginación: puente es el nombre de un objeto concreto, mientras que igualdad lo es de uno abstracto. Los nombres concretos pueden ser además comunes y propios; y los comunes, individuales (oveja, pájaro, lobo) o colectivos (rebaño, bandada, manada). En español todos los nombres poseen género y número: el puente, las calles, lo rojo.

Nombres comunes y propios
Con el nombre común se designan personas, animales o cosas de una misma clase, mientras que con el propio se individualiza a alguien o algo dentro de su grupo genérico: puente (común) Valentré (propio). Los nombres comunes se escriben con letra minúscula inicial; los propios, con letra mayúscula inicial.

¿Común o propio? 
Algunos nombres pueden ser comunes o propios según el uso que se les dé: Iglesia es nombre propio cuando se refiere a la institución, pero común en todos los demás casos: la Iglesia debería ocuparse más de los pobres; la iglesia de mi pueblo es de estilo gótico. Estado es nombre propio cuando se trata del término administrativo específico, mientras que las restantes subdivisiones dentro de él se consideran nombres comunes: el Estado español, pero el estado de Tamaulipas. Lo mismo es aplicable a todo tipo de instituciones, entidades u organismos: la Bolsa de Londres, pero agente de bolsa. La Corona española, pero la corona del rey. Los nombres de cargos y los títulos de dignidad se consideran comunes y, por consiguiente, se escriben con minúscula inicial tanto si acompañan al nombre propio de la persona aludida como si se utilizan aislados o en sentido genérico: La reina Letizia; el presidente de Estados Unidos Barack Obama; el rector de la Universidad Complutense. Los sobrenombres, apodos y seudónimos que se añaden a algunos nombres propios se escriben siempre con mayúscula inicial. El artículo que los precede se escribe con minúscula y se contrae en al o del unido a las preposiciones a y de según las normas generales de escritura: Juana la Loca; Iván el Terrible; Catalina la Grande. Las pinturas del Greco; las fugas del Chapo; las novelas del Manco de Lepanto. Cuando un nombre propio pasa a designar un tipo de persona o una cualidad determinada, se convierte en común y debe ser tratado como tal: un lazarillo; un judas; una quijote; una magdalena.

Nombres compuestos
Se forman mediante la unión de dos o más palabras: puntapié, telaraña, sabelotodo; villa miseria, hombre bala, cocina comedor. Los tres primeros ejemplos son univerbales, esto es, sus componentes quedan integrados en una sola palabra ortográfica, mientras que los tres últimos son compuestos sintagmáticos, formados por la yuxtaposición de palabras que conservan su independencia gráfica y acentual, y pueden aparecer tanto separadas mediante un guion como sin él.

El significado de las nuevas palabras creadas por composición no resulta siempre evidente: el sustantivo aguanieve, por ejemplo, expresa un determinado modo de percibir el agua o la nieve, aguardiente es un licor y aguamiel es una bebida; malamadre es una planta y malbaratillo es una tienda donde se venden artículos de poco valor. A veces, se deja de percibir que determinada palabra es compuesta: tragaldabas se formó del mismo modo que tragaperras, pero en la actualidad ese sustantivo que define a una persona de mucho comer apenas se distingue como un compuesto de traga y aldabas (pieza de hierro o bronce que se pone en las puertas para llamar golpeando con ella).

Por lo que respecta a los compuestos sintagmáticos, se forman sobre todo mediante la yuxtaposición de dos sustantivos (fútbol sala, comida chatarra o basura, niña prodigio) que dan lugar a un nuevo nombre común. La yuxtaposición de un nombre y un adjetivo produce compuestos sintagmáticos que, en general, se emplean para designar tipos de personas: cabeza rapada, casco azul, pies planos. Varios compuestos sintagmáticos de sustantivo más adjetivo admiten dos escrituras: como una sola palabra gráfica (arcoíris, padrenuestro, puercoespín) o con los componentes separados (arco iris, padre nuestro, puerco espín). Cuando los compuestos sintagmáticos están formados por dos adjetivos, se escriben siempre con guion de separación entre sus elementos si el primero aparece con su terminación completa: peruano-ecuatoriano, teórico-práctico, técnico-administrativo. Se escriben asimismo con guion de separación algunos compuestos sintagmáticos formados por dos nombres: físico-químico, musa-escritora, madre-maestra.

Los diccionarios de la lengua no recogen todas las formaciones posibles de compuestos univerbales ni sintagmáticos. Entre los esquemas que más palabras compuestas univerbales producen en español, están las bases verbales guarda-, limpia-, porta-, quita- y salva-, con las que se designan personas, productos o utensilios. Entre los elementos más frecuentes en las construcciones de compuestos sintagmáticos, aparecen sustantivos como clave (decisión clave); cumbre (obra cumbre); estrella (escritora estrella); límite (situación límite); modelo (empresa modelo, niña modelo) o pirata (edición pirata).

Género
El uso de la lengua española atribuye género (femenino o masculino) y el artículo correspondiente (el/un; la/una) a todos los sustantivos: es una categoría gramatical de clasificación que no siempre se asocia con la referencia extralingüística al sexo natural. Aunque no existe ningún nombre neutro, aparece este género en la sustantivación de los adjetivos y en determinados pronombres: lo sublime; eso; lo auténtico.

El nombre masculino y el femenino son a veces palabras distintas: padre, madre; carnero, oveja; yerno, nuera. Muchos nombres forman el masculino con la terminación en -o, y el femenino, en -a: hijo, hija; gato, gata; abogado, abogada. Cuando un nombre masculino termina en consonante, es frecuente que el femenino añada a dicha consonante una -a: señor, señora; ladrón, ladrona. Hay además un número reducido de nombres que utilizan para el femenino terminaciones consideradas cultas como -esa, -isa, -ina o -iz: abad, abadesa; papa, papisa; jabalí, jabalina; actor, actriz. Y, entre los nombres de personas, abundan los que presentan idéntica forma para ambos géneros y solo se distinguen por el artículo: el cantante, la cantante; el delincuente, la delincuente; el testigo, la testigo; el criminal, la criminal; el reo, la reo; el consorte, la consorte; el cónyuge, la cónyuge; el mártir, la mártir...

Los nombres propios de los ríos, montes, golfos, mares, volcanes y demás accidentes geográficos comparten el género gramatical con las palabras que los definen, aunque no aparezcan explícitas: las Galápagos; el Amazonas; el Sáhara (o Sahara); el Aconcagua. Sin embargo, hay algunos ríos españoles acabados en -a que constituyen una excepción y son femeninos: la Huerva y la Esgueva son los más conocidos, pero en el uso tradicional hay algunos más: la Hornija, la Cinca o la Noguera Pallaresa. Todos ellos admiten también en la actualidad la forma con artículo masculino el.

Por lo que respecta al nombre propio de las ciudades, aunque existe cierta vacilación, en el habla culta, en general, las terminadas en -o se consideran masculinas (el gran Bilbao), y las terminadas en -a, femeninas (la Soria machadiana). El resto de las terminaciones se consideran masculinas (el Madrid de los Austrias; el Buenos Aires de siempre). Cuando los nombres de las ciudades van acompañados de formas como todo, medio, un, propio o mismo, se suele emplear concordancia masculina aunque terminen en -a: Todo Puebla; en el mismo Barcelona; en el propio Lima. Por su parte, los países que terminan en -a átona concuerdan por lo general en femenino: la gran Colombia; la antigua España, mientras que los terminados en -a tónica, en otra vocal o en consonante suelen concordar en masculino: el Irak prehistórico; el Brasil amazónico; el Panamá industrial.

Los epicenos
Se conocen de este modo los nombres que tienen una forma única, sea de género masculino o femenino, para designar seres animados que pueden corresponder a uno u otro sexo: persona o víctima, de género femenino, y personaje o vástago, de género masculino, por ejemplo. La concordancia debe establecerse atendiendo al género gramatical del sustantivo epiceno y no del referente: Este personaje, una mujer anciana, era murciano. La víctima, un niño de corta edad, fue atendida por el médico. Algunos nombres referidos a animales también presentan un único género gramatical que se aplica por igual al macho y la hembra de la especie: el mosquito, el sapo y el cangrejo  son masculinos, por ejemplo, mientras que la rata, la ballena y la cigarra son femeninos. Se suele añadir la especificación macho o hembra cuando se desea explicitar el sexo.

Los ambiguos
Cuando el diccionario clasifica un nombre como ambiguo,  quiere decir que acepta artículos y adjetivos masculinos y femeninos sin que cambie su significado. Así, se puede escribir la mar/el mar; el armazón/la armazón; el agravante/la agravante; el(los)antípoda(s)/la(las) antípoda(s); el calor/la calor; la canal/el canal; el cochambre/la cochambre; el apóstrofe/la apóstrofe; el esperma/la esperma; el interrogante/la interrogante; el linde/la linde; el margen/la margen; el reúma/la reuma; el tilde/la tilde; el tizne/la tizne. Sin embargo, suele preferirse uno de los géneros: es más frecuente, por ejemplo, la tilde que el tilde; el apóstrofe que la apóstrofe; la cochambre que el cochambre; el esperma que la esperma, mientras que el reúma es la forma culta más frecuente en España frente a la reuma preferida en América. En la actualidad es más habitual las antípodas en femenino plural, aunque también suele concertar con el género y número del sustantivo al que se refiera: Lucas parecía el antípoda de Esteban. Nuestros antípodas no eran los australianos. Es usual emplear la palabra margen en femenino para hacer referencia a las orillas de un caudal de agua (en las márgenes crecían flores), y en masculino, en las restantes acepciones (el margen de la página). La palabra canal suele utilizarse en femenino  para cavidades y concavidades (la canal de las tejas; la canal del escote), mientras que se prefiere en masculino para las restantes acepciones (el canal de la Mancha; el canal de noticias). En el caso de agravante, al ser un adjetivo sustantivado, suele adoptar el género del sustantivo que se elide: el (factor) agravante; la (circunstancia) agravante.

Azúcar y arte presentan la particularidad de que la ambigüedad en cuanto a género suele afectar al adjetivo acompañante: el azúcar blanquilla; el azúcar moreno o mucho/mucha azúcar; el arte dórico, pero el arte amatoria. En plural, azúcares se emplea mayoritariamente como masculino (debe evitar los azúcares), mientras que artes se prefiere en femenino (las bellas artes; las artes de pesca).

El género de los nombres puede cambiar a lo largo del tiempo: puente, por ejemplo (pons, pontis, masculino en latín), se convirtió en palabra femenina en el castellano medieval (de ahí el apellido La Puente o el pueblo Puentes Viejas) y de nuevo en masculina en el castellano moderno; valle era femenina en latín (valles, vallis) y así pasó al castellano (Valbuena, Valsalada, Valfría), pero ha acabado como masculina en la actualidad; maratón, como carrera pedestre, ha pasado del género masculino inicial al ambiguo, pues ahora, por sobrentenderse carrera o competición, predomina su uso en femenino, ya aceptado por las Academias de la Lengua: una media maratón.

Género masculino en referencia a ambos sexos
En español, el masculino es el género no marcado y, por tanto, tiene un doble uso: específico, para aludir a los individuos de sexo masculino, y genérico, aplicado tanto a un sexo como al otro y a ambos juntos. En el pasado quedaba claro que con el género masculino era posible incluir a todos los miembros de la especie citada sin distinción de sexos y,  así, al escribir que el hombre es un ser racional, se entendía que también lo es la mujer; en cambio, si se escribía la mujer es un ser racional, no se entendía que incluyera al hombre, puesto que el femenino solo presenta un sentido restrictivo. Atendiendo al uso genérico del masculino, si escribiéramos en mi calle hay muchos gatos, entenderíamos que también hay gatas; si habláramos de alumnos como un colectivo mixto, entenderíamos que incluye a las alumnas; si nos refiriéramos al colectivo de abogados, entenderíamos que también hay abogadas,  y al aludir a nuestros padres, nos referiríamos a nuestro padre y nuestra madre. Pero esta situación de predominio lingüístico del género gramatical masculino se confunde con el dominio del varón en la sociedad: el género masculino se asimila a la realidad social ―aunque sea de manera errónea― y se concibe el género femenino como secundario, pues se percibe que se construye partiendo del masculino. 

Por consiguiente, a fin de evitar la ambigüedad y el sesgo de género en el lenguaje que provoca discriminación y ocultación de la mujer, en la actualidad se aconseja recurrir, siempre que sea posible, a palabras integradoras y colectivas: humanidad, gente, persona en lugar de hombre; alumnado en lugar de alumnos; abogacía en lugar de abogados; adolescencia en lugar de adolescentes; juventud en lugar de jóvenes; infancia, niñez en lugar de niños; ciudadanía en lugar de ciudadanos; profesorado en lugar de profesores; vecindario en lugar de vecinos; electorado en lugar de electores, y así sucesivamente. Con frecuencia, también se puede sustituir el masculino genérico por perífrasis inclusivas: el ser humano, el género humano en lugar del hombre; las personas de edad en lugar de los ancianos; la población española en lugar de los españoles; el personal docente en lugar de los profesores; la comunidad educativa en lugar de los profesores y alumnos…

Desde un estricto punto de vista gramatical, solo es necesario especificar ambos sexos en aquellos casos en que su oposición resulte un factor relevante: La proporción de alumnos y alumnas se ha ido igualando. Los niños y las niñas aprenden a andar a la vez. Debe evitarse en la escritura cuidada la @ que ha empezado a utilizarse para englobar ambos sexos sin tener que recurrir a las repeticiones (l@s niñ@s) y también el uso de los dos artículos con un solo nombre (las y los ciudadanos) porque en ambos casos se contravienen las normas gramaticales.

Es necesario recordar, por último, que se debe utilizar la forma femenina de los nombres de profesiones o cargos cuando son desempeñados por mujeres: Las abogadas (y no las abogados) son mayoría. Abundan las arquitectas (y no las arquitectos). Algunas juezas son famosas (nótese que en singular conviven la juez y la jueza). En los últimos años, el Diccionario de la lengua española académico ha venido incluyendo muchos términos femeninos ―como arqueóloga, odontóloga, ingeniera, decana, farmacéutica, catedrática, ministra, diputada, fotógrafa― para actividades antes exclusivas de los hombres. A veces, la resistencia a utilizar el femenino se debe al matiz peyorativo que tiene la palabra (gobernanta, generala, bachillera, socia), pero el uso habitual acaba desterrando ese sesgo de género y nos iguala.

Nuestra lengua cuenta con abundantes recursos para evitar el abuso del masculino genérico. El objetivo ha de ser visibilizar a la mujer en el discurso sin atentar contra la gramática.

Número
Existen dos números en español: singular y plural. En líneas generales, el plural se puede formar de tres modos: 1) Añadiendo una -s al singular cuando la palabra termina en vocal no acentuada o -e acentuada, así como en un grupo consonántico: cama, camas; canapé, canapés; récord, récords. Son excepción compost, karst, test, trust y kibutz, que permanecen invariables en plural. Los anglicismos lord y milord tienen como plural lores y milores.También forman el plural añadiendo una -s las palabras, procedentes de otras lenguas o de origen onomatopéyico, que terminen en consonantes poco habituales en español, como -b, -c, -g, -p, -t: crac, cracs; zigzag, zigzags; complot, complots; esnob, esnobs; mamut, mamuts. Constituye una excepción club, que admite dos plurales: clubs y clubes. 2) Añadiendo la sílaba -es cuando el singular termina en consonante o vocal tónica: abad, abades; jabalí, jabalíes; no, noes; yo, yoes; sí, síes. Los plurales de las vocales también se forman de este modo: aes; es; íes; oes, úes. Los plurales de las notas musicales son: dos; res; mis; fas; soles; sis, aunque también se pueden emplear como invariables. Excepciones importantes a esta segunda regla de formación del plural son papá, papás; mamá, mamás; sofá, sofás; esquí, esquís (aunque también se acepta ya esquíes); dominó, dominós; bajá, bajás; buró, burós; rococó, rococós; hipérbaton, hipérbatos. Debe señalarse además que, cuando la última letra de una palabra es la y, existe cierta vacilación para formar el plural: de ay se forma ayes y de convoy, convoyes, pero de jersey se forma, jerséis; de espray, espráis; de yóquey, yoqueis (nótese que no se escribe tilde en este caso); y de guirigay, guirigayes o guirigáis. Asimismo, hay tres sustantivos, régimen, espécimen y carácter, que cambian de silaba tónica al pasar del singular al plural: regímenes, especímenes, caracteres, por lo cual la tilde se coloca en distinto lugar en las dos primeras y no aparece en la tercera. 3) Sin ninguna modificación, cuando la palabra es grave o esdrújula terminada en s: la crisis, las crisis; la dosis, las dosis; el lunes, los lunes; la caries, las caries.  Tampoco las palabras terminadas en x varían en el plural: los tórax; los clímax, los ántrax, los sílex, los látex. Una excepción es fax, voz tomada del inglés cuyo plural aceptado es faxes.

Pluralia tantum; singularia tantum
Unos cuantos nombres carecen de significado y forma en singular: añicos, enseres, víveres, albricias, exequias, arras, finanzas, ambages, anales, nupcias. De igual modo, otros cuantos nombres, denominados singularia tantum, no admiten el plural: cenit, cariz, caos, sed, salud, grey, norte, sur, este, oeste, tez, nadir, grima, fénix.


Plural de los nombres propios
Los nombres de pila se rigen por las normas generales de formación del plural: las Mercedes, las Cármenes, los Efrenes. Los apellidos se mantienen invariables cuando designan a los miembros de una misma familia: Visitaremos a los Gutiérrez. Asimismo, aunque existe cierta vacilación, se mantienen invariables cuando se usan para referirse a un grupo de individuos que los comparten: Hay dos Fuente en mi clase. En este pueblo abundan los Alonso. Si se añadiera la s marca del plural, no se distinguiría si se trata del apellido Fuente o Fuentes en el primer ejemplo ni del nombre de pila Alonso o el apellido Alonso en el segundo. Cuando no hay posibilidad de confusión, se admite la s del plural: los Garcías (o García) abundan en España. ¿A cuántos Lujanes (o, más habitual, Luján) conoces? Por su parte, los apellidos que terminan en z y los compuestos se mantienen siempre invariables: los Martínez, los López, los Gómez de la Serna, los Ramón y Cajal. También permanece invariable todo apellido si aparece junto al apelativo hermanos: los hermanos Pinzón (pero los Pinzones); los hermanos Machado (pero los Machados).

Cuando los nombres de pila o apellidos son extranjeros y no están castellanizados, se suelen mantener invariables en plural: En este barrio hay muchos Joshua y Kevin. Los Obama y los Trump. A este respecto, ha de tenerse en cuenta que hasta el siglo xix era habitual castellanizar los nombres propios extranjeros: Miguel Ángel, Tomás Moro, Alberto Durero. Aunque se pueden escribir en su forma original (Michelangelo Buonarroti, Thomas More, Albrecht Dürer), es preferible emplear el nombre castellanizado y formar el plural según las normas generales. Cuando un nombre propio designa la obra artística o intelectual de quien lo lleva, se escribe en mayúscula y forma el plural según las reglas generales: Tiene dos Picassos y tres Miguel Ángel. Son varios los Vernes que hay en mi biblioteca, pero solo un Brontë. Aunque con cierta vacilación, los nombres de dinastías o linajes suelen permanecer invariables en plural: los Habsburgo, los Tudor, los Colón; pero los Borbones, los Austrias, los Capetos, los Escipiones. En el caso de marcas comerciales, si el nombre termina en vocal, suele añadirse la s del plural, mientras que si termina en consonante tiende a permanecer invariable: Tres Mercedes y dos Opel. Lo mismo es aplicable a los nombres de empresas: Hay dos Ikeas cerca de mi casa y varios Zaras. Van a inaugurar nuevos Carrefour en la ciudad.

Latinismos
Como norma general, los latinismos forman su plural ateniéndose a las mismas reglas que rigen para el resto de las palabras: en -s, en -es o manteniéndose invariables, según sus características: plus, pluses; accésit, accésits; ratio, ratios; lapsus, lapsus; déficit, déficits; ítem, ítems; superávit, superávits; estatus, estatus. Los únicos latinismos que se apartan de esta tendencia mayoritaria son los terminados en -r procedentes de formas verbales, como imprimátur o exequatur (este último escrito sin tilde atendiendo a lo establecido por la última Ortografía académica de 2010), cuyo plural continúa siendo invariable. La RAE aconseja que, en general, se dé preferencia a los latinismos hispanizados y, por tanto, también a sus plurales. Así, se empleará currículo y currículos en lugar de currículum y currículums  o curricula; podio y podios en lugar de pódium y pódiums o podia.

Las locuciones latinas permanecen invariables en plural: los alter ego; los casus belli; los statu quo; los curriculum vitae; las alma mater (nótese, en este caso, que lleva artículo femenino, pues la traducción de este latinismo, referido a la universidades ‘madre nutricia’: alma es el adjetivo, y mater, el sustantivo al que acompaña. Tampoco es aceptable el alma mater en singular, sino la alma mater).

Plural de los nombres compuestos
Permanecen invariables cuando el segundo elemento es ya plural: el ciempiés, los ciempiés; el lanzallamas, los lanzallamas; el abrecartas, los abrecartas. Sin embargo, se rigen por las normas generales cuando en la composición de la palabra aparece un verbo y un adjetivo o un nombre en singular: el sabelotodo, los sabelotodos; el parasol, los parasoles; el correveidile, los correveidiles; el altoparlante, los altoparlantes; el bajorrelieve, los bajorrelieves. Cuando el nombre compuesto está formado por dos sustantivos que se escriben por separado, solo adopta la forma plural el primero: horas punta; palabras clave; hombres rana; faldas pantalón; niñas prodigio. Existe cierta vacilación respecto al plural del segundo sustantivo cuando puede funcionar como atributo del primero en oraciones copulativas: de estado miembro, estados miembro o estados miembros, puesto que se puede decir: estos estados son miembros activos; de empresa líder, empresas líder o empresas líderes, puesto que se puede decir estas empresas son líderes en su sector.

¿Singular o plural?
Algunos sustantivos que designan objetos formados por partes simétricas suelen utilizarse en plural para referirse a uno solo de tales objetos: los pantalones, las tenazas, las tijeras, las narices. Sin embargo, también cabe su uso en singular: el pantalón, la tenaza, la tijera, la nariz. La lengua española ofrece además la posibilidad de recurrir al singular de una palabra para otorgarle un sentido plural: La naranja se da bien en Valencia. La carne de Ávila es muy tierna. Me molesta el ruido.

Los nombres colectivos, que de por sí ya expresan una pluralidad de objetos o seres pertenecientes a una misma clase, también pueden utilizarse en plural: la fruta, las frutas; la leña, las leñas; la gente, las gentes.

La lengua destrabada
Si te interesan los asuntos de lengua y escritura, te invito a leer La lengua destrabada. Manual de escritura, publicado por Marcial Pons (Madrid, 2017). Clica en este enlace para entrar en la página de la editorial, donde encontrarás la presentación del libro y este pdf, que recoge las páginas preliminares, el índice y la introducción completa.  

  






jueves, 25 de enero de 2018

Ropa tendida y otras expresiones curiosas

Ropa tendida y otras expresiones curiosas
Esta colorida foto, tomada el verano pasado en Bárcena Mayor (Cantabria), me ha inspirado para escribir sobre la palabra ‘ropa’ y algunas de las frases hechas que la contienen. La ropa nos acompaña desde que llegamos desnudos a este mundo: con ella nos abrigarnos y nos adornarnos. Por curioso que resulte, ‘ropa’ comparte raíz germana (raubon) con ‘robar’ (despojar a alguien de algo), ‘arrobar’ (embelesar) y ‘arropar’ (abrigar). Según el Diccionario crítico etimológico de Joan Coromines y José Antonio Pascual, ello se debe a que el sentido primitivo del verbo germánico como ‘despojos’ o ‘botín’ evolucionó para significar ‘mercancías’, y de ahí se llegó a ‘ropa’. A comienzos del siglo xvii, el Tesoro de la lengua castellana, o española de Sebastián de Covarrubias ya corroboraba esta explicación al exponer lo siguiente:

Ropa, esta palabra tiene varias significaciones, aunque con analogia: si le damos origen de la lengua Toscana, significa la hazienda, donde se comprehende todo lo que posseemos, pero vulgarmente llamamos ropa las alhajas de la casa, de seda, paño, lienço, tapizes, colgaduras, &c. Dixose de ropus, mercaduria, de donde llamamos roperos a los mercaderes de paños. Ropa, vale el vestido que traemos a cuestas: y dezimos traer poca ô mucha ropa. Ropa, la vestidura suelta, que traemos sobre la que està ceñida, y justa al cuerpo, ropa de por casa, la que el señor se pone quando le quitan la capa. Estas ropas llamaron los Antiguos cenatorias, porque se las ponían para sentarse, ô recostarse a comer, ô cenar. Los grandes Principes quando hazian algún vanquete solemne dauan a cada uno de los combidados una ropa destas, y de ordinario eran blancas, lleuandoselas despues a sus casas, aunque no salian con ellas por la calle. […] Ropa a fuera, termino de las galeras, quando se ha de remar con hígado: venderse ropa en un aposento, vale tanto como estar abrigado. Ropa a la mar, quando la tormenta obliga a descargar el nauio. Aropate que sudas, del que con poco trabajo se ha cansado, y se abriga con su capa. Roperia entre Religiosos, la pieça donde tienen los habitos para remudar. Ropero, y ropauejero, el que vende ropas traydas, y renouadas. Buena ropa, vale buena estofa. Dizese de las personas de calidad que van dissimuladas. Arroparse, y desarroparse, &c.

En el español actual, ‘ropa’ es el nombre genérico aplicable a toda clase de prendas de tela (cortinas, sábanas, manteles…), pero en particular a las que vestimos. Llamamos ropa interior a la de uso íntimo que va debajo de la que queda a la vista, y ropa blanca, al ajuar de las casas: ropa de cama, de mesa, de baño… La ropa vieja, además de hacer referencia a prendas ya gastadas por el uso, da nombre a un guiso que en España se hace con los restos del cocido, garbanzos y carne, mientras que en México, Colombia o  Cuba tiene como ingrediente principal carne deshebrada que se adereza con diversas verduras y algún picante. La expresión a quemarropa (en la actualidad ya no está vigente la escritura a quema ropa) puede hacer referencia a un disparo realizado a alguien desde muy cerca o significar brusquedad cuando se trata de un modo de hablar (Llegó, lo soltó a quemarropa y se fue). Se advierte que hay ropa tendida como indicación de que hay presentes personas a las que no conviene enterar de lo que se está hablando (No sigas contando más, que hay ropa tendida). Guardar la ropa se aplica a quien obra con cautela para no comprometerse (A pesar de las circunstancias, Juan siempre supo guardar la ropa), al igual que nadar y guardar la ropa, aunque con esta última frase se suele hacer hincapié en lo difícil que resulta de conseguir (En eso de las pensiones los políticos quieren nadar y guardar la ropa). La ropa sucia se lava en casa es una expresión muy habitual en España con la cual se aconseja que se guarden en secreto las intimidades familiares que puedan ser motivo de escarnio público. Decimos que nos tentamos la ropa cuando actuamos con comedimiento, calibrando las consecuencias antes de actuar (Por lo que cuentan, con él hay que tentarse la ropa). En frases de advertencia o amenaza, se emplea no tocarle la ropa a alguien o no tocarle un pelo de la ropa a alguien (No consentiré que le toques la ropa / un pelo de la ropa a mi primo). Por último, en ropas menores es equivalente a en paños menores (Apareció en ropas menores) y suele tener un sentido de extrañeza o jocoso.
 
Sustantivos derivados de ropa son ropajes (ropa suntuosa para ceremonia o ropa excesiva), roperías (habitaciones donde se guarda la ropa o tiendas de ropa hecha), roperos (armario o cuarto donde se guarda la ropa y, más antiguo, persona que vende ropa hecha o se ocupa de la ropa en una comunidad),  ropillas (prendas antiguas que se llevaban sobre el jubón), ropones (prendas de vestir amplias y largas que se usan, por ejemplo, para el bautismo de los niños, o como abrigo sobre otra vestimenta),  ropavejerías (prenderías, lugar donde se venden artículos de segunda mano) y ropavejeros (personas que venden prendas de vestir de segunda mano). Recurriendo a verbos, podemos arroparnos o desarroparnos según las circunstancias ambientales o climáticas (pero nunca debido a la climatología, que es el estudio del clima y el conjunto de las características propias del clima de una región determinada: Yo estaba poco arropada para tan mal tiempo y no Yo estaba poco arropada para tan mala climatología).

Cuando vestimos determinada ropa, sobre todo si es de gala o elegante, se dice que vamos de punta en blanco, expresión que antiguamente aludía a lucir la armadura completa y reluciente. Semejante significado de etiqueta y elegancia tiene vestir o ir de tiros largos, lo que, según el Diccionario de la RAE, es equivalente a aparecer a tirantes largos, esto es, utilizando un carruaje del que tiran cuatro caballerías, guiadas por dos cocheros. Cambiar de chaqueta significa abandonar un bando para pasarse a otro, y quien lo hace es un chaquetero, hábil en el chaqueteo y el chaquetear. Todos somos libres de hacer de nuestra capa un sayo, esto es, de obrar en nuestros asuntos como mejor nos parezca, pero a veces acabamos metidos en camisa de once varas cuando nos inmiscuimos en lo que no nos corresponde y nos causará dificultades. Esta última expresión, de reminiscencia medieval, hace referencia a la holgura de la camisa por una de cuyas mangas, en la ceremonia de adopción, el padre que la vestía debía meter al niño del que se hacía cargo. De alguien que es demasiado indulgente se dice que tiene manga ancha, y de quien siente mucho miedo ante una situación, que no le llega la camisa al cuerpo. Aunque ya nadie viste jubón más que en trajes regionales (parece que sí se emplea como prenda de vestir infantil), el Diccionario de la RAE todavía recoge la expresión buen jubón me tengo en Francia o simplemente tener un jubón en Francia, empleadas ambas como burla ante quien se jacta de poseer algo que en realidad no sirve para nada.

Dejo para el final esta cita extraída de la novela Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, que ilustra una expresión muy habitual pero que, al parecer, va dejando de comprenderse: «Mira, Mario, veintidós años y todo el día de Dios leyendo o pensando, y leer y pensar es malo, cariño, convéncete, y sus amigos, ídem de lienzo, que me dan miedo, la verdad». Parece que ídem de lienzo, con el significado de ‘lo mismo’, ‘también’: esto es, que alguna cosa, persona, situación, etc., es semejante a otra, pasó de los inventarios  de la caballería militar al lenguaje coloquial. En el  Régimen que por ahora deben observar en su manejo interior los regimientos de la caballería del Ejército (Madrid, Imprenta de D. Luciano Camazon, 1825), en el «Cuaderno  de los efectos existentes», se lee: «Recibí del espresado sesenta camisas, sesenta calcetines, treinta corbatines, treinta pantalones de paño, treinta ídem de lienzo, treinta chaquetas de paño, treinta ídem de lienzo». Por su parte, en el Reglamento adicional a la ordenanza de 1768 (Madrid, Imprenta Real, 1867), en el capítulo II, al establecer lo que se ha de llevar dentro de la maleta,  se especifica: «La casaquita ó chaqueta de paño de medio vestuario, ó la de lienzo. Pantalón de ídem. Dos ídem de lienzo». Pero no es privativa dicha expresión de los listados de provisiones de ropa militar. Buscando en internet, entre muchos otros ejemplos, he encontrado un documento anónimo, titulado «Ropa de la negrita María Teresa deArriaga que actualmente está en el Hospital» (Sevilla, A.H.S.J., hacia 1804), donde se lee: «Un aderezo de esmeraldas. Una cadena de plata. Un bestido de Expolin Encarnado. Una casaca de Texcianela negra. Dos pares de enaguas de Camellón. Dos pares de enaguas de Bayeta. Dos mantillas de invierno. Dos mantillas de verano. Dos pares de enaguas de zaraza. Idem, de lienzo blanco. Un zagalegito de lienzo blanco listado. Cuatro monillos blancos buenos y tres viexos. Doce camisas ya viexas». La utilización de la voz latina idem con el significado literal de  ‘el mismo’ o ‘lo  mismo’ es habitual  en citas para evitar la repetición del nombre de un autor recién mencionado y, en las cuentas, listas e inventarios, para  anotar diferentes partidas de un mismo artículo: la coletilla ‘de lienzo’ no hace más que especificar la tela de algodón de la prenda en cuestión. Tanto en lenguaje oral como escrito se recurre también a este latinismo castellanizado ídem para obviar la repetición de alguna palabra o frase, a menudo en la expresión redundante ídem de ídem: Ella es poco simpática, y su hermano, ídem de ídem. Es probable que ídem de lienzo sea una variante jocosa que gozó del favor de los hablantes tal vez por sonar mejor. 

La lengua serpentea en su avance por caminos imprevisibles que a veces cuesta mucho esfuerzo desandar.  



La lengua destrabada
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